Primer susurro

Un insoportable pitido atormentaba a Elliane, taladrándole los tímpanos y haciendo aumentar poco a poco un molesto dolor de cabeza. Pese a todo, era incapaz de apartar la mirada del cuerpo sin vida tendido ante ella. De la cabeza con bucles cobrizos de su visitante solo quedaba una masa informe y ensangrentada que había teñido de sangre escarlata el techo y las paredes del vestíbulo.
A la jaqueca se sumaba un fuerte dolor en el pecho; su corazón se sacudía violentamente, haciendo que cada palpitación retumbase como si su cuerpo fuese un diapasón. También le dolían las posaderas y las lumbares por la caída que le provocó el retroceso del disparo, pero había valido la pena.
A su lado, en el suelo, descansaba el arma del crimen, la escopeta que decoraba el mueble del salón de su tío, la que siempre le había dicho que no era un juguete.
—¡¿Q-qué has hecho?! —la voz de su tío, Louis Briand, logró atravesar el zumbido constante. Estaba de pie junto al cadáver, con el rostro salpicado de sangre. Dedicaba a su sobrina una mirada acusadora, pero el frenético temblor de su labio inferior delataba un pánico que ella nunca había visto en su rostro.
Aunque seguía aturdida por el disparo y el golpe, Elliane logró ponerse de rodillas con intención de levantarse.
Louis la cogió por ambos brazos y la alzó con facilidad, luego comenzó a zarandearla.
—¡¿Sabes lo que has hecho?!
Elliane miró a su tío, confusa por aquella reacción.
—Ha dicho que era de la Orden… — consiguió musitar.
Su tío la dejó en el suelo y se llevó las manos a la cara, arrastrándose las gotas carmesíes por la piel y dejando restos en su descuidada barba invadida por las canas. Estaba desesperado. Elliane no entendía por qué se ponía así por librarse de uno de sus enemigos declarados.
—Sí, era de la Orden… —Louis hizo una pausa mientras contemplaba de nuevo el cadáver. Acto seguido, se dio un tortazo y puso rumbo a la cocina.
Aunque seguía entumecida, Elliane avanzó a trompicones para seguir a Louis. Sorteó el cuerpo sin testa para cruzar el pasillo y llegar a la cocina.
Su tío había abierto la despensa y sostenía contra el hombro el auricular del arcaico teléfono fijo que había dentro, mientras comprobaba con seriedad un pedazo de papel que sostenía entre las manos.
—¿Qué haces? —preguntó Elliane, preocupada.
Louis la miró un instante y le dio la espalda en cuanto alguien contestó al otro lado de la línea.
—Soy Briand, necesito al extractor en mi casa. Es muy urgente.
Golpeó furioso la puerta de la despensa tras escuchar la respuesta.
—¡No, no puedo esperar! —bramó—. Hay que hacerlo ahora mismo. Ha habido una complicación de clase D.
El rostro se le fue poniendo rojo mientras escuchaba a su interlocutor.
—¡He dicho que tiene que ser ahora! Si tengo que despertar a Chartier porque el vigía nocturno no quiere hacer su trabajo, habrá consecuencias. ¿Está claro?
La amenaza debió surtir efecto. Louis asintió varias veces, emitiendo gruñidos de afirmación.
—Que se dé prisa. No sé de cuánto tiempo disponemos. Adiós.
Aunque parecía más calmado, Louis colgó bruscamente el auricular y se golpeó en la frente con el marco de la puerta, luchando por contener el llanto.
—Dios mío… esto no puede estar pasando…
—¿A quién has llamado? —inquirió Elliane, acercándose lentamente.
Él la miró con ojos vidriosos.
—Te vas de aquí... esta noche.
El corazón de la niña dio un vuelco.
—¡¿Qué?!
Louis señaló hacia el pasillo.
—Era de la Orden, sí. ¡Y también era capitán de la Gendarmería! —se llevó ambas manos a la cabeza—. ¿Qué crees que va a pasar cuando no lo localicen? Eso si no están viniendo tras el disparo. Seguro que algún vecino ha llamado a la policía.
Elliane retrocedió un par de pasos, atribulada.
—Pero estaba amenazando con entregarte…
Su tío se acercó y colocó sus ásperas manos sobre los hombros de la niña y la miró con pesar.
—Somos espías, cielo. Le pasaba información de bajo nivel para distraer a la Orden de asuntos más importantes, y él intentaba hacernos lo mismo. Esas amenazas son parte del tira y afloja que tenemos —miró de nuevo al pasillo—. Teníamos…
—Quería protegerte… —sollozó Elliane, agachando la cabeza—. Y mi Aceptación…
—La harás en otro lugar, querida —la interrumpió su tío. Recurriré a mis contactos para que alguien con buena posición en el Pacto te acoja. Podrás convertirte en cazadora y hacer que tus padres estén orgullosos desde el más allá.
—No me quiero ir…
Louis la aferró entre sus brazos.
—Esa decisión ya no te pertenece —suspiró, compungido. Sostuvo la cabeza de Elliane entre las manos y la miró fijamente—. Sube y coge el kit de huida y las cosas indispensables que te dé tiempo.
Sin darle opción de responder, Louis empujó a su sobrina y la encaminó hacia las escaleras. Elliane subió a toda prisa, con lágrimas escapándose de sus ojos azules. Entró en su habitación y sacó la mochila que tenía preparada con enseres de supervivencia. Apretujó tantas mudas de ropa como pudo. Aún no lograba entender cómo una apacible noche de quiche y libro se había tornado en aquella pesadilla.
El aullido de una sirena resonó en la distancia a través de la ventana entreabierta. Ni siquiera el sonido de la lluvia lo ocultaba. Luego fueron dos y, en pocos segundos, era imposible determinar cuántos vehículos se acercaban.
Porque estaba claro adónde se dirigían.
Louis entró en la habitación con el rostro desencajado.
—¡Ya vienen! —advirtió, tendiéndole un pequeño dispositivo electrónico, parecido a un mando—. Toma este rastreador. Recoge todo lo que tengas ya y sal por la ventana hasta el jardín. Escóndete hasta que vengan a buscarte y no te acerques a los policías. El extractor irá hasta ti.
—¿Qué vas a hacer tú? —preguntó Elliane, consternada.
Él la miró con una mezcla de tristeza y ternura.
—Pagar por mis pecados.
Aunque solo tenía once años, Elliane sabía que no estaba bien que su tío cargase con un crimen que había cometido ella.
—Pero he sido yo...
Louis la abrazó una vez más. El rítmico sonido de las sirenas estaba cada vez más cerca.
—Para ellos siempre habré sido yo —sentenció—. Así debe ser.
—¡No es justo! —masculló ella contra el hombro de su tío.
El hombre que había sido como un padre para ella durante seis años la separó ligeramente para mirarla a los ojos, con una sonrisa colmada de tristeza.
—Te pareces tanto a tu madre… —suspiró—. En nuestro mundo no hay cabida para la justicia, Elliane. Mientras nuestros enemigos sigan acechando, tendremos que equilibrar su poder desde las sombras.
La niña alzó ligeramente la cabeza hasta alcanzar el oído de su tío.
—Yo cambiaré eso —susurró—. Lo cambiaré todo.
La policía ya había llegado: los vehículos derrapaban sobre el firme mojado de la parte delantera de la casa.
Louis empujó de nuevo a su sobrina, apremiándola a salir por la ventana.
Elliane sintió frío en cuanto se encaramó al alféizar. Miró por última vez a su tío, que asintió sin perder la taciturna sonrisa. Después salió de la habitación, rumbo a un destino que no merecía.
La joven quería contravenir las órdenes de Louis, pero traicionaría su confianza. Resignada, saltó al jardín; resbaló al aterrizar y cayó de bruces contra el césped.
—¡Equipo dos, cubrid la parte trasera! —ordenó una voz en la distancia.
Elliane se incorporó y alcanzó a trompicones los arbustos que delimitaban el jardín. Se ocultó justo a tiempo de ver cómo una unidad táctica, armada hasta los dientes, rodeaba el que había sido su hogar.
En el interior sonaron gritos furiosos. Temió por la vida de su tío, pero no se produjeron disparos. Pasó varios minutos contemplando las espaldas de los siete hombres y mujeres que vigilaban que nadie saliese de la casa, ajenos a que ella, la verdadera asesina, ya estaba fuera.
Se había concentrado tanto en ellos que olvidó comprobar su propio entorno.
Una mano cubrió la boca de Elliane. Fue incapaz de resistirse cuando tiraron de ella desde atrás. Parecía un hombre robusto que resistía sin quejarse las patadas que le propinó. No podía verlo, pero escuchó cómo chistaba mientras avanzaba con ella en brazos.
Poco después la soltó, dejándola caer al suelo. Elliane soltó la mochila y se incorporó, poniéndose en guardia. Ante ella solo encontró un rostro negro que indicaba con el índice que no hiciera ruido.
—Hoy la caza no es favorable para ti, niña —dijo el hombre en voz baja y ronca—, pero tu tío quiere que el día de mañana sí lo sea.
—¿Eres del Pacto? —preguntó, aún alterada.
—Nunca más preguntes eso a nadie, aspirante —advirtió él—. O tu tiempo en la hermandad será breve —recogió su mochila—. Ven conmigo. Te espera un largo viaje.
Elliane aún tenía dudas, pero siguió al extraño a través de la maleza, alejándose de la única familia que le quedaba. No sabía cuánto tardaría en hacerse con el poder necesario para cambiar las cosas, pero se aseguraría de dejar una huella imborrable a su paso.
—Os acordaréis de mí —susurró, tan levemente que su rescatador no fue capaz de escucharla.
La vista de Elliane se recuperó por completo pocas horas después de concluir el castigo. El resfriado que contrajo por pasar más de dos horas desnuda a la intemperie en plena tormenta fue otro cantar, pero le dio tiempo para recuperarse en cama. Un descanso que ayudó a que los moratones fuesen mucho menos visibles cuando se reincorporó a las clases. Tan solo Dakota, Clayton y el médico del Pacto que la atendió fueron testigos de la peor parte.
Las secuelas psicológicas fueron un asunto más complicado. Elliane era incapaz de conciliar el sueño del tirón; se despertaba en plena noche gritando y comprobando si tenía marcas por el cuerpo. También había perdido sus escasos apoyos. Dakota había puesto distancia entre ambas a pesar de compartir habitación; Clayton se mantenía en su papel de vicemaestra, pero sin ese trato amable que mantuvo con ella en privado durante el primer año. Foiles había duplicado su severidad y el resto del reemplazo la trataba aún más como a una apestada, incluso en actividades de equipo. La única que no había cambiado su actitud era Serenna; era igual de hermética y fría con todo el mundo.
Elliane recibió la debida explicación por la severidad del castigo. Pudo confirmar sus sospechas de por qué la señoritinga de Gwen Richards recibía trato de favor. Aquella cínica era hija de un pez gordo del Pacto de Nueva York; una estrella en alza que la envió a formarse a la capital porque, supuestamente, estaban los mejores campos de entrenamiento del país. Elliane, pondría más de una objeción a semejante afirmación.
Pese a estar allí por mandato de alguien tan poderoso como Nestor Randolph, este le había negado protección a Elliane, mientras que Gwen era una niña pija y mimada tanto en su casa como en el Campo 13.
La única carta que podía jugar Elliane le había explotado en la cara y ahora estaba peor que nunca. Solo podía hacer una cosa: resignarse e intentar pasar lo más inadvertida posible. A Serenna le había funcionado desde el primer día; no perdía nada por probar.
Los primeros meses del segundo año habían ido bastante bien, pero el regreso de Gwen cambió la situación y las vejaciones poco a poco regresaron a su rutina: escupitajos en la comida, uniformes rotos «misteriosamente» en la secadora… Elliane sabía perfectamente quién estaba detrás de todo, pero cualquier respuesta por su parte solo traería consecuencias nefastas para ella.
Pero no todo había ido mal: un cambio en la Camarilla de Adiestramiento hizo que se eliminase una de las materias teóricas que se impartían en el segundo año, Legado de los grandes maestros del Pacto. Alguien decidió que las lecciones que dejaron los antiguos líderes de la hermandad ya no eran valiosas. Elliane no estaba de acuerdo, pero tampoco iba a rechazar el beneficio de empezar la formación en combate tres meses antes.
Como no era tiempo suficiente para profundizar en todo lo que darían en el tercer año, Foiles decidió organizar un torneo de combates cuerpo a cuerpo la semana final del curso. Las clases que antes iban a ilustrar a los adeptos sobre los antiguos grandes maestros serían entrenamientos y duelos a menor escala.
Las prácticas no habían ido mal para Elliane. Llevaba tres años dejándose la piel en el entrenamiento físico y su cuerpo se estaba desarrollando satisfactoriamente. Incluso tenía más pecho; aunque no le habían quitado el mote de Planiane, ya tenía más busto que gente como Christine.
Foiles y Jenkins les habían enseñado técnicas básicas para derribar enemigos y a caer minimizando los daños. Estaban lejos de poder exhibir un estilo de lucha pulido, pero para el objetivo del campeonato, serviría.
Lamentablemente, a Elliane le faltaba algo. Llevaban dos semanas luchando a diario y no había logrado una mísera victoria.
Se celebraban diez combates diarios con emparejamientos por sorteo. Como cada reemplazo constaba de 21 adeptos, uno quedaba fuera y se encargaba de recoger todas las colchonetas del gimnasio cuando terminaban, pero su nombre era el primero en emparejarse al día siguiente.
El segundo jueves con esta rutina, Elliane pudo librarse, tras haber perdido contra seis de los chicos y contra Nicole y Serenna. Sería la primera en ser emparejada ese viernes, y su contrincante estaba a punto de ser revelado por Foiles, que rebuscaba en la caja donde había un papel con cada nombre del reemplazo.
La instructora sonrió cínicamente al comprobar la extracción:
—Tendremos otro duelo entre compañeras —anticipó, dirigiéndose a Dakota—. Ve calentando, Jirafa. Te toca con la francesita.
Dakota se puso en pie y se acercó al centro del cuadrilátero formado con colchonetas. Miró muy seria a Elliane sin titubear.
—Ya deberíais conocer las normas al dedillo, pero me gusta repetirlas para que nadie diga que no las recuerdo —dijo Foiles—. Vuestro objetivo es derribar al rival y que este tenga la espalda totalmente contra el suelo por vuestra acción. No se permiten golpes deliberados a la cara ni a las articulaciones, porque algunos piensan que ya valéis algo y no podemos lesionaros. Si el rival no cae de espaldas, podéis estrangularlo para obligarle a rendirse dando tres golpes en la colchoneta. Si incumplís alguna de las normas —miró a Elliane—, habrá castigo.
—Ya se saben toda la cantinela, Foiles —protestó Jenkins, de pie tras los chicos del reemplazo—. Deja que Gracey elimine a Briand para que podamos tener combates de verdad.
Hubo risas entre los adeptos; nadie se tomaba en serio los enfrentamientos contra Elliane. Aunque con Nicole aguantó bastante bien, la diferencia física con los chicos fue un handicap insalvable y Serenna la derribó tan rápidamente que aún no estaba segura de cómo acabó en el suelo.
Foiles soltó un bufido, pero accedió a terminar con la explicación.
—¡En posición!
Elliane se colocó en guardia, tal y como le habían enseñado. Dakota hizo lo mismo. La altura de su compañera podía ser una ventaja si sabía aprovecharla. Había visto luchar a Dakota ocho veces y había perdido cinco. No era la mejor del grupo, ni de cerca.
—¡Luchad! —bramó Foiles.
Elliane no se abalanzó sobre su rival. Trató de flanquearla para atacar. Dakota la recibió con la guardia cerrada, tal y como esperaba. En lugar de ir a por el torso, barrió con la pierna los tobillos de la chica. Esa era la idea, al menos. Dakota saltó a tiempo de esquivarla y aprovechó para caer sobre ella.
Dakota podía ser exasperantemente jovial, ingenua y una tirillas larguirucha, pero luchar contra ella era como pelear con un cocodrilo. Trató de inmovilizar a Elliane en el suelo, aplicando todo su peso sobre ella. La francesa se aseguró de quedar boca abajo para evitar la derrota inmediata. En cuanto pudo, empezó a revolverse para que Dakota no pudiera aprisionar su cuello y estrangularla.
Dakota era buena, demasiado para ser una adepta que aspiraba a la Camarilla Científica. De haber inmovilizado los brazos de Elliane, ya habría ganado. Tuvo un descuido y una de las piernas de la francesa también quedó libre. Elliane no era rápida ni fuerte, pero sí flexible. Consiguió hincar la rodilla e imprimir fuerza suficiente para dejar de estar a merced de Dakota. Era demasiado baja como para pasar a su compañera de cuarto por encima, pero podía volcarla hacia un costado y, con suerte, hacerla caer de espaldas.
Pero Dakota anticipó sus intenciones y clavó los pies en el suelo. Eso desvió su atención de los brazos el tiempo suficiente para que Elliane le descargara un fuerte codazo en el torso y pudiera liberarse.
Las chicas pusieron algunos metros de distancia y se estudiaron mutuamente. Jadeaban y sus rostros estaban salpicados de perlas de sudor.
Estaba claro que Dakota no iba a ser tan asequible como esperaba. Elliane necesitaba un modo de aprovechar semejante altura en su favor. Pero ella no le dio tiempo para estrategias. Cuando quiso darse cuenta, Dakota había recortado distancias y la agarró firmemente por la manga derecha y el cuello del chándal. Hizo una rápida zancadilla sobre su pierna diestra mientras empujaba hacia atrás.
Elliane apenas pudo reaccionar. No podía poner las manos para evitar la caída de espaldas. Giró cuanto pudo y golpeó con fuerza en la colchoneta con el costado izquierdo. Un montón de risas fueron su compañía en la humillación. Dakota se quedó de pie frente a ella.
—Para sorpresa de nadie, Planiane pierde —proclamó Foiles—. A ver a quién le toca aho…
—¡No! —gritó Elliane, levantándose de un brinco—. ¡No he dado con la espalda!
Foiles la miró condescendiente.
—Podía haberte pisoteado hasta ponerte en posición —observó—. Estabas vencida. Lo demás era un mero trámite.
—¡Está incumpliendo las normas! —gritó la adepta—. «Derribar al rival y que este tenga la espalda totalmente en el suelo por nuestra acción». Ese es el objetivo, ¿no? Pues mi espalda no estaba totalmente en el suelo por su acción. No me ha derrotado.
Elliane estaba sofocada, pero no iba a aceptar la derrota así como así.
—Trencitas, deja que peleemos los que luchamos de verdad —se mofó Wade, el noviete de Gwen, provocando una carcajada general.
—Estoy de acuerdo —coincidió Foiles—. Ya nos haces perder el tiempo cada vez que tienes un duelo. Vuelve a tu sitio.
—Tiene razón —intervino Dakota—. No he completado el movimiento y, por tanto, no la he vencido. El combate no ha terminado.
Fue toda una sorpresa para Elliane que Dakota la apoyase.
—Claro que ha terminado —discutió Foiles—. Seguir es una pérdida de tiempo, aunque quieras sacudirla más.
—Venga, Foiles… —dijo Jenkins mientras bostezaba—. Siempre haces lo mismo: tú pones las normas y luego te las saltas a la torera. Briand no lo estaba haciendo tan mal hoy. Concédele perder justamente.
Aquel no era el apoyo que más ilusión le hacía a Elliane, pero no podía negar su efectividad. Foiles y Jenkins antes eran amantes, pero ahora se llevaban como el perro y el gato, aunque estaban condenados a trabajar juntos.
—Tenía que haber hecho caso a eso de «donde tienes la olla no metas la polla» —masculló Foiles—. Está bien. Jirafa, termina de una vez.
Dakota no miró a la instructora, ya estaba centrada en Elliane. Se había retrasado bastante y adoptó una guardia cruzada. La estaba retando a atacar.
—¿Crees que vas a poder derribarme dos veces? —preguntó la francesa, intentando analizar sus defensas.
—No me hace falta creer en una certeza, gabacha —replicó.
Habría ignorado insultos de cualquiera, pero escuchar a Dakota despreciarla de ese modo hizo que le hirviera la sangre. Elliane cargó al frente con un grito desgarrador. Embistió como un astado con la esperanza de tomarla por sorpresa.
Y la sorpresa se la llevó Elliane.
Descubrió que sus pies ya no estaban en el suelo. Al disiparse la bruma de la furia, vio a Dakota cayendo de espaldas al suelo. ¿Había ganado? Nada más lejos. Elliane siguió girando sobre sí misma, propulsada por la llave que le acababa de hacer su compañera. Dakota la proyectó con el pie derecho, apoyado contra su cadera, y la lanzó hacia atrás, aprovechando la inercia de la caída y la propia carga de Elliane. La francesa salió volando varios metros. Apoyó la barbilla contra el pecho como le habían enseñado. Iba a caer fuera de las colchonetas. Se limitó a recibir el dolor como si de un viejo compañero se tratase.
Pero lo que más le dañaron fue su orgullo.
Hubo aplausos por la victoria de Dakota.
—¿De dónde has sacado eso, muchacha? —se escuchó preguntar a Foiles.
—Tuve una vida antes de venir aquí —respondió Dakota sin entusiasmo.
La instructora soltó una carcajada mientras se colocaba delante de Elliane, que aún seguía aturdida.
—¿Te ha parecido una derrota justa esta vez? —preguntó, sarcástica—. A mí no me importaría ver cómo te lanza de nuevo como un saco de patatas.
De nuevo las risas y los cuchicheos. Elliane no dignificó esas mofas con una respuesta, pero tardó un rato en poder levantarse.

***

Jake habría tenido que recoger el gimnasio al ser el adepto cuyo nombre no salió en el sorteo. Sin embargo, Foiles había decidido que, como Elliane tenía fuerzas para hacerles perder a todos el tiempo, también las tendría para recoger todo el gimnasio.
Lo único bueno que dejó aquel día era la cena. Clayton no cocinaba casi nunca, pero cuando lo hacía, no faltaba nadie en el comedor. El arroz con carne de aquella noche parecía comida gourmet en comparación con el rancho del Campo 13. Cenar sola tampoco había estado mal; todos se habían ido cuando terminó de recoger. Entregó la bandeja al adepto que tenía turno de friegaplatos y se dispuso a volver a la habitación.
Al salir al patio, Gus pasó corriendo por delante del edificio principal.
—¿Castigo? —preguntó Elliane.
—Castigo… —resopló él.
Casi sin darse cuenta, Elliane se puso a correr junto al chico.
—¿Qué coño haces? —preguntó Gus, confuso.
—Puedo correr contigo o volver a la habitación con una compañera que me odia —explicó.
—Vas a echar la pota —observó—. Sales de cenar, ¿no?
—Foiles me ha castigado tantas veces que ya ni me resiento al hacer ejercicio después de comer.
—Jenkins tampoco es un regalito, pero al menos no nos hace correr en bolas —dijo Gus, la voz entrecortada por el trote.
—Admito que correr vestida es toda una experiencia.
—¡Ja! Vas a ser simpática y todo —dijo él, divertido.
—No lo pretendía —le corrigió ella—, solo era una observación.
—Deberías intentarlo, Elliane —incidió Gus—. Este sitio ya es una mierda entre los instructores y algunos de nuestros compañeros como para que encima seamos bordes por sistema.
Se notaba que no lo decía por decir. Gus siempre le había parecido un idiota pusilánime, pero en ese momento sus amables palabras se convirtieron en un bálsamo. No podía tratar a todos como enemigos si quería salir de allí de una pieza. Quizás había estado equivocada desde el primer día, por mucho que Dakota intentase derribar sus murallas.
«Dakota...».
Cuando pasaron por delante del pabellón de los chicos, Jenkins se levantó de la silla plegable desde la que supervisaba el castigo de Gus.
—¿Te has apretado demasiado las trenzas esta mañana, Briand? —voceó—. Vuelve a tu pabellón u os pondré al adepto Falk y a ti a correr hasta el amanecer.
—¡Sí, instructor! —acató Elliane, separando su trayectoria de la de Gus antes de dedicarle unas últimas palabras—. Ánimo con el castigo…

***

Elliane casi agradecía la bronca de Jenkins. El estómago no era un problema, pero las lumbares no tardaron en recordarle que el golpe tras el combate con Dakota había tenido un final atroz para su espalda.
Entró en la habitación y se la encontró a oscuras. Encendió la luz de su lado para poder cambiarse de ropa antes de acostarse.
Dakota dormía, o eso parecía, hasta que se dio la vuelta en la cama.
—¿Ahora llegas? —preguntó, las primeras palabras que le dirigía en la habitación desde hacía semanas.
—No ha sido solo guardar las colchonetas —explicó Elliane, quitándose la sudadera del chándal—. Me ha hecho colocar todo el gimnasio…
Dakota no respondió de inmediato; contempló en silencio cómo Elliane se ponía el pijama.
—¿Te he hecho daño? —preguntó finalmente.
—Sigues fuera del podio de gente que me ha causado dolor en este sitio —respondió ella, sin mirarla.
—No pretendía que cayeras fuera —se excusó—. Medí mal las distancias… Y perdona por lo de «gabacha», solo quería provocarte.
Tras meter el chándal en la bolsa de ropa sucia, Elliane se sentó en la cama. Fue entonces cuando reparó en que Dakota estaba al borde del llanto.
—Eres demasiado boba como para hacer algo de eso a propósito —dijo, dedicándole la sonrisa más dulce que el ánimo le permitía esbozar.
El gesto buscaba apaciguar a Dakota, pero logró el efecto contrario. La chica rompió a llorar desconsolada.
—Este sitio saca lo peor de mí —dijo, secándose las lágrimas con la sábana.
—Te avisé de que aquí no se venía a hacer amigos… —recordó Elliane.
—No debería ser así —incidió ella, compungida—. Se supone que vamos a ser parte de una hermandad, pero nos enseñan a vernos como enemigos —guardó unos segundos de silencio—. Quizá nos hayamos equivocado de bando…
—Cuidado con lo que dices —advirtió Elliane—. Uno de esos monstruos mató a mis padres.
Su compañera quedó ojiplática.
—Nunca habías hablado de eso…
—No hemos hablado de nada estos meses —recalcó Elliane—, y antes eras tú la que hablaba… siempre.
—Ya… —suspiró Dakota, bajando la cabeza—. He estado… perdida. No me gustó lo que hiciste, pero me molestó más que no me contases nada.
—Era mi problema y mi decisión —dijo Elliane—. No había razones para implicar a nadie más.
—No puedes estar siempre en tu armadura.
Elliane no pudo evitar volver a sonreír. Era la segunda persona que le decía algo parecido esa noche.
—Puede que tengas razón —admitió.
—Vas a tener que ponérmelo por escrito —dijo Dakota—. Creo que nadie más va a escuchar esas palabras en la vida.
—No seas cría —le riñó Elliane.
Estaba lista para abrirse a su compañera. Le contó a Dakota cómo un dragiss atacó a sus padres en un viaje. Dijeron que había sido un accidente de tráfico, pero su tío Louis le contó la verdad. También reveló que sus manos ya habían dado muerte a alguien, algo que Dakota tardó un rato en digerir.
Se pasaron hablando de muchos temas hasta el amanecer. De no haber sido sábado, la noche en vela les habría salido cara. Elliane estaba experimentando una sensación que le era totalmente ajena. ¿Amistad? Nunca había tenido amigos, por lo que no sabía cómo definirlo.
«¡Lo saben! ¿Cómo?» Elliane no tardó en atar cabos: Wade, Gwen y las chismosas de sus secuaces. Las miradas venían acompañadas de sonrisas burlonas. Los chicos la miraban como a un trozo de carne; las chicas cuchicheaban entre risas, como si el tormento que Elliane sufrió la noche anterior fuera un chiste.
Fue la comidilla durante el desayuno y continuaba siéndolo mientras el reemplazo se dirigía al gimnasio para otra sesión de duelos.
Christine pasó por su lado, chocando deliberadamente su hombro contra Elliane.
—Zorrón —murmuró sin detenerse.
—¿Qué has dicho? —intervino Dakota, que no se había separado de Elliane en toda la mañana.
—He dicho perdón —respondió Christine, dándose la vuelta envarada.
—No te lo crees ni tú —replicó Dakota.
—Deberías cuidar mejor con quién te juntas, gigantona —advirtió la chica, entrecerrando los ojos—, o acabarás como ella.
—Es mejor que ser una lameculos de esa creída de Richards.
—¿A quién llamas creída, doña nadie? —la voz de Gwen se alzó desde detrás de Elliane y Dakota. Pasó entre ellas y flanqueó a Christine.
—Sois un veneno para este reemplazo —afirmó Dakota, sin amedrentarse.
Gwen la despreció con una mirada condescendiente.
—Pues si tú quieres terminar la formación en una caja de madera, lo estás haciendo genial —centró su atención en Elliane—. A tu amiga le han encontrado otro uso.
—¿Cómo te atre…? —Dakota no pudo terminar.
—¡Id entrando, que es para hoy! —bramó Foiles desde la entrada al gimnasio con su característico mal humor matinal.
Las abusonas se adelantaron, cuchicheando y riendo cada vez que se volvían hacia ellas.
—No deberías meterte... —murmuró Elliane.
—Te dije que no estarás sola —recordó Dakota.
Vuelta a la rutina de siempre: el reemplazo colocó las colchonetas en el gimnasio, con las dos más grandes, marcadas para los contendientes, en el centro. Luego tomaron asiento mientras Foiles preparaba el sorteo de encuentros.
El día iba de ajustes de cuentas. Dakota fue emparejada con Christine y tendría ocasión de continuar su discusión. Elliane iría justo después y se las vería con Melinda, cuya crueldad no había hecho más que acentuarse en las últimas semanas.
A Christine se le acabó la tontería en cuestión de segundos. Dakota no se contuvo y le asestó varios golpes demoledores. Un gancho directo a la cara dejó a aquella odiosa segundona fuera de combate.
«¿Quién es la zorra ahora?», pensó Elliane, colmada de satisfacción ante semejante espectáculo.
Dakota volvió a su sitio con una amplia sonrisa.
—Ahora te toca a ti darles una tunda —animó a Elliane.
La francesa no las tenía todas consigo. Melinda no iba a ganar ningún premio por su intelecto ni era la mejor combatiente, pero le sacaba una cabeza y era sobradamente más corpulenta.
—¿No prefieres rendirte ya, Planiane? —preguntó desafiante al colocarse en el centro—. Estarás cansada tras lo de anoche.
Hubo risas entre los adeptos. Las tormentosas imágenes volvieron a asaltar a Elliane, que retrocedió un paso inconscientemente.
—A tu sitio, Briand —ordenó Jenkins, que arbitraría el combate.
Ella recuperó la posición, pero seguía distraída entre tanto cuchicheo.
—Lo alucinante es que haya podido sentarse —se escuchó a Wade, provocando varias carcajadas.
El vigor abandonaba a Elliane. Cuando volvió en sí, Melinda se abalanzaba sobre ella. Pudo fintar a tiempo para evitar la embestida, pero no el agarre del brazo izquierdo con el que aquella bruta casi zanja el combate por la vía rápida.
Elliane se revolvió mientras Melinda tiraba de la chaqueta del chándal hacia abajo. Logró liberarse de la prenda, quedándose en camiseta de tirantes. Se apartó unos cuantos metros para tomarse un respiro y, lo más importante, concentrarse.
Melinda no cargó de inmediato. Miró la chaqueta de Elliane y se la lanzó a Wade. Él se la llevó a la cara e inspiró profundamente.
—¡Aún huele a mí! —se burló.
Otro estallido de carcajadas ahogó a Elliane en un mar de burlas.
—¡Silencio! —rugió Jenkins.
—¡No te desconcentres, Ellie! —animó Dakota.
Tenía razón. Era una jugada sucia para que perdiera el espíritu combativo, el poco que le quedaba. Se sentía asqueada y humillada, pero podía usar esos sentimientos para algo que no fuera hundirse en un pozo de autocompasión.
Cogió cada insulto, cada ataque, mofa y vejación que había sufrido en esos dos años, y los concentró en sus puños. Las herramientas para someterla se convertirían en instrumentos de su venganza.
Y Elliane atacó.
Melinda aún se pavoneaba cuando el primer puñetazo le impactó de lleno en el pecho. Se quedó sin aire. Le siguió un izquierdazo en la cara, no tan contundente como Elliane habría querido. El siguiente fue con la derecha, directo a las costillas. Ese sí tuvo que doler.
A duras penas, Melinda pudo alzar la defensa para reducir el castigo. Elliane no se detuvo: encadenaba golpes tan precisos como podía. La mayoría alcanzaban a su contrincante en los brazos o erraban, pero algunos eran certeros e impactaron en el torso y la cabeza.
Parecía un déjà vu del combate con Wade, pero esta vez no iba a quedar vulnerable por culpa de su cabello.
Cada golpe la acercaba un poco más a la victoria. No se conformaba con tumbar a Melinda: quería destrozarla. Caería ella sola cuando la noquease. Si no se agotaba antes.
Detectó una apertura en las defensas de Melinda. Si atacaba por abajo, alternando los puñetazos con una fuerte patada, y acertaba con la suficiente fuerza…
Era una trampa.
Cuando Elliane se concentró en las piernas, Melinda emergió aprovechando tamaño. Golpeó brutalmente el rostro de la francesa, lanzándola hacia atrás, aunque consiguió mantener el equilibrio a duras penas.
Melinda cargó contra ella ciega de ira. Las manos de aquella bruta aferraron a Elliane por los hombros. Después empujó, haciendo valer su mayor peso y tamaño. La francesa comenzó a caer de espaldas, directa a otra derrota, otra humillación. Todos los consejos y entrenamientos habían sido para nada.
O no.
Tuvo otro déjà vu, pero este era diferente. Inconscientemente, flexionó la pierna derecha contra su pecho y colocó el pie sobre la cadera de su rival. Mientras, agarró la chaqueta de Melinda, tal y como Dakota le había enseñado. La espalda de Elliane cayó contra la colchoneta, pero no por acción de Melinda; ella así lo quiso. Hizo que la fuerza y el peso de su rival jugasen en su favor y la lanzó por los aires cuando estiró la pierna.
Un golpe seco anunció su victoria, la primera.
Melinda se quejó. Había impactado de lleno con la espalda. Elliane había ganado con todas las de la ley. El corazón le sacudía el pecho y tardó unos segundos en comprender que no estaba soñando.
—¡Vencedora, Briand! —declaró Jenkins.
El desconcierto atrapó a los presentes mientras ella se incorporaba. Tampoco daban crédito a que Elliane hubiera ganado tras casi un mes de derrotas consecutivas.
Pero así había sido, y era hora de reclamar su premio.
—Esta tarde te va a tocar trabajar —advirtió a Melinda.
—¿De qué hablas? —la voz de Foiles quebró su momento triunfal.
Elliane se giró hacia la instructora.
—He ganado. Tiene que servirme toda la tarde —recordó.
La humillante sonrisa de Foiles no anticipaba nada bueno.
—Quien se somete cuando pierde eres tú, gabacha —dijo—. Los demás no son tan fracasados como para necesitar ese incentivo. Has ganado una vez, felicidades. Te quedan como siete victorias para empatar con el penúltimo.
—¡Eso no es justo! —protestó Dakota.
Foiles la fulminó con la mirada.
—Yo soy la justicia aquí, jirafa —masculló—. Y ya que sacas el tema: has hablado cuando Jenkins ordenó silencio. A ver si pasar el resto de la semana cumpliendo castigo te enseña a obedecer.
—¿Entonces ya no tengo que servir a quien me gane si vuelvo a perder? —preguntó Elliane, tratando de desviar la atención para que Dakota no terminase peor parada.
—Claro que sí —recalcó Foiles—. Solo has ganado un combate, y de chiripa. Cuando dejes de ser tan penosa, dejarás de ser un pobre premio de consolación.
Quería seguir discutiendo, pero notó cómo tiraban de su camiseta. Dakota la apartó y ambas regresaron a su sitio para que los combates continuasen. Les tocaba a Jake y Sean.
—No amarguemos más este momento —susurró—. Disfruta de tu victoria, Ellie. Seguro que es la primera de muchas.
Era asombroso el autocontrol que tenía Dakota. Entrar al trapo con Foiles era la cosa más fácil del mundo, aunque siempre se perdía. Ella ya estaba pagando el precio por apoyar a Elliane: cinco días de castigo. Sin embargo, no le reprochó nada, ni siquiera para desahogarse.
«No hay quien entienda a esta tía».

***

Se podía escuchar a Dakota masticar con furia el sucedáneo de cereales que tenían para desayunar. Aquella mañana acompañaba a Elliane y Serenna en la mesa, como en otras ocasiones, pero ni siquiera rompió la regla del silencio para dar los buenos días. Foiles la tuvo cumpliendo castigo hasta la madrugada, uno especialmente cruel para ser el primero que le imponía.
—Qué bien se te da correr en pelotas, Gracey —se mofó Gwen desde detrás de las espaldas de Elliane.
Dakota dejó de masticar y la miró rabiosa.
—No siempre vas a poder esconderte detrás de tu padre —advirtió—. Lo sabes, ¿no?
Elliane no se giró, pero notó cómo Gwen se envaraba.
—No se te ocurra hablar de mi familia como si supieras algo, guarra —masculló—. Está bien que vivas con Planiane. Eres tan bocazas que vas a terminar como ella. Sois tal para cual.
Elliane no tenía ganas de aguantar más tonterías. Apartó bruscamente la silla de la mesa, haciendo que chocase con Gwen y volcando la bandeja con todo su desayuno. El estruendo reclamó la atención de todos.
—¿Qué coño haces, puta? —rugió la abusona, empujando con fuerza a Elliane contra la mesa, que se estremeció por el golpe.
La francesa se dio la vuelta, desafiante.
—Como no te callabas, he pensado que no tenías hambre.
Gwen se puso roja y parecía dispuesta a enzarzarse en una pelea con Elliane.
—Disculpad… —que Serenna hablase era tan infrecuente que ambas la miraron desconcertadas. Contemplaba sus cereales: algunos derramados sobre la bandeja tras el golpe contra la mesa—. Estáis interrumpiendo mi desayuno.
—Pues ponte en otro sitio —ladró Gwen.
Solo hizo falta una mirada de Serenna para que la muy insensata se diera cuenta de que acababa de hablar de más. La silenciosa joven seguía invicta y casi todos habían comprobado sus habilidades de combate en primera persona. De hecho, Elliane pensaba que se contenía.
Gwen no dijo nada más: se apartó en silencio sin mirar atrás.
—Ha sido culpa mía —murmuró Dakota—. Perdona.
Serenna siguió desayunando sin pronunciar una sola palabra más. Su disciplina espartana fascinaba a Elliane. Dakota miró a la francesa, que le indicó con un gesto que no hablase más. El silencio era sagrado en aquella mesa.

***

—Esto va a ser interesante: Richards contra Briand —anunció Foiles durante el sorteo, regodeándose al dirigirse a Elliane—. A ver cómo se te da enfrentarte a ella sin hormigas.
—El maestro Worton dijo que tras el castigo no habría más represalias ni reproches —recordó Elliane.
—Cuéntaselo a quien le importe —masculló la instructora—. Al centro… ¡Ya!
Aunque a Elliane aún le duraba el subidón anímico de su victoria del día anterior, Gwen era mejor luchadora que Melinda. Era más delgada y casi igual de alta que la francesa. Se pasaba el día pavoneándose, pero ni siquiera estaba entre los cinco mejores del reemplazo. Claro que Elliane era la última y no estaba para cantar victoria tan alegremente.
Gwen salió al centro mientras se despojaba de la chaqueta del chándal. Los médicos habían hecho un trabajo fantástico con las heridas de la cara, pero aún tenía marcas del ataque de las Ecihotnia en el resto del cuerpo.
Foiles dio por comenzado el combate, pero ninguna atacó. Comenzaron a trazar un semicírculo con el que mantenían la distancia. Se observaban, midiendo a su rival en busca de puntos débiles, tomándose su tiempo. Gwen descargaba sobre Elliane un profundo odio con la mirada, algo que ella estaba más que dispuesta a devolverle.
—El objetivo es tumbar a la contrincante, no dormirnos a todos de aburrimiento —protestó Foiles con hastío.
Habían completado media vuelta y se encontraban en la posición de partida de su rival. Elliane dio un paso al frente, dubitativa. Gwen alzó sus brazos en posición defensiva, anticipando un ataque. Cubría bien sus flancos, sin desatender el frente. Costaba encontrar un punto para iniciar la ofensiva.
Elliane hizo ademán de caminar en círculos de nuevo. Cuando Gwen fue a imitarla, fintó para atacar por su costado menos protegido. El puñetazo fue desviado con un movimiento contundente de Gwen. Elliane no cejó y trató de conectar un segundo golpe.
Gwen no era como Wade o Melinda: no se limitó a defender. Tras esquivar el segundo ataque, lanzó un izquierdazo que Elliane no pudo evitar. Fue un golpe leve en el hombro. Gwen era diestra, por suerte.
El combate se sumió en un intercambio de golpes poco precisos e intentos de agarre. Elliane casi lo consigue, pero Gwen la zancadilleó y casi logra ganar el combate por casualidad. La francesa consiguió recuperar la postura girando sobre sí misma. Cuando le dio la espalda, aprovechó para lanzar una coz para apartar a su oponente.
Falló.
Antes de que pudiera enderezarse, Gwen la agarró por la pierna y la tiró al suelo. No estaba boca arriba: seguía en el combate. Mientras se resistía a darse la vuelta, pataleó con la pierna que tenía libre, la izquierda, y notó cómo su talón impactaba con algo. Gwen la soltó de inmediato con un grito.
—¡Maldita perra! —vociferó.
Elliane se incorporó y comprobó que aquella víbora se cubría la cara.
«Los cirujanos de tu papaito ya tienen más trabajo».
Fue imposible para ella ocultar una sonrisa de satisfacción. Lo que hizo que Gwen se enfureciera todavía más.
La abusona cargó, pero no de forma desbocada, como hizo Melinda. Gwen no era estúpida, eso había que reconocerlo. Lanzó varios ataques que no iban al rostro ni a la cara, sino a las articulaciones. Recibir un mal golpe podría suponer una lesión.
Eran ataques prohibidos, claro, pero sabía que las normas no se aplicaban igual para Gwen. Si fuera ella quien intentase esos movimientos, ya habría sido amonestada.
Defendió como pudo codos y rodillas, los puntos donde Gwen se centraba mientras alternaba puñetazos y patadas. Parecían patos peleando. Un impacto cerca de la rótula dolió tanto que hizo perder la concentración a Elliane. Gwen aprovechó para asestarle un puñetazo en el pecho que la dejó sin aire.
Elliane retrocedió jadeando. Intentó recuperar la defensa, pero Gwen recortó distancia rápidamente. La agarró por la chaqueta, dispuesta a derribarla con una zancadilla. Elliane se cubría el pecho por instinto e hizo fuerza con las piernas para resistir. Sin embargo, tuvo tan cerca la cara de Gwen que no pudo resistir la tentación. Cerró los ojos y le asestó un cabezazo con las fuerzas que le quedaban. Notó cómo algo crujía donde había impactado la frente.
El golpe no solo detuvo el ataque de Gwen, la hizo retroceder renqueante, la nariz sangrando profusamente. Los hilos de color escarlata saltaban sobre sus labios carnosos y descendían por la barbilla.
—¡Alto! —exclamó Foiles—. Fin del combate. Planiane descalificada por movimiento prohibido.
—¡¿Qué?! —Elliane no salía de su asombro.
—Que has hecho trampas —reiteró la instructora.
—No me jodas, Foiles —intervino Jenkins—. Llevas un rato permitiendo que Richards haga ataques ilegales y no has dicho ni mu.
La instructora miró a su compañero con cara de pocos amigos.
—Son mis adeptas: yo dicto las normas.
—¡Y una polla! —replicó Jenkins—. Yo también soy instructor de este reemplazo. Me tienes frito con tus manías selectivas de todos los años. Si Richards no puede seguir, será combate nulo.
A Elliane le valía: no era una derrota. Y ver sangrar a aquella arpía como una gorrina era mejor que una victoria. El dolor en la frente también merecía la pena.
—Zeguidé —anunció Gwen, intentando sin éxito frenar la hemorragia.
—Así no puedo dejarte luchar —contravino Foiles.
—Dame algo pada que deje de zangdadme la nadiz —pidió la adepta.
Foiles dudaba claramente.
—Puedo esperar a que pare de sangrar —dijo Elliane. Ni siquiera ella entendía por qué, pero le embargaron las ganas de ganar el combate. Podía haberse librado de aquella desgraciada por un día, pero vencerla podría dejar las cosas: ella era superior.
No había respeto en la mirada que le dedicó Gwen, sino rencor.
Jenkins prestó primeros auxilios a la adepta mientras Foiles arbitraba otros enfrentamientos para no perder tiempo. Pasado un rato, la nariz de Gwen dejó de sangrar y pudieron retomar el combate. Elliane también recuperó algunas fuerzas.
Las chicas volvían a estar frente a frente. A Elliane aún le dolía la frente; seguramente le saldría un chichón, pero su rival tenía la nariz cubierta con algodones y protegida con varios esparadrapos.
«Tengo que aprovecharlo».
Era una oportunidad que no se repetiría: Gwen no podía respirar bien y eso le brindaba una ventaja invaluable.
Cuando Foiles dio por reiniciado el combate, Elliane no esperó. Con tres zancadas, recortó la distancia con Gwen para derribarla con unos cuantos golpes rápidos de los que no pudiera defenderse en su estado.
Ese era el plan, al menos.
Gwen no le dio tiempo a ejecutarlo. Cuando se plantó delante de ella, dispuesta a fintar para atacar su costado, lanzó un golpe demoledor contra el cuello de la francesa. No, no era un golpe: era un agarre. La tenaza se cerró en torno al cuello de la sorprendida Elliane. Aprovechó la incertidumbre para situarse detrás de ella y envolver entre los brazos su cabeza.
Elliane notó un fuerte golpe en el reverso de la pierna, postrándola de rodillas. Opuso toda la resistencia posible para no caer tumbada. Gwen aún le sujetaba la cabeza, con la tenaza bien prieta en el cuello, oprimiendo cada vez más, cortándole la respiración.
—Díndete —le susurró al oído, la dicción aún afectada por la nariz taponada.
Elliane trató de zafarse, pero estaba claro que esa sádica sabía lo que estaba haciendo.
—Díndete —repitió Gwen—, o te padto el cuello y digo que ha zido un accidente… Díndete, zodda.
Por un instante, Elliane pensó que era un farol, hasta que sintió cómo Gwen colocaba la mano izquierda en posición para realizar un movimiento que, sin duda, quebraría su cuello. La falta de aire la había dejado sin fuerza y apenas podía resistirse.
Tres golpes en la colchoneta pusieron fin al combate.
—Ve dezando lo que zepaz —advirtió Gwen con un último susurro antes de liberarla.
El olor a humedad en el aire y las nubes oscuras que asomaban por encima de las colinas que arropaban el Campo 13 anunciaban tormenta. Elliane sintió un escalofrío, pero no estaba segura de si se debía a la caída de la temperatura o a la certeza de que le aguardaba una tarde horrible. Se abrochó la chaqueta del chándal y cerró la ventana de la habitación; no quería seguir contemplando cómo Dakota sufría el castigo de Foiles.
«Aquí premian por pisotear a los demás», pensó, incapaz de explicarse cómo la bruja de Foiles había sido admitida para ser instructora.
Elliane pudo disfrutar de un rato de tranquilidad mientras a Gwen la atendían en la enfermería. Albergaba la esperanza de haberle roto la nariz durante el duelo y que tuvieran que llevársela al hospital. A ella aún le dolía la frente por el cabezazo que le había asestado por la mañana.
«Ha merecido la pena por verla sangrar», se regodeó.
Su momento de paz tocó a su fin cuando aporrearon la puerta. Mientras se le formaba un nudo en el estómago, Elliane se acercó para abrir. En el pasillo esperaba Gwen con mirada retadora; tenía toda la nariz y parte de la cara cubiertas con un vendaje más elaborado que el que improvisó Jenkins durante el combate. No le rompería la nariz, pero se iba a acordar de ella durante varias semanas.
—Nos vamos —masculló Gwen. Aún tenía alterada la dicción, pero mucho menos que tras el combate—. Y ponte esto.
Elliane se envaró al ver la correa que pendía de la mano de la abusona.
—No soy una perra —murmuró.
—Claro que lo eres —replicó Gwen—. ¡Póntela... ya!
A regañadientes, Elliane abrochó el collar de piel sintética en torno a su cuello. Gwen lo examinó y apretó la correa tanto que la privó de aire momentáneamente. Si aquella loca perdía los estribos, podía asfixiarla.
—Andando, perra —ordenó, dando un fuerte tirón.
Elliane había intentado de todo contra Gwen, pero ella siempre se salía con la suya. Estaba desesperada y demasiado agotada como para darle guerra. La siguió al exterior a paso perezoso, deseando que la tarde pasase rápido.
En el patio había un gran grupo de adeptos presenciando el castigo de Dakota. Como siempre, Foiles la obligaba a correr desnuda, una rutina que Elliane conocía demasiado bien: casi podía sentir el frío que debía estar experimentando su compañera.
Gwen tiró de Elliane en dirección al edificio principal. La francesa dudó por un instante si le tocaría cubrir el turno de friegaplatos, pero su reemplazo acababa de completar la ronda y pasaría un tiempo antes de que volviese a ellos.
Dakota interrumpió su carrera cuando pasó junto a ellas.
—¿Adónde vais? —preguntó, ignorando los silbidos y mofas de los adeptos más babosos que había en el patio.
—Sigue corriendo, metomentodo —espetó Gwen—. Se te va a enfriar la almeja.
—Y a ti te va a quedar una máscara genial para competir en lucha libre —replicó Dakota, aludiendo al aparatoso vendaje facial.
Gwen fue a encararse con la chica, pero los bramidos de Foiles desde la entrada del pabellón de mujeres la cortaron:
—¡Jirafa! ¿Quién te ha dicho que pares? Ponte a correr ahora mismo y suma dos días más de castigo para pasarlos conmigo.
Dakota negó con resignación, su tez pálida hacía difícil distinguir el sudor, pero el cabello se le pegaba a la cara y los hombros. Reanudó la carrera para no ganarse más ampliaciones del castigo.
Elliane quiso gritar para darle ánimos, pero Gwen tiró de nuevo de la correa y la obligó a caminar.
—Tienes trabajo que hacer, perra —declaró—. Ni se te ocurra remolonear con tu amiguita.
Avanzaron pocos metros cuando la voz de Dakota resonó a sus espaldas:
—¡No dejes que esa arpía gane, Ellie!
«No tiene remedio...», pensó, incapaz de esconder una sonrisa con la que las mofas de los adeptos se hicieron más llevaderas. Aunque el espectáculo seguía siendo Dakota, algunos adeptos también se burlaban de Elliane, profiriendo ladridos. No había nadie de su reemplazo presente, lo que era raro para esas horas.
Los nervios se apoderaron de Elliane cuando se percató de que no iban al edificio principal. Gwen tiró de ella hacia el fondo del patio, donde solo había otro edificio: el pabellón de los chicos.
«No...»
Se detuvo, atenazada por el miedo, temblorosa. No quería volver a ese lugar nunca más. Las imágenes que no conseguía olvidar regresaron, haciéndole revivir la pesadilla de dos días atrás.
Gwen tiró con tanta fuerza de la correa que empezó a ahogarla.
—¡Vamos! —gritó.
—No, por favor… —suplicó Elliane con un hilo de voz. Avanzó algunos pasos para poder respirar, mientras aguantaba las ganas de echarse a llorar de impotencia.
Una sonrisa sádica se dibujó en el rostro de Gwen.
—Eres mía esta tarde, perra —masculló—. Camina o termino lo que no acabé en el combate.
Gwen fue tirando gradualmente de la correa, apretando cada vez más el collar hasta que Elliane avanzó por necesidad.
Entraron en el pabellón y empezaron a recorrer el largo pasillo con solo los sollozos de Elliane rompiendo el silencio.
—No me hagas esto…
—Yo no te voy a hacer nada —aclaró Gwen—, pero voy a darles la oportunidad a otros de que sí lo hagan. Todo lo que quieran.
No podía dejarse llevar cual ganado al matadero. Elliane se detuvo en seco y sujetó la correa para que Gwen no pudiera asfixiarla.
—Esto no te lo van a permitir… —advirtió, desafiante.
Taimada, Gwen retrocedió y le propinó un sonoro guantazo a Elliane. Por su expresión, no había sido suficiente, pero a la francesa le ardía la cara.
—¿Crees que Foiles no sabe lo que te han hecho? —preguntó, agarrándole la cara a Elliane con una mano y apretándole las mejillas—. Casi me da un abrazo cuando le he contado mi plan para hoy.
Aunque Elliane intuía que Gwen y Foiles colaboraban para hacerle la vida imposible, no había podido demostrarlo; una certeza que de nada le valía ahora.
Gwen arrastró a Elliane hasta que llegaron al salón común de los chicos, una sala idéntica a la que había en el pabellón femenino, aunque más desordenada. Había una televisión grande presidiendo la pared del fondo y varias mesas y sofás para los escasos ratos de esparcimiento. Casi todos los chicos del reemplazo estaban allí, y también algunos de cursos superiores.
Wade se levantó de un salto de uno de los sofás y se acercó a su novia. Había una escalofriante expresión triunfal en su rostro.
—¡Aquí está la sorpresa, tíos! —proclamó, antes de besar a Gwen.
La mayoría de los presentes dirigieron miradas lascivas a Elliane.
—Ha costado traerla hasta aquí, amor —protestó Gwen, con voz ñoña.
—No te preocupes, nena —la consoló Wade, luego se acercó a Elliane, que cada vez estaba más asqueada, y trató de acariciarla—. Hoy cuidaremos de ella entre todos, para que no dé tanta guerra.
—¡Apártate! —exclamó ella revolviéndose.
Wade agarró la correa y la acercó a la fuerza hasta que sus rostros quedaron separados por escasos centímetros. Podía sentir su fétida respiración.
—Shhhhh. Mejor pórtate bien, porque hoy no voy a ser el único que te cate.
—¡No me toques! —masculló ella, intentando quitarse la correa. Notó algo metálico y duro: había un pequeño candado en el cierre. Gwen debió colocarlo cuando examinó el collar.
—Un momento —la voz de Gus resonó en la sala—. No estaréis planeando lo que parece, ¿verdad?
Con expresión de fastidio, Wade se volvió hacia su compañero.
—¿Algún reparo moralista que compartir, Falk?
—Puedes jugarte el culo a que sí —respondió él, alterado—. ¿Os habéis vuelto todos locos? Briand es una compañera. Lo que pretendes hacer… lo que tú ya has hecho... no solo es inmoral: es inhumano.
Gus y Elliane intercambiaron miradas: se notaba que estaba genuinamente preocupado por ella. Esa era una sensación extraña para la francesa.
—Gus tiene razón —el vozarrón de Sean reclamó la atención de todos desde el fondo de la sala, donde estaba sentado en una de las mesas—: esto está mal.
—¿No os gusta mi regalo? —preguntó Gwen, contrariada—. ¿Es que os van otras cosas?
—No me va lo de violar a compañeras, jodida tarada —espetó Gus, molesto—. Y no voy a permitir que le hagáis nada.
—¿Y a dónde quieres que destinen a tu padre, Falk? —inquirió Wade—. Ser centinela es jodido... nunca sabes cuándo puedes terminar demasiado cerca de un nido de dragiss ansiosos por destrozarte a ti y a tu unidad.
Gus receló, pero pronto recuperó la determinación.
—No te atrevas a amenazar a mi familia con el puesto de tu madre— advirtió.
La expresión soberbia de Wade dio paso a una mirada fría y amenazante. Le cedió la correa a Gwen y luego se aproximó a Gus chasqueándose los nudillos.
—Entonces habrá que hacerlo por las malas.
Otros dos chicos del reemplazo, Aaron y Bruce, se cernieron amenazantes sobre Gus.
Sean se interpuso entre ellos y su inminente víctima y cruzó sus musculosos brazos, que parecían más voluminosos con solo la camiseta de tirantes que cuando vestía el chándal completo.
—Si tenéis problemas con Gus, los tenéis conmigo —advirtió.
Bruce retrocedió en el acto, sin apartar la mirada de los bíceps de Sean. Aaron tiró de Wade para apartarlo. Entre varios, era posible que lograsen reducir al grandullón, pero alguno terminaría el día con menos dientes.
—Soltad a Briand —exigió Gus.
—No —respondió Gwen, tirando de la correa—. Es mi propiedad, ¡mía! Hará lo que yo ordene durante toda la tarde. Si no queréis este regalo, podéis iros a la mierda.
Gus lanzó otra mirada atribulada a Elliane.
—Traeremos a un instructor —le prometió, retrocediendo hacia el pasillo junto a Sean.
Elliane asintió, temerosa y esperanzada al mismo tiempo. Gwen la sometió con un tirón tan fuerte que la puso de rodillas.
Cuando los adeptos díscolos desaparecieron por el pasillo, Wade fue a perseguirlos, pero su novia lo detuvo.
—No te preocupes, amor. Los instructores han ido al pueblo a celebrar el ascenso de Foster, que se va a un campo especializado. Solo está Foiles porque le cae mal, y ella está al tanto de lo que vamos a hacer.
El chico sonrió con complicidad.
—Cómo se nota que tu padre es maestro-guia, nena.
—¡De la mejor ciudad del mundo! —apostilló ella, dando el enésimo tirón a la correa—. Hablando de guiar: ¿dónde llevamos a esta perra para que juguéis?
Wade tomó de nuevo la correa y acercó a Elliane hasta aferrar su cuerpo con el brazo. Estaba tan dolorida tras el combate y los tirones que apenas pudo ofrecer resistencia.
—Mejor la llevamos por las habitaciones de cada uno, así no le dejamos a nadie en las sábanas el recuerdo de todos.
—Salvo los que lleve la perrita con ella —bromeó Aaron, provocando carcajadas en el grupo.
—Eso es —confirmó Wade, mirando vicioso a Elliane—. Empezaré yo. Ya he probado la mercancía y podré comprobar que está todo en orden. Luego se la pasaré a Aaron y, cuando termine, la llevamos a la siguiente habitación —miró a los demás, expectante —. ¿Conformes?
—¡Sí! —dijeron varios al unísono.
Wade se dirigió a su compañero de cuarto.
—Dentro de un rato te avisamos —le dijo, aferrando más fuerte a Elliane—. Si escucháis gritos, es que se lo está pasando en grande.
Dejaron atrás el salón común mientras todos reían ante la idea de destrozar a su compañera.
Elliane era el eslabón débil del grupo. Ya no había dudas. Era un objeto en manos de los chicos y de monstruos como Gwen. No podía más. Ni siquiera se molestó en retener más las lágrimas cuando regresó a la habitación donde sucedió todo. Donde volvería a suceder.
El sonido de la puerta al cerrarse puso fin a sus opciones de huir, si acaso las tuvo en algún momento. ¿Adónde iba a ir?
A pesar del aparatoso vendaje, la expresión triunfal de Gwen era evidente cuando tomó asiento en la cama de Aaron.
—Quizá grabo algunos vídeos por si vuelves a ponerte tonta —dijo mientras sacaba el móvil del bolsillo.
Otra humillación más. Era como si nunca tuviera suficiente.
—Para ya… —consiguió decir Elliane, agotada—. Por favor…
—Esto no se va a terminar, zorra —replicó Gwen—: así va a ser tu vida ahora.
—¿Por qué me odias tanto? —preguntó ella, desolada.
Gwen dejó el móvil sobre la cama mientras se levantaba; luego se acercó hasta pegar mucho su cara a la de Elliane.
—Porque me recuerdas a la golfa que hizo que mis padres se divorciaran —masculló—. Mi madre no era del Pacto y, cuando quiso divorciarse, el mentor de mi padre la mató, como dictan las normas. Todo por una puta gabacha como tú.
Gwen se apartó un poco y escupió en la cara a Elliane. La saliva se mezcló con los rastros salados que dejaban las lágrimas de la francesa.
—Sois todas iguales —continuó—, así que voy a hacer que te aterre follar. Te van a usar tanto que no querrás meterte en la cama con nadie más.
—O igual te descubrimos una especialidad que no habías contemplado —bromeó Wade, abrazando a Elliane por la espalda y apretando contra ella para que notase su excitación contra la cadera.
—La Camarilla de las Putas —apostilló Gwen. Ella y Wade tenían la misma maldad y la misma poca gracia.
Gwen regresó a la otra cama mientras Wade comenzaba a manosear con impunidad el cuerpo de Elliane, jadeando cada vez más fuerte.
—Haz que te la coma —ordenó Gwen, apuntando con las cámaras del móvil—. Así le grabo bien la cara.
—¡Y una mierda! —replicó él—. Es capaz de morderla.
Su novia dudó un instante, pero finalmente se mostró de acuerdo.
—A ver si consigo algo para que no pueda cerrar la boca la próxima vez.
—Eso —coincidió Wade, lamiendo el cuello de Elliane entre palabras—. Porque va a haber muchas más veces, trencitas. Y te… ¡Puag!
El chico se apartó un poco, pero no la soltó.
—¡Joder! ¡Quítale el collar! — protestó.
—¿Por? —preguntó Gwen, confusa—. Así puedes tirar de ella como la perra que es.
—Sabes que me gusta morder y chupetear el cuello, nena —explicó él—, pero esa cosa sabe a culo de caballo.
—¿Y si se escapa? —inquirió Gwen, abriendo el candado para soltar la correa.
Por un instante, Elliane sintió alivio al liberarse de esa cosa, hasta que Wade volvió a aferrarla por detrás.
—De aquí no se va hasta que no hayamos terminado todos con ella —sentenció, acariciándole el cuello y acariciando con las yemas de los dedos hasta el moño—. Además, me gusta más agarrarle de la trenza —dijo, forcejeando con los alfileres—. Quítate esto, que este combate ya lo has perdido.
Wade liberó la larga trenza dorada de Elliane y arrojó los alfileres a la cama. El elaborado trenzado se balanceó como un péndulo hasta que el chico lo agarró, tirando violentamente hacia abajo.
—Así mejor... —susurró al oído de Elliane.
—No tienes que hacer esto otra vez… —suplicó ella, apretando los dientes por el dolor constante en su cuero cabelludo.
—Es verdad —admitió él, sin dejar de manosearle los senos con la mano libre—. Pero quiero hacerlo. Y pienso repetir.
Elliane cerró los ojos, desesperada. Sintió cómo Wade le quitaba la chaqueta del chándal y le bajaba los pantalones junto con la ropa interior. Luego le dio un fuerte empujón que la hizo caer de espaldas en la cama, tendida a su merced. Cuando volvió a abrir los ojos, encontró las mismas vistas que llevaban dos días persiguiéndola.
—No te diré esto muchas veces —dijo Gwen—, pero ¡vamos, tíratela!
—¡A sus órdenes! —respondió Wade, abalanzándose sobre Elliane.
Ella intentó revolverse, luchar. Esta vez no estaba drogada y su instinto la impelía a defenderse. Trató de entorpecer los manoseos de Wade con sus propias manos, forcejeando cada vez que él volvía al ataque. Con un resoplido de frustración, el chico atenazó con fuerza sus muñecas con la mano izquierda y la abofeteó sin miramientos con la derecha, justo donde su novia la había golpeado minutos antes.
Cada palpitación de Elliane era como un nuevo bofetón; tenía dolorido todo el costado izquierdo de la cara, y el pulso acelerado por el miedo no ayudaba.
Wade se acercó y recorrió toda su cara con la lengua.
—Estate quieta o te haré mucho más daño —la amenazó.
El chico arrastró los brazos de Elliane hacia los costados, sin dejar de retenerlos. Luego comenzó a besarla a la fuerza, oprimiéndola con su peso. Sentía la lengua de aquel cerdo tanteando su boca, pero sin adentrarse en ella. Seguramente también temía llevarse un mordisco, y no se equivocaba.
Mientras la besaba, Wade intentaba quitarse los pantalones usando solo los pies para no soltar a Elliane. Cuando entendió que la maniobra era inútil, la liberó del agarre para desvestirse.
Ella hizo acopio de las escasas fuerzas que le quedaban para meter los brazos entre sus cuerpos. Empujó a Wade hacia arriba y este desistió de desatarse el pantalón para poder forcejear. La refriega fue ascendiendo hasta que las manos de ambos medían sus fuerzas entre sus caras. Elliane logró que su derecha se escurriese por el sudor y, liberada, asestó un arañazo en el rostro a su violador.
—¡Puta! —gritó Wade protegiéndose la cara con la izquierda.
Iracundo, le propinó a Elliane un derechazo tremendo que la dejó grogui. Luego le inmovilizó de nuevo los brazos con sus manos.
Conmocionada, escuchó cómo Gwen y Wade discutían, aunque sus voces se escuchaban distantes, como si estuvieran en otra habitación.
—¡Ya te quito yo los pantalones, idiota! —le reñía ella—. Te dije que le dejaras la correa.
El chico estaba demasiado ocupado para responder: apretaba el brazo contra el cuello de Elliane, dejando clara la diferencia de fuerza.
—Iba a ser suave, pero hoy sí que te voy a dar caña, zorra. Mañana no vas a poder andar.
Wade colocó bruscamente los brazos de Elliane en cruz y los retuvo con sus propios codos. La mano de la chica golpeó contra algo, causándole un dolor punzante en el dorso.
—Ya estás, tarugo —avisó Gwen.
—¡Pues a conquistar Francia!
Elliane quedó sin respiración ante la primera embestida de Wade, que se hundió junto a su cabeza para mordisquearle el cuello. Miró al techo, impotente al recibir la segunda, y la tercera, cada vez más fuertes y cargadas de rabia. Luego dejó de contar.
Wade no tenía suficiente. Metió las manos entre el colchón y Elliane y luego las subió lentamente hasta aferrarla por los hombros para hacer más fuerza.
Ella no podía parar de llorar por la humillación, por el dolor, pero sobre todo por la furia desmedida que descargaba Wade, que se ayudaba del agarre para que cada penetración fuese más contundente que la anterior. Elliane luchaba por respirar. Apenas entendía lo que decía Gwen entre los jadeos y gruñidos de Wade y su propio estado de shock. Estaba sufriendo el doble que la última vez.
Pero sería la última.
Cuando Wade iba a dar una de sus embestidas, Elliane lo apuñaló en el cuello con uno de los alfileres de pelo que él mismo le había quitado. El objeto que ella había golpeado en la mano tras el forcejeo. El calor de la viscosa sangre empapó su mano.
Descargó su furia en una segunda puñalada mientras escuchaba cómo Wade luchaba por no ahogarse en su propia sangre.
—¿Te lo pasas en grande ahora, bâtard? —le susurró al oído.
No pudo, ni quiso, parar. Con un grito rabioso, sacó y clavó de nuevo el accesorio por tercera vez, luego otra, y otra más. La sangre le salpicaba en la cara, pero le daba igual.
Gwen profirió un grito de terror y se lanzó a por ella para arrebatarle el alfiler. Elliane agitó frenética el brazo izquierdo para apartarla. No podía ver bien, tenía sangre en ambos párpados. Durante el forcejeo, su mano chocó contra la cara de Gwen, justo con los nudillos. Se produjo un sonido seco, como si alguien cayera al suelo.
—¡Ayuda! —gritó Gwen.
Elliane siguió apuñalando en el cuello a Wade. Ya estaba muerto, pero no importaba. Aquel abominable ser seguía dentro de ella. Todas las puñaladas que le asestara serían pocas. La sangre ya no manaba con tanta fuerza de las heridas, pero continuaba derramándose sobre su cara y cuello.
Acabó apartando el cuerpo sin vida del chico, que cayó sobre su novia. Sintió un alivio tremendo en el pecho y la entrepierna al librarse de él.
Con otro grito de terror, Gwen se arrastró por el suelo hasta la puerta, pero fue incapaz de abrirla. Wade habría puesto el cierre electrónico.
Gwen trató de alcanzar el interruptor para abrir, pero Elliane no había terminado. Recogió el otro alfiler, arrancó el protector mientras se acercaba y atravesó la mano con la que Gwen trataba de salvarse.
Un alarido fue lo único que obtuvo. Sería suficiente… para empezar.
Elliane agarró por el pelo a la chica y la tiró al suelo. Luego se sentó sobre ella y empezó a golpearla sin parar en la cara como un animal salvaje. Gritaba con toda la ira acumulada tras dos años de vejaciones mientras destrozaba el rostro de su némesis.
Wade estaba muerto. No importaba si su novia iba detrás. A Elliane la ejecutarían igual, pero se iría con algo de paz.
Arrancó el alfiler de la mano de Gwen y lo elevó por encima de su cabeza, aferrándolo con ambas manos, dispuesta a acabar con la vida de aquella miserable de un solo golpe.
Un fuerte estruendo tras ella la sobresaltó.
No tuvo tiempo de defenderse cuando alguien corpulento se abalanzó sobre ella, apartándola de Gwen y de su golpe de gracia. La cabeza de Elliane chocó contra la puerta del armario. Soltó el alfiler para intentar protegerse de su atacante.
La vicemaestra Clayton, que era la versión femenina de Sean, la retuvo con una llave que inmovilizaba sus extremidades, atrapando las superiores en un abrazo y las inferiores con una pinza de piernas.
—¡Quieta, Briand! —masculló, intentando sostenerla.
Elliane gritó desconsolada, pero con una punzada de satisfacción cada vez que notaba el sabor de la sangre de su violador.
—Ya ha pasado, niña —añadió la mujer.
El llanto de Elliane y la respiración agónica de Gwen fue lo único que se escuchó durante varios segundos. Clayton no dijo nada más: aferraba a la francesa sin darle ocasión de soltarse. No parecía tanto que quisiera retenerla, sino confortarla.
Era tarde para eso.
Pronto empezaron a escucharse voces desde la puerta.
—La madre que… —dijo un chico.
—¡Hostia! —exclamó otro—. Se los ha cargado…
Desnuda, ensangrentada, rota de dolor y empapada en lágrimas, Elliane se derrumbó, apoyándose a duras penas en los brazos de Clayton hasta que perdió el conocimiento por completo.
El rostro de Dakota fue lo primero que Elliane vio al despertar. Apenas pudo mantener los párpados abiertos un par de segundos. Cada palmo de su cuerpo le dolía, pero la peor parte se la llevaba la cara. Volvía a estar en su habitación, tumbada en la cama, con la sábana cubriéndola hasta el pecho. Se escuchaban gritos de entrenamiento en el patio, lo que sugería que era por la mañana.
Elliane volvió a intentar abrir los ojos, pero el izquierdo le costaba más.
—Ay… —protestó, casi sin fuerzas para moverse.
—No te fuerces, Ellie —dijo Dakota con una de sus cálidas sonrisas—. El médico ha dicho que estarás unos cuantos días con entumecimiento.
—El médico… —murmuró con un hilo de voz mientras conducía la mano a su dolorida entrepierna por encima de la sábana.
Dakota asintió mientras su sonrisa se disipaba poco a poco.
—Te ha tratado las heridas y ha realizado una exploración completa por si hubiera complicaciones —explicó.
Como un torrente frenético y dantesco, lo sucedido antes de que perdiera el conocimiento irrumpió en sus pensamientos con un grado de detalle que habría deseado ahorrarse.
—No le di tiempo —musitó finalmente Elliane.
Dakota volvió a sonreír, alzando la mano para apretarle cariñosamente en el brazo.
—Lo sé —dijo—, pero el otro día sí lo tuvo y era mejor prevenir. No hay nada de lo que debas preocuparte —pareció dudar un instante antes de continuar—. Cuando el doctor terminó contigo, se llevaron a Richards al hospital.
Frustrada, Elliane cerró los ojos.
—Merde! Otra vez se ha salido con la suya… —suspiró—. Unos segundos más y…
—No estés tan segura —intervino Dakota, negando con la cabeza—. Worton lleva acojonado desde esta mañana. Él y Clayton han discutido a voces porque, al parecer, ella ha llamado al maestro Randolph para informar de lo ocurrido.
Elliane torció el gesto y su compañera debió percatarse. Le había contado que Nestor Randolph era quien la había enviado allí, aunque ella no le importase lo más mínimo.
—Sé lo que estás pensando, Ellie —continuó—, pero creo que es algo bueno. Randolph vendrá mañana para evaluar en persona lo sucedido y esclarecer cómo un adepto ha muerto a manos de la compañera a la que pretendía violar. Puede que Richards se haya salido con la suya hasta ahora, pero me extrañaría que no terminase condenada por los Árbitros.
Junto con el Círculo Interno del Gran Maestro, la Camarilla de Arbitraje era el único órgano del Pacto de la Cacería al que no se accedía por rango. Estaba compuesta por maestros de diferentes lugares con formación en leyes; gente que, en la vida pública, se dedicaba a la abogacía; incluso algunos eran jueces. Salvo en casos contados, ellos eran los encargados de resolver las causas disciplinarias en la hermandad.
—Creeré eso cuando lo vea —concluyó Elliane, abriendo de nuevo los ojos pese al agotamiento—. Antes me condenarán a mí.
Dakota negó de nuevo con la cabeza sin perder la sonrisa.
—Estoy orgullosa de ti, Ellie —soltó de repente, apretándole otra vez en el brazo como muestra de apoyo.
—¿Por dejar que pase de nuevo? —preguntó Elliane, irónica.
—Por defenderte de una vez —aclaró Dakota—. Has tenido que llegar muy lejos para hacerlo, pero al fin has dejado claro que quien se atreva a jugar contigo tendrá su merecido.
Lo que Elliane experimentó en ese momento era algo que no sentía desde mucho antes de llegar a Estados Unidos: un atisbo de felicidad. Dakota tenía razón: después de aquella pesadilla interminable, había reaccionado. Aunque seguía convencida de que las consecuencias para ella serían nefastas, si los Árbitros la condenaban a muerte, el único lamento que tendría sería no haberse llevado a Gwen por delante también.
Un fuerte pinchazo en la cara hizo que se retorciera de dolor.
—¡Auuuu! —protestó, cubriéndose con la mano la zona dolorida.
Dakota se estiró hasta alcanzar la cómoda que separaba ambas camas, recogió una compresa y la colocó sobre el pómulo de Elliane.
—Sigue descansando, Ellie. Pronto verás las cosas con una nueva perspectiva. Te lo prometo.
Agradeciendo el húmedo tacto de la compresa sobre su piel, Elliane cerró los ojos y se entregó al agotamiento. No tenía nada mejor que hacer que dormir, por lo que se concentró en los sonidos de entrenamientos, que fueron reduciéndose hasta desaparecer.

***

El Campo 13 al completo formaba en el patio: cada uno de los cinco reemplazos activos se desplegaba en tres filas de siete adeptos cada una, todos ataviados con la túnica de gala y las capuchas subidas. Lo único que descuadraba en la formación era el grupo de Elliane, donde faltaban dos miembros.
Alineados frente a los reemplazos, los instructores y el personal del campo vestían el atuendo reglamentario para eventos del Pacto de la Cacería: trajes con camisa o blusa negra, a excepción del maestro Worton, cuya camisa era blanca.
«Tanto jaleo por un vejestorio».
Aunque habría preferido quedarse en la cama, Elliane había hecho un esfuerzo enorme por vestirse para estar presente. Su cuerpo aún era testigo del tormento sufrido tanto en el combate contra Gwen como en los sucesos en el pabellón masculino. Pero quería estar allí. Necesitaba estar allí. No podía mostrar debilidad ante Nestor Randolph.
El coche del magnate, negro y con ostentosos detalles metalizados, entró en el recinto escoltado por dos SUV del mismo color. Estaba claro que, pese al carácter secreto del Pacto de la Cacería, Randolph mantenía su seguridad en todo momento. Sus escoltas serían de la hermandad o mercenarios tan bien pagados que no revelarían los secretos de su jefe. Fuera lo que fuesen, no había duda de que su objetivo era imponer: tres tipos grandes como armarios bajaron de cada vehículo de escolta. Otro hombre bajó del asiento del copiloto del coche de Randolph para abrir la puerta trasera. Para sorpresa de Elliane, no se trataba de Marc.
Randolph salió del coche, bastón en mano, y miró a su alrededor con desaprobación. Luego avanzó en dirección a Worton.
—¿A qué viene todo esto, Lester? —preguntó a viva voz.
Worton estaba inquieto, movía los dedos a su espalda de forma frenética.
—Queremos mostrar el debido respeto a nuestro maestro nacional —miró de reojo a la formación—, ¿verdad, adeptos?
—¡Sí, maestro! —respondió el grupo casi al unísono.
«Maldito lameculos», pensó Elliane, frunciendo el ceño.
Randolph observó al dirigente del Campo 13 con cara de pocos amigos.
—¿Te parece que he venido a pasar revista? —inquirió, desafiante. Pasó por su lado y se dirigió a la formación—. ¿Pensáis que he venido a veros a vosotros?
Un silencio incómodo dominó la zona, interrumpido levemente por algún murmullo ininteligible.
—Ha sido una petición mía, maestro —se disculpó Worton—. Quizá me equivoqué…
Randolph le dirigió una mirada condescendiente.
—Y no es en lo único en que te has equivocado aquí, Lester.
—Se-será mejor que vayamos a mi despacho para… —comenzó a balbucear Worton, confirmando su estado de pánico.
—¿Para hablar de cómo en tu campo se fomenta el violar a futuros miembros del Pacto? —interrumpió Randolph, alzando la voz para que todos le oyeran—. De eso nada. Ya que te gustan tanto las demostraciones, hablaremos aquí, delante de todos —escudriñó a través de la formación—. ¿Dónde está la niña?
Elliane no salía de su asombro: estaba convencida de que su bienestar no le importaba lo más mínimo, como él le dejó intuir años atrás.
«No quiero saber nada de ti hasta que no seas una adepta de provecho».
Dakota, situada detrás de ella en la formación, le dio un ligero empujón.
—No le hagas esperar, Ellie —la apremió.
Desganada, Elliane avanzó desde la segunda fila de adeptos hasta quedar a la vista de Randolph.
—Acércate —ordenó el maestro, apoyándose en el bastón con ambas manos.
Cada paso que daba dolía como si mil agujas recorrieran el cuerpo de Elliane, pero se resignó a avanzar hasta quedar a un par de metros de Randolph.
—Quítate la capucha, niña —exigió él—. Quiero ver qué te han hecho.
Había estado todo el rato a salvo de miradas indiscretas gracias a la voluminosa túnica de adepta. No quería que todos vieran cómo la habían dejado.
Atenazada por la duda, Elliane notó cómo Randolph se impacientó y se encargó personalmente de apartar la capucha, descubriendo su rostro ante todos. Tenía el cabello dorado alborotado y sin rastro de su querida trenza, la cabeza gacha, mirando los caros zapatos del maestro.
—Mírame —ordenó Randolph.
Con el orgullo por los suelos, Elliane alzó lentamente la cabeza hasta que sus ojos se toparon con los de Randolph. El rostro serio del anciano no se alteró al observar cómo el lateral de la cara de la chica estaba totalmente amoratado. El puñetazo de Wade le había partido el labio inferior y el ojo izquierdo se llevó un golpe en su forcejeo con Gwen, quedando hinchado y casi cerrado.
Randolph palpó la cara de la joven, que no pudo evitar reaccionar ante un fuerte pinchazo en el pómulo.
—¡Ay!
El maestro apartó la mano y ella quiso bajar de nuevo la cabeza, pero él volvió a alzársela.
—Nunca te avergüences de las cicatrices que has conseguido para sobrevivir —le dijo en voz baja, dando un par de golpes con su bastón en el suelo—. Vuélvete y que todos te vean.
Con creciente angustia, Elliane se giró, exponiendo su semblante maltratado ante todo el Campo 13. Hubo algunas miradas de asombro por parte de quienes solo habían escuchado rumores, pero otros dirigieron la vista a otro lado por vergüenza… o quizá miedo.
—Esta es la adepta Briand —anunció Randolph—. Está aquí por orden mía porque no puede adiestrarse en su país —el anciano comenzó a caminar en paralelo frente a la formación—. ¿Sabéis por qué no puede instruirse allí?
Era una pregunta retórica, claro. Nadie allí tenía idea de quién era ella, salvo Dakota.
—Porque antes de que cualquiera de vosotros siquiera se plantease unirse al Pacto, ella ya había matado a un miembro de la Orden del Dragón —reveló Randolph. Algunas miradas cambiaron el asombro por incredulidad—. Ha logrado algo que muchos miembros no consiguen en toda su vida, y lo ha hecho sin siquiera estar entrenada —el martilleo del taco del bastón acompañaba el discurso de Randolph como un metrónomo—. La envié aquí convencido de que el Campo 13 estaría a la altura de su reputación: duro pero efectivo. ¿Y qué descubro? Que unos niñatos se han dedicado a violar y abusar de alguien que está muy por encima de ellos.
» Habéis dejado la reputación del Pacto a la altura del betún, seáis cómplices o por omisión. Somos una hermandad, no un atajo de salvajes que se atacan entre sí. Fomentamos la competencia entre adeptos, pero no para que os rebajéis incluso por debajo de los dragones a los que debemos erradicar —colocó la mano en el hombro de Elliane—. Ella sabe bien lo que es luchar por defenderse, igual que el Pacto lucha por defender la gran hegemonía de la humanidad.
Había muchas caras de circunstancias entre los presentes: Nicole, Melinda y Christine evitaban a toda costa mirar en su dirección. De haber podido, Worton habría enterrado la cabeza bajo tierra. La única que parecía inmutable era Foiles, clavando su mirada de desprecio en Elliane.
—¿Quién instruye a tu reemplazo, niña? —inquirió Randolph.
La pregunta hizo que Foiles cambiase rápidamente a una actitud más sumisa.
Elliane señaló a sus instructores y Randolph avanzó hacia ellos.
—Un paso al frente —ordenó el magnate—. Vuestros nombres.
—Eric Jenkins, maestro —respondió el hombre.
—Stella Foiles, maestro —lo imitó su compañera.
Randolph se detuvo frente a ellos.
—¿Cómo distribuís la gestión del reemplazo?
—Da-damos la instrucción de forma conjunta —explicó Jenkins—. La administración del tiempo de esparcimiento y la disciplina es lo único que hemos sesgado por género, señor.
—¿Que violen a una adepta en tu pabellón se considera tiempo de esparcimiento? —preguntó Randolph, desafiante.
Jenkins empequeñeció ante él.
—Yo no sabía nada de esto…
—¿Acaso crees que eso te exime de responsabilidad? —contraatacó el maestro—. Tan malo es ser culpable como incompetente —miró a Foiles—. ¿Y su excusa?
—Impuse un incentivo para que la adepta Briand mejorase en combate, maestro —informó ella—. Podían pedirle cualquier cosa durante una tarde, siempre que no le hicieran daño.
Randolph señaló el rostro amoratado de Elliane.
—¿A eso lo llama usted «no hacer daño»?
Foiles miró a la chica con lágrimas de cocodrilo.
—No sabía que le estaban haciendo esto…
Una furia inconmensurable invadió a Elliane, cuyo agotamiento extremo no fue capaz de impedir que interviniera con un grito desgarrador.
—¡Mentira!
Randolph la miró con una ceja enarcada.
—Gwen dijo que sabías lo que iba a hacer y que la alentaste a ello, connasse! —añadió Elliane a voces.
—Habla con respeto a tus superiores, adepta —masculló Foiles, incapaz de ocultar su rabia—. ¡Y no te inventes las cosas!
—No inventa nada. —La voz de Dakota hizo que muchos mirasen en su dirección, tras el espacio vacío dejado por Elliane en la formación.
—Al frente, adepta —ordenó Randolph—. ¿Quién eres?
La chica avanzó hasta colocarse junto a Elliane, momento que aprovechó para quitarse la capucha.
—Adepta Dakota Gracey, maestro. Soy la compañera de habitación de la adepta Briand.
—Explica tu acusación —indicó el maestro.
—La instructora Foiles tiene a Elliane atravesada desde que empezamos la formación. Ella es quien sufre los castigos más severos y crueles, los merezca o no —miró a su compañera—. Ellie… Elliane no es perfecta, pero ha sido la mejor en la instrucción teórica y ha mejorado muchísimo en combate. Gwen Richards lleva acosándola desde el primer día y, en lugar de intervenir, la instructora castigaba a Elliane, hasta que ella explotaba y se metía en un lío mayor por actuar imprudentemente. Como cuando...
—Estoy informado de lo de las hormigas, sí —interrumpió Randolph, agitando la mano para que se saltase esa parte.
Dakota asintió antes de continuar.
—La única que era castigada sirviendo a los demás si perdía era Elliane. Si los demás caían ante ella, su único premio era no ser usada.
—Solo ha ganado una vez —cortó Foiles.
—Porque con ella permites movimientos prohibidos —masculló Jenkins.
—No recuerdo haberles pedido que hablen —recriminó Randolph, fulminando a los instructores con la mirada—. Sigue, niña.
—El miércoles, los adeptos Falk y Burrows avisaron a la instructora de lo que estaba sucediendo, pero ella los despachó diciendo que estaban exagerando. Yo estaba cumpliendo castigo, lo vi todo y sabía que ya había pasado, así que intenté hacer presión para que interviniera, y solo conseguí que me ampliase el castigo otra semana con un «sigue así y terminarás igual que ella».
Worton ya no era la persona más nerviosa del lugar, Foiles le había tomado el relevo, como atestiguaba el sudor de su frente.
—Que vengan esos adeptos —ordenó Randolph, alzando la voz.
Gus y Sean salieron de entre la formación de adeptos y se colocaron ante el anciano.
—¿Es cierto lo que dice su compañera? —preguntó el maestro.
—Sí, señor —respondió Gus—. Sean y yo fuimos a informar después a la vicemaestra Clayton, que sí actuó. Aunque llegamos tarde…
Randolph asintió.
—Vuelvan a sus sitios —miró a Dakota—, todos.
Los adeptos volvieron a la formación. Elliane quiso ir tras ellos, pero Randolph la agarró del hombro y tiró de ella hacia Foiles. La instructora, visiblemente atribulada, mantenía la mirada del maestro a duras penas.
—Regrese a su sitio, Jenkins —ordenó Randolph.
El maestro forcejeó con la solapa de la chaqueta de Foiles hasta quitarle el alfiler que indicaba su rango: una cabeza de dragón atravesada por una espada con dos pequeñas esmeraldas en los ojos que indicaban su pertenencia a la Camarilla de Formación.
Randolph dio la espalda a Foiles y, tirando de nuevo de Elliane, avanzó hasta Worton, a quien hizo entrega del alfiler.
Elliane notó cómo el anciano la soltaba mientras alzaba la cabeza y soltaba un bufido al cielo matutino, como si liberase tensión.
—Un instructor ha de ser severo, no cruel —declaró Randolph con un tono solemne en su voz ronca—. Ha de saber cómo incentivar a cada adepto a su cargo para que se convierta en un miembro competente del Pacto, no humillarla como si se tratase de una prisionera de la Orden del Dragón. Como miembro del Círculo Interno, he recibido autorización del gran maestro Vahestus para impartir disciplina en este día y aliviar la carga a los Árbitros. Bastante tienen ya con la pérdida de los capítulos de Corea.
Randolph se volvió hacia Foiles.
—Su defensa ruin, falsa y desafiante no es digna de un miembro del Pacto de la Cacería, Foiles, y la considero un insulto personal contra mí, como máximo responsable del continente. Mi sentencia, en el día de hoy, es excomulgarla de la hermandad con efecto inmediato.
El pánico se apoderó del rostro de Foiles, que empezó a retroceder mientras intentaba articular palabras sin sentido.
—Pero nadie abandona el Pacto, como bien sabe —continuó Randolph, introduciendo la mano derecha bajo su chaqueta—. Lo que nos deja con el último tema a tratar.
La mujer echó a correr para escapar a su funesto destino. Nadie dejaba atrás el Pacto de la Cacería… con vida. Daba igual que fuese un aspirante o un maestro. Clayton lo dejó muy claro aquel primer día en la Iniciación.
Por un instante, Elliane temió que Foiles lograse escapar ante la pasividad de todo el mundo y la exasperante lentitud de Randolph, pero una figura oscura surgió de la formación y cargó contra la instructora dando un gran salto. Foiles cayó al suelo y trató de forcejear, pero su atacante la aprisionó por el cuello con las piernas. Serenna no tenía rival, y al parecer eso no se limitaba a los adeptos.
Toda la fachada de fanfarronería de Foiles se vino abajo cuando fue consciente de que no tenía escapatoria. Seguía intentando forcejear, más por instinto que por esperanza de zafarse, pero sus ojos reflejaban la certeza de saber que era el final.
Randolph avanzó hacia ellas, pistola en mano.
—Agradezco la oportuna intervención, señorita Stenspil —dijo. Acto seguido, descerrajó cuatro tiros contra el vientre de Foiles. Los disparos resonaron como truenos en la depresión donde se ubicaba el Campo 13.
La instructora convulsionó, con la vida escapándosele del cuerpo del mismo modo que la sangre le brotaba por la boca. Serenna la liberó y se apartó con un movimiento grácil. Randolph aprovechó para darle a Foiles el tiro de gracia, esta vez en la frente.
—Que la caza te sea favorable —recitó en voz baja.
Un sentimiento de extrema confusión envolvió el lugar. Elliane pensó que solo le pasaba a ella, pero viendo los rostros de los demás presentes, no estaba sola.
Randolph se situó frente a ella y la miró con superioridad.
—Vuelve a tu sitio, niña —ordenó—. Hablaremos pronto.
La chica se colocó la capucha y acató la orden mientras escuchaba a Randolph a sus espaldas.
—Bien, Lester —le decía al maestro Worton—, ahora sí que hablaremos en tu despacho sobre tu nuevo destino.

***

El patio volvía a estar en calma: no parecía que hubieran ejecutado a alguien pocas horas antes en ese mismo lugar. Ni siquiera había rastro de la sangre de Foiles en el pavimento. De hecho, el lugar estaba siendo utilizado por un grupo de adeptos para jugar al baloncesto. La justicia del Pacto se administraba velozmente, pero se olvidaba igual de rápido.
Elliane recorrió el patio hasta el edificio principal y subió a la segunda planta, donde estaba el despacho de Worton. Llamó a la puerta antes de abrir, pero dentro no encontró al director del Campo 13. En su lugar, Nestor Randolph ocupaba la poltrona de cuero; Clayton estaba de pie a su izquierda, mientras que el tipo que parecía sustituir a Marc lo flanqueaba por la derecha.
—Pasa, niña —ordenó Randolph, tendiendo la mano hacia una de las sillas que se enfrentaban al escritorio—. Siéntate.
Obediente, Elliane tomó asiento, la mirada gacha.
—¡Deja de mirar al suelo! —ordenó el maestro.
Ella acató sin rechistar y alzó los ojos hasta encontrarse con los del anciano, que la escrutaban sin desvelar intenciones.
—No volveremos a hablar de esto —advirtió Randolph, sin titubear.
Elliane no pudo, ni quiso, ocultar su desacuerdo.
—Ha pasado y no voy a fingir que no ha sido así.
—Lo sé, niña, pero de ti depende quedar anclada en esa habitación y en lo que en ella sucedió o usar todo eso como combustible para ser algo más.
¿Cómo iba a utilizar aquello? Cada vez que recordaba lo sucedido, se encogía.
—Eso es fácil de decir para usted, monsieur.
Randolph se recostó sobre el respaldo de la poltrona, visiblemente insatisfecho, quizá por escucharla hablar en francés.
—No eres la única mujer a la que le pasan estas cosas, ¿sabes? —replicó—. Es algo horrible que no le deseo ni a un dragiss, pero ha sucedido. Lo que sí tendrás a tu alcance son herramientas para canalizar toda la rabia que te pueda generar lo que te han hecho y dirigirla hacia los enemigos del Pacto. Solo tienes que mejorar tus dotes de combate —cogió una tableta y la agitó frente a ella—. He visto tus informes y prometes, niña: hasta tienes un tipo de sangre valioso que podría cambiar el futuro de la hermandad.
—Ya he sangrado por esta hermandad más que muchos —recriminó ella.
Una sonrisa perversa asomó en el rostro de Randolph.
—Esto es… distinto —reveló, mirando su reloj de pulsera y levantándose con prisa—. Pero trataremos sobre ello cuando completes tu formación, niña.
—¿Me ha hecho venir solo para decirme eso? —inquirió ella, levantándose cuando Randolph pasó por su lado, seguido por su ayudante.
—He eliminado, literalmente, uno de tus mayores problemas aquí —respondió él, dándose la vuelta—. Demuestra que no me he equivocado y completa tu entrenamiento. Le has hecho un favor a la hermandad, pero el peligro que afrontarás ahí afuera no es que unos niñatos te obliguen a abrirte de piernas.
Randolph no le dio ocasión a replicar: abrió la puerta y salió al pasillo sin detenerse, dejando a su ayudante la tarea de cerrar.
Elliane se quedó sin palabras. ¿Cómo que usar una violación como combustible? Lo único que quería era olvidarse de todo.
—No se equivoca —Clayton decidió romper su silencio.
Elliane la miró contrariada.
—¿En qué?
—En los peligros que hay allá afuera, Briand —respondió la vicemaestra—. Esto no tenía que haber sucedido, pero hay lugares que…
—¡A mis padres los mató un dragiss! —la interrumpió Elliane—. No hace falta que un viejo podrido de pasta me diga cómo es el mundo.
Clayton apartó la mirada, pero no dijo nada.
Elliane aprovechó para saciar el único atisbo de curiosidad que la retenía en el despacho.
—¿Y el maestro Worton?
La vicemaestra tomó asiento en la poltrona.
—Ha sido trasladado —informó—. Yo administraré el Campo 13 hasta que envíen a su relevo.
—No puedo decir que lo sienta —admitió la joven—: era un inepto.
El silencio volvió a ser la respuesta de Clayton.
—En fin —continuó Elliane—, yo me voy. Todavía me duele todo el cuerpo, y creo que parte de ello se lo tengo que agradecer a usted.
Clayton hizo una mueca.
—Era necesario, Briand: ibas a matarla.
Malhumorada, Elliane se dirigió hacia la puerta.
—Y ahora intentará matarme ella a mí… otra vez.
—Razón de más para que completes tu entrenamiento…
«Podría acostumbrarme a esto», pensó Elliane, redescubriendo una sensación casi olvidada: alegría. Sin Gwen, las simplonas de sus seguidoras no se atrevían a levantar un dedo contra ella; y que Foiles también hubiera quedado fuera de la ecuación también hacía todo más sencillo.
Habían sido unas semanas totalmente diferentes. Por primera vez, Elliane veía mejoras en su adiestramiento de combate: era más ágil, certera y resoluta. Aunque aún estaba lejos del nivel marcial de Serenna, que seguía tumbándola en segundos cada vez que se enfrentaban, había superado a casi todos los adeptos del reemplazo en sus respectivos duelos. Hasta había logrado que Sean se rindiera en una ocasión, estrangulándolo tras aferrarse a su cuello como un animal salvaje.
Sus compañeros la temían, algo que le preocupó al principio, pero había empezado a disfrutar al ver cómo creían que, si la contrariaban, terminarían convertidos en alfileteros como Wade Wyatt. Quizá no eran tan tontos.
Era el momento de devolver el arma del crimen. Los alfileres de pelo no solo la habían ayudado a mejorar en combate, le habían salvado la vida. Pero no eran suyos y, tras sopesarlo, decidió entregárselos a su legítima dueña. Estaba segura de que Dakota intentaría que se los quedara, pero Elliane sabía lo importante que es un legado familiar, incluso cuando se tiene guardado en una caja cogiendo polvo.
Para endulzar el último fin de semana del curso y celebrar que las cosas iban mejor, Elliane había encargado una tarta de tres chocolates en el obrador del pueblo para compartirla con Dakota. Ni se acercaba al nivel de calidad de los manjares de las patisseries francesas, pero no tenía más remedio que conformarse.
Cuando llegó a la habitaciónn no había nadie, tal y como esperaba. Dakota estaría todavía en el laboratorio, lo que le daba tiempo a preparar la sorpresa. Dejó la caja sobre su cama y la abrió, descubriendo la tarta. Colocó a un lado un cuchillo, dos tenedores y platos que había conseguido en el comedor.
El olor a chocolate comenzó a inundar la habitación. Elliane se quedó mirando la sencilla tarta; tenía claras las palabras que le habría gustado que llevase escritas encima, «Thank You!», pero le cobraban quince dólares más por esa nimiedad.
Era el mejor momento para devolver los alfileres. Como Dakota no estaba, no tendría que discutir con ella ni aguantar sus argumentos. Abrió el cajón de su lado de la cómoda que separaba ambas camas y sacó el cuidado estuche de madera. Había limpiado y sacado brillo a los alfileres y los dejó como nuevos. Nadie podría adivinar que alguien había sido asesinado con ellos.
Elliane tenía el escondite perfecto para que Dakota se llevase los alfileres sin darse cuenta. Tiró del voluminoso arcón que descansaba bajo la cama de su compañera y, con una horquilla, manipuló la cerradura hasta abrirlo.
«Gracias por las enseñanzas, tío», pensó, recordando las enseñanzas de Louis Briand en materias que no aprendería en el Pacto, como forzar cerraduras convencionales.
Aunque Dakota siempre le había parecido pulcra y ordenada, el interior de aquel arcón era un completo caos. Había ropa y objetos desperdigados por el interior sin ton ni son. Como no podía dejar el estuche a simple vista, apartó con cuidado algunas prendas y el «juguete» que su compañera usaba para desestresarse cuando ella no estaba presente.
«Anda que ya le vale…», pensó, usando una especie de pañuelo estampado para mover el falo azul sin tener que tocarlo directamente.
Despejó un hueco en el fondo del arcón e introdujo el estuche. Se disponía a taparlo con ropa cuando reparó en un compartimento oculto justo al lado del espacio que había despejado; no le habría llamado la atención si la pieza que hacía las veces de puerta no se hubiera deslizado, dejando a la vista parcialmente su contenido.
El corazón de Elliane dio un vuelco al examinar el arcón más de cerca: había un doble fondo y dentro encontró una pulsera blanca con el símbolo de un águila al ataque dentro de un hexágono grabado en su sección más ancha.
«Ce n'est pas possible !»
Elliane cayó al suelo con el trasero, aturdida. Era imposible conseguir un omni en los Estados Unidos, y en casi cualquier país del mundo. Solo los ciudadanos de Azumaz y los empleados de Reikorp llevaban esos dispositivos. Esos dispositivos eran un invento tan reciente que incluso gente que cumplía los requisitos aún esperaba a que llegase su turno para recibir el suyo.
Dakota llevaba dos años en el Campo 13 y solo se había ausentado durante las vacaciones del verano anterior.
«Tiene que haber una explicación».
Extrajo la pulsera y la examinó con detenimiento. A simple vista parecía un smartwatch de lo más sencillo, pero un vistazo más de cerca revelaba proyectores holográficos en su sección principal, y unos orificios que Elliane no supo identificar. Había leído muy poco sobre los omnis en internet, y además era una tecnología que estaba evolucionando muy rápidamente.
Pero lo que le preocupaba a ella no era el funcionamiento de aquel cacharro, sino que Reikorp y la Orden del Dragón eran organizaciones muy cercanas; eso era algo de sobra sabido por todos en el Pacto.
Mientras movía el dispositivo entre sus dedos, tocó algo que lo activó. Los proyectores formaron un cono de luz azulada que mostró un menú similar al de cualquier aplicación de mensajería. Elliane lo intentó, pero fue incapaz de reprimir las ganas de reproducir el último mensaje recibido que mostraba la imagen.
Temblorosa, acercó el dedo a la holoproyección y… nada, su índice atravesó la imagen que simulaba un botón de play.
Frustrada, recordó haber leído que los omnis solo reconocían a su portador. No estaba convencida, pero se colocó la pulsera en la muñeca izquierda y, sin que tuviera que hacer nada, la correa se ajustó hasta quedar perfectamente fijada.
Volvió a acercar el dedo para interactuar con el holograma y, esta vez sí, hubo respuesta.
—No es bueno que el Pacto sanee sus filas —dijo una voz de hombre en la grabación—, especialmente si se trataba de una instructora. Que alguien así ofreciera una formación irregular jugaba en nuestro favor. Puedo entender lo que dices, Dakota: que violasen a esa chica es estremecedor, pero no debes olvidarte de cuál es tu objetivo. Necesitamos esa lista de campos de formación. Desde la guerra, el Pacto se ha reforzado a un ritmo preocupante en los Estados Unidos. Céntrate en eso. No parece que a tu compañera se la pueda convencer para colaborar con la Orden y, tras lo ocurrido, me preocupa más tu seguridad. Ten cuidado.
El corazón de Elliane se encogió. No necesitaba ser una detective para entender lo que ocurría. La chica risueña que siempre la apoyaba, quien había sido su salvavidas en el momento más oscuro desde que llegó a Norteamérica…
«Es de la Orden del Dragón...»
No quería creerlo, no podía. Nadie tan joven pasaría dos años en aquel infierno sin dar un paso en falso. Dakota era peculiar, sí, pero no podía ser una traidora. Necesitaba saber más. Deslizó el dedo por la proyección, pasando por fechas que representaban mensajes de audio más antiguos, tanto enviados como recibidos. Se detuvo en una entrada que se remontaba casi un año atrás, hasta un día que recordaba bien, y activó la reproducción.
—Este sitio saca lo peor de la gente —era la voz de Dakota—. Elliane, mi compañera de cuarto, ha llenado de hormigas carnívoras el pabellón para vengarse de la chica que la está acosando, la que casi la mata con las pesas en el gimnasio. Creía que podría atraerla hacia nuestra causa y apartarla de estos salvajes. Es introvertida y finge que todo le da igual, pero estoy segura de que no es así. Pero después de esto… me ha demostrado que está igual de perturbada que todos estos malditos fanáticos.
»Luchamos contra siglos de adoctrinamiento y el Pacto se asegura de que nadie que se someta a la Iniciación pueda plantearse siquiera la idea de escapar. Incluso los adeptos de rango tan bajo están obsesionados con la gloria que obtendrían al cazar dragiss y dragones, aunque sea pisoteando a sus compañeros en el proceso. No me extraña que apenas consigamos información de los miembros más veteranos; cualquiera que sobreviva al grado de crueldad que se fomenta entre ellos debe tener un nivel abrumador de fanatismo por la causa. No sé si podré aguantar tantos años rodeada por gente tan despreciable, y menos durmiendo en la misma habitación que esa francesa…
Una solitaria lágrima recorrió la mejilla de Elliane hasta caer al vacío; las manos le temblaban y un nudo se le formó en la garganta, evidenciando la congoja, que superaba a la humillación generada por esa inesperada traición.
«La única amiga que he hecho ha sido una mentira…».

Una abultada bolsa fue lo primero que entró en la habitación cuando regresó Dakota. Estaba distraída, como de costumbre, y parecía fatigada. Aunque Elliane ahora dudaba de si eso no era también una pantomima.
—Hay más gente en la sala de lavadoras que en el comedor cuando cocina Clayton —resopló Dakota mientras dejaba la bolsa sobre su cama.
Sentada en su lado de la habitación, Elliane la observaba en completo silencio.
—Si no tuviera que volver a casa la semana que viene, habría esperado, pero seguro que estos días se pone peor —continuó Dakota, revolviendo entre el contenido de la bolsa.
Una vez más, Elliane ofreció la callada por respuesta.
Dakota se volvió hacia ella, pero pronto se distrajo.
—¡Hala! —exclamó—. ¿Y esta tarta? ¡Menuda pintaza!
La chica se acercó con curiosidad a examinar el pastel.
—¿Qué celebramos? —preguntó, mirando a Elliane de reojo—. ¿Y por qué tienes esa cara de seta, Ellie?
Elliane seguía impertérrita, rememorando cada mensaje que había escuchado durante la última hora. El omni seguía en su muñeca, apagado y tapado por la manga de la chaqueta del chándal. Había empujado de nuevo el arcón bajo la cama de Dakota y, al confirmar que regresaba desde la ventana, se había preparado para confrontarla. Pero a la hora de la verdad, no le salían las palabras.
Su compañera, no, la espía de la Orden del Dragón que fingía ser su amiga, se acercó con cuidado.
—Eh, ¿te encuentras bien? —preguntó, colocando la mano sobre su hombro.
Elliane se apartó, mirándola con una mezcla de confusión y rabia.
—Traidora… —susurró.
Dakota enarcó una ceja y adoptó una expresión divertida.
—Oye, que yo no hago el sorteo. No es mi culpa que te tocase a ti el combate final con Serenna…
—No… —musitó Elliane, remangándose y dejando el omni a la vista—. Tú…
Los ojos de Dakota se abrieron de par en par.
Elliane activó la proyección y reprodujo el mensaje que había dejado preparado.
—La situación con Elliane ha mejorado —era la voz grabada de Dakota—. Pensaba que se le iba a dar mejor lo de combatir, pero es un desastre: se bloquea y sus movimientos se vuelven torpes y predecibles. Lo malo es que Foiles se ceba con ella y los demás se están aprovechando. Hoy nos hemos enfrentado las dos y casi la lesiono, o algo peor. Menos mal que no acepté vincularme con lady Cyssillar; con la fuerza de un dragiss, la habría matado.
»Pero ahora la noto más comunicativa, como si se hubiera desprendido de esa coraza que llevaba siempre. Sigo sin fiarme del todo de ella; no deja de ser una adepta, pero creo que puedo retomar los intentos de reclutarla. Es arriesgado, porque alberga un gran odio hacia la Orden, pero en el Pacto la tratan como a una mierda y, por lo que me cuenta, tiene vínculos con ramas poderosas de la hermandad en Europa —la expresión de Dakota iba tornándose en preocupación mientras el mensaje continuaba—. ¡Pero lo mejor es que está aquí por orden de Nestor Randolph en persona! No parece que le tenga mucho aprecio, pero podría ayudarnos a eliminar a un peso pesado si sabemos jugar nuestras cartas…
Elliane interrumpió la reproducción y soltó un largo suspiro.
—Eso es lo que he sido para ti todo este tiempo —murmuró—, una carta que jugar cuando te viniera mejor.
Dakota dio un paso atrás, alzando las manos hacia delante.
—Ellie, las cosas no son tan simples —replicó.
—¡No me llames así, putain de salope ! —masculló Elliane, poniéndose en pie de un salto y avanzando hacia ella—. Has fingido que te importaba para sacarme información y acercarte al vejestorio.
Dakota negó con la cabeza mientras retrocedía.
—No fingía, Ellie, me importas de verdad —trató de defenderse—. Esta gente no te respeta… ¡Te odia! —otro paso atrás—. Yo puedo ayudarte a huir adonde el Pacto no te encontrará jamás. Puedes ser algo mejor que una vulgar matona en una guerra que ni siquiera entiende.
Ta gueule ! —gritó Elliane, cada vez más furiosa—. ¿Cómo te atreves a decir que no entiendo esta guerra?
—Solo conoces una versión…
—¿Y tú no? —replicó Elliane, avanzando—. ¿Acaso crees que por infiltrarte aquí ya sabes por qué juramos dar caza a tus amos?
—Ni siquiera intentáis comprender lo que son —dijo Dakota, buscando con la mirada una escapatoria.
Elliane se detuvo, apretando tanto los dientes que se hizo daño en la mandíbula.
—Son el pasado —masculló—, y tú también.
Aprovechando que la tenía arrinconada contra el armario, Elliane se lanzó a por el cuello de Dakota. Atenazó con ambas manos la garganta de la chica y apretó con intención de acabar rápido con ella y entregarla.
Aunque podía ser una traidora y una falsa, Dakota no era ninguna endeble. Asestó a Elliane duros golpes en el costado, pero resistió el castigo mientras contemplaba la desesperación en el rostro enrojecido de su compañera. No se percató del cambio de postura de Dakota, que pudo colar el puño por entre los brazos de la francesa y propinarle un fuerte derechazo directo a la barbilla.
Elliane soltó a Dakota y retrocedió tambaleándose varios pasos. El inconfundible sabor de la sangre apareció en su boca, pero no pudo localizar la herida con la lengua.
Entre tosidos mientras luchaba por respirar, Dakota se inclinó hacia delante para recuperarse.
—No quiero pelear contigo —logró decir, fatigada.
—Pues ríndete —replicó ella, acariciándose el dolorido mentón—. Ya que se te da tan bien cambiar de bando, traiciona a tus amos.
—Yo no tengo amos —afirmó Dakota, irguiéndose de nuevo.
—Entonces deja que te entregue y revela todo lo que sabes sobre ellos a la Camarilla de Exploración.
—No puedo, Ellie —suspiró Dakota—. No son mis amos, pero sí la última esperanza de este mundo. Necesito que lo entien…
Va te faire foutre ! —gritó Elliane, cargando contra la chica con una furia desmedida.
Pero esta vez no la pilló desprevenida.
Dakota se movió rápido para agarrar a Elliane por el brazo que adelantó para golpearla. Con una finta, mientras se ladeaba, alzó a la francesa y la pasó sobre su cuerpo. Elliane se estampó cabeza abajo contra la puerta del armario, que se hundió con un fuerte crujido hacia dentro.
Elliane pudo evitar daños mayores al llevarse la barbilla al pecho, pero su espalda no corrió tanta suerte. Además del doloroso golpe, se le habían clavado varias astillas. Había quedado colgada, con los pies atascados en el techo del armario tras romperse la puerta.
—No vas a ganar esto, Ellie —advirtió Dakota, agarrándole con fuerza la mano izquierda y arrebatándole el omni.
Elliane se retorció, clavándose más fragmentos de madera en las lumbares. Con otro crujido, la puerta terminó de vencerse hacia el interior y permitió que la joven se arrastrase hasta poder ponerse en pie.
El aturdimiento no debía impedirle detener a Dakota; esa traidora debía rendir cuentas. Los pinchazos en la espalda eran un incordio, pero tendría que esperar a resolver el nuevo problema que se le planteaba.
De pie frente a ella, con expresión lúgubre, Dakota la observaba en silencio. Se había puesto el omni en la muñeca izquierda, pero era su mano derecha la que preocupaba a Elliane, pues empuñaba el utensilio que había traído para cortar la tarta. Ahora no le parecía tan buena idea haber escogido un cuchillo de carne.
Lejos de amedrentarla, la amenaza encolerizó aún más a Elliane, que se interpuso entre Dakota y la puerta.
—Tú y yo no hemos acabado —sentenció, intentando ignorar los diversos focos de dolor que tenía.
—Esto terminó antes de empezar —objetó Dakota—. No eres rival para mí, Ellie, no me obligues a matarte.
—Eres como todos… me subestimas. Y ya sabes cómo han acabado los demás.
—No te subestimo, chica, llevo observándote dos años. Si no vas a dejar que te libre de ser una perra del Pacto, hazte a un lado y sigue con esa vida.
La imagen de Gwen arrastrándola como si fuese una mascota invadió sus recuerdos.
—¡No soy una perra! —gritó, lanzándose desbocada contra Dakota.
La sierva de los dragones alzó la guardia, con el cuchillo por delante. Elliane quiso agarrarla, pero se llevó un tajo en el antebrazo tras un certero movimiento de Dakota. Estaba tan confiada por tener el arma que había obviado que Elliane era diestra. Se lo recordó descargando las fuerzas que le quedaban en un derechazo directo al rostro.
Dakota se tambaleó hacia atrás, sin soltar el cuchillo. Con su defensa desbaratada, Elliane se lanzó de nuevo contra ella y logró empujarla contra la cómoda. El sólido mueble resistió el golpe de la espalda de Dakota mucho mejor que el armario.
El dolor invadió el magullado rostro de la chica, que se llevó la mano libre a las lumbares. Ahora estaban igualadas.
—¿Sigues pensando que no soy rival para ti? —preguntó Elliane, desafiante, sin bajar la guardia.
Dakota alzó el cuchillo por encima de su cabeza con ambas manos y se lanzó al ataque con un grito rabioso. El arma era la amenaza prioritaria. Elliane alzó los brazos formando una cruz para bloquear el ataque.
Un intenso dolor en la boca del estómago le hizo ver su error. Dakota no atacó por arriba, se movió ligeramente a su izquierda y le propinó un potente rodillazo en el abdomen que dejó a Elliane sin respiración.
Tras dar un paso atrás, la francesa cayó de rodillas, encogida y luchando por no bajar las manos, sin apartar la vista de su oponente.
Dakota pasó a su lado sin mediar palabra y enfiló la puerta.
—¡No! —gritó Elliane con la voz ahogada.
La francesa se lanzó a por las piernas de Dakota y las aferró entre los brazos. Tiró para desequilibrar a la chica hasta hacerla caer contra el dispensador de agua. El gran bidón de plástico de la parte superior se volcó sobre ellas, empapándolo todo.
Dakota logró ponerse boca arriba y golpeó con la rodilla en el rostro de Elliane. Ella se lo agradeció con un mordisco en la parte interior del muslo derecho. La dentellada empezó a sangrar profusamente, tiñendo de rojo el pantalón gris.
Aprovechando el alarido de dolor de Dakota, Elliane se arrastró para colocarse sobre ella. Logró zafarse de una cuchillada que le lanzó al cuello, pero aprovechó para agarrarle la muñeca izquierda e impedir que blandiese más el arma. Con la mano libre, aprisionó el agarre del cuchillo para que Dakota no pudiera soltarlo y empujó hacia abajo.
Dakota forcejeó con la mano izquierda, pero terminó cortándose con la hoja en su intento por coger el cuchillo. Desistió de conseguirlo y clavó las uñas en el antebrazo de Elliane. Cada vez estaba más desesperada.
Una lágrima de impotencia se derramó de los ojos de Dakota en el instante en que la punta del cuchillo penetró en su pecho. Las fuerzas la abandonaron y Elliane pudo hundir por completo la hoja.
Ya no pudo más. Elliane rompió a llorar desconsolada al ver cómo Dakota asumía que su vida tocaba a su fin. La desconcertaba comprobar que la chica que había fingido ser su amiga no la culpaba con la mirada, más bien la compadecía.
Elliane extrajo el cuchillo y apuntó al corazón de Dakota. Se agachó para acercar la cara a la de su enemiga declarada y, con un susurro compungido, se despidió:
—Maldita seas por darme esperanzas…
Bajó la mano y el cuchillo se clavó con extraña facilidad, segando la vida de Dakota Gracey.
Algo se rompió en Elliane para siempre. Cayó de costado entre llantos y se abrazó las piernas para hacerse un ovillo, ignorando el aporreo que llegaba desde la puerta.
«No puedes fiarte de nadie —se repetía—. Todos son malos y tú tienes que ser aún peor».
Otro autobús cargado de adeptos se marchaba; el sonido del motor se colaba por la ventana abierta de una habitación que volvía a ser toda para Elliane. Aunque hacía una semana que el Pacto había dejado el lugar como una patena, el olor a sangre aún visitaba a la joven, especialmente durante la noche. A pesar de tener más espacio, se sentía más recluida que nunca. Pero lo prefería así; cuanta menos gente se acercase a ella, menos ocasiones tendrían de hacerle daño.
Ahora que todos volverían a sus casas para pasar los meses más calurosos, el Campo 13 estaría a su entera disposición. Podría entrenar y poner a punto su cuerpo para que nadie se atreviera a desafiarla jamás. Aun así, las ganas que tenía de huir sin mirar atrás no se habían ido.
Se incorporó de la cama y vio el estuche con los alfileres de Dakota sobre la cómoda; lo había robado antes de que los limpiadores se llevasen todas las pertenencias de su compañera. Cada noche, los observaba un buen rato en silencio. No los conservaba como trofeo, sino para recordar que siempre estaría sola. Aunque no quería tenerlos a la vista en ese momento, por lo que abrió un cajón de la cómoda y arrastró sin cuidado la pequeña caja de madera, que cayó dentro con un golpe seco.
Alguien llamó a la puerta mientras cerraba el cajón.
Elliane dio un respingo y miró hacia la entrada, justo al lado del armario al que aún le faltaba una puerta. No le apetecía hablar con nadie, pero estaba convencida de que no pararían de insistir si no abría.
Se levantó y encaminó a la puerta con paso perezoso.
Al abrir, encontró a Serenna aguardando en el pasillo. Era la primera vez que la veía vestida con ropa normal, y su atractivo se intensificaba aún más que con el chándal hortera del Pacto.
—¿Qué quieres? —preguntó Elliane, con tono impertinente.
Ella la examinó con esos fríos ojos azules antes de contestar:
—Vengo a hablar de tu futuro.
—Mi futuro consiste en esperar a que os vayáis todos para hacer lo que me dé la gana —replicó Elliane.
Una sonrisa condescendiente se dibujó en el rostro de Serenna.
—Quizá eso cambie cuando escuches lo que vengo a decirte. Tu futuro en el Pacto depende de lo que decidas en los próximos minutos.
Si Serenna era una traidora que intentaba reclutarla, las opciones estaban en contra de Elliane; no tendría ninguna oportunidad frente a ella. Aunque otro miembro de la Orden en el mismo reemplazo… No, eso no tenía sentido. Además, la tranquilidad que mostraba le hacía sentir curiosidad.
—¿Qué me estás vendiendo? —preguntó finalmente.
—Mejor hablamos dentro —dijo ella, apartando a Elliane con un ligero empujón, que le dejó un pequeño arañazo en el brazo, y entrando sin pedir permiso.
—Claro, tú como en tu casa —murmuró la francesa, acariciándose el codo.
Serenna la ignoró y se sentó en el colchón desnudo de la que había sido la cama de Dakota.
Elliane la imitó y se sentó frente a ella, en su cama, observándola con expectación.
—Debería empezar disculpándome —dijo Serenna—. Te he mentido.
—¿No vamos a hablar sobre mi futuro?
—Eso sí es cierto —aclaró ella—. En lo que no he sido sincera es en lo de ser una adepta…
La tensión se apoderó de los músculos de Elliane, que abrió los ojos de par en par.
—Pues estos dos últimos años dicen otra cosa…
—Solo he cumplido mi papel —suspiró Serenna. Elliane volvía a temer que fuese compañera de Dakota, o algo peor—. Ni siquiera entiendo cómo os creéis que tenga quince años…
—Eso explicaría muchas cosas —admitió Elliane, examinándola una vez más de arriba abajo—. ¿Y tienes…?
—Veintidós —reveló Serenna—. Pero eso no es lo importante. Solo quería aclararlo para empezar la conversación con todas las cartas sobre la mesa.
—Si te hace sentir mejor… —resopló Elliane—. ¿Vamos entonces con lo que me puede importar algo?
Serenna asintió, cruzando las piernas e inclinándose hacia atrás, haciendo que la camiseta de tirantes realzase su busto.
—¿Sigues queriendo ser cazadora? —preguntó.
«Luchando eres la leche, pero lo de conversar se te da de pena».
—No. He pasado dos años dejando que me pisoteasen porque me gusta el chándal —respondió.
—A nadie le gusta esa cosa —suspiró Serenna, poniendo los ojos en blanco—. Será mejor que te tomes esta charla en serio, chica. No va a haber una segunda oportunidad.
Elliane receló al no entender si era una amenaza o un aviso amistoso.
—Sí, quiero ser cazadora.
Serenna se incorporó para mirarla a los ojos.
—¿Y eso es todo a lo que aspiras? —preguntó—. ¿Quieres ser como todos los que se instruyen aquí?
—Con el tiempo querré ascender, pero…
La visita no dejó que Elliane terminase; alzó la mano con un gesto para que se callara.
—Yo no estoy hablando de rangos —aclaró Serenna mientras se ponía en pie. Después se acercó a la ventana, dando la espalda a Elliane—. Verás… pertenezco a un grupo especial dentro del Pacto. Solo llevamos unos años, pero nos hemos convertido en un activo muy valioso para quienes saben darnos uso. Nuestra existencia solo la conocen los más cercanos al gran maestro Vahestus y un puñado de nombres fuera de su Círculo Interno.
«O sea, que sí quiere reclutarme», dedujo Elliane.
—He visto algo en ti, Briand —continuó Serenna, dándose la vuelta para mirarla de nuevo—: llevo observándote estos dos años y no me has decepcionado. Conocía tu situación anterior, pero has superado mis expectativas.
—¿Te has pasado aquí dos años solo para ver mi formación? —preguntó Elliane, enarcando una ceja.
Serenna sonrió con insolencia:
—No te des tanta importancia. Hemos coincidido aquí por casualidad. El maestro Randolph en persona me asigno la misión de investigar algunas irregularidades que afectaban al Campo 13, y tú te has convertido en la herramienta para sacarlas a la luz.
Quoi? —. Elliane encajó una de las piezas que no conseguía ubicar. Randolph agradeció a Serenna su intervención contra Foiles, pero no debería haber conocido a una adepta como ella, y menos por su apellido.
—El maestro aprovechó tu llegada para agitar el avispero. Es consciente de que los extranjeros no son bienvenidos en este país, incluso dentro del Pacto. Al principio, yo iba a ser la adepta extranjera, pero cuando apareciste, Randolph me encargó documentar todo lo que pasase.
—Me habéis usado de cebo… —musitó Elliane, agachando la cabeza.
—Sí —admitió Serenna—, pero también me pidió que vigilase para que no te pasase nada malo.
Elliane apretó los puños para contener la ola de furia que se apoderó de ella.
—¿Y dónde estabas cuando esa zorra de Richards casi me mata con la barra de las pesas? —preguntó, alzando gradualmente el tono— Y cuando su novio me violó… ¿¡Dónde estabas!?
Serenna volvió a sentarse e intentó sujetar las manos de Elliane, pero ella las apartó con desprecio.
—No sabía que iban a llegar tan lejos —Serenna dejó a un lado la indiferencia y sus ojos delataron arrepentimiento—. Te lo juro. Entiende que yo no puedo revelar mi tapadera así como así…
—Dos veces —masculló Elliane, aguantándole la mirada mientras luchaba por no revivir en su mente todo el tormento de nuevo—. Dos veces.
—Y lo del gimnasio fue algo fortuito —explicó ella, ignorando la frustración de la francesa y recuperando la compostura—. No podía estar todo el día observándote, eso sería raro.
Estaba claro que a Serenna no le interesaban las penurias de Elliane, y seguramente a Randolph tampoco. A pesar de todo, aún quería saber por qué le estaba contando todo esto.
—Has dicho que venías a hablar de mi futuro. Además de hacerme sentir como una mierda de usar y tirar, ¿tienes algo más que decirme? —inquirió Elliane, notando cómo su paciencia se agotaba.
Serenna se acomodó de nuevo.
—Quiero que te unas a la Baraja, nuestro grupo —dijo sin rodeos—. Gracias a ti, hemos quitado de en medio a un maestro que anteponía sus intereses personales a los del Pacto y a una instructora que no ha cumplido con su compromiso de formar, dejándose llevar por su animadversión hacia ti, y antes hacia otros. Por no hablar de las tres manzanas podridas del reemplazo: la parejita y la infiltrada de los dragones, que ni yo me la esperaba. Has hecho mi trabajo y, viendo tu resolución, creo que serías una incorporación excepcional... con la debida formación.
—¿Más formación? —preguntó Elliane, escéptica.
—Nada que ver con lo que haces aquí —explicó Serenna—. Aprenderás a usar tu cuerpo, tu intelecto, tu carisma… Descubrirás aptitudes que ni tú misma sabes que tienes. En la Baraja no solo somos cazadores, también purgamos el Pacto cuando es necesario, o nos infiltramos entre el enemigo como agentes durmientes hasta el momento de actuar. Algunos operan desde equipos de cazadores, otros son lobos solitarios. No estamos tan limitados como las camarillas y tenemos todas sus ventajas. Por no hablar del favor del Gran Maestro y su Círculo Interno.
Si algo había aprendido Elliane era que, cuando una oferta era demasiado buena para ser verdad, era porque había gato encerrado.
—¿Pretendes que me fíe de ti después de usarme como cebo? —preguntó.
—Claro que no —respondió Serenna con tranquilidad—. No debes confiar en mí ni en nadie. El objetivo de la Baraja es que puedas valerte por ti misma en cualquier situación, sin depender de ayuda.
—Pero todo lo que haga será desde las sombras... —observó Elliane, que siempre soñó con envolverse de gloria en la hermandad.
—¿He dicho yo eso? —preguntó Serenna—. Tus logros contra los dragones como cazadora serán registrados como los de cualquier otro. Lo único que permanecerá en secreto son tu pertenencia a la Baraja y los encargos de, por así decirlo, naturaleza interna.
Era tentador, y además le permitiría salir del Campo 13 sin tener que vigilar sus espaldas durante el resto de su vida. Pero ya se había lanzado a ciegas cuando aceptó a regañadientes ser trasladada a Estados Unidos, y no quería ir a peor.
—Necesito pensármelo —dijo al fin.
Serenna se encogió de hombros.
—Pues espero que no necesites mucho tiempo… —suspiró—. El arañazo de tu brazo se está poniendo cada vez más rojo y, cuando empiece a oscurecerse, ya no funcionará el antídoto…
Confusa y alterada, Elliane comprobó su antebrazo; el arañazo que le hizo Serenna al entrar estaba muy rojo, demasiado, aunque ya no sentía dolor.
—Es una toxina de efecto retardado —explicó la chica—. Si no aceptas, tu cuerpo se irá deteniendo poco a poco hasta morir. Por infección cutánea, suele tardar en torno a una hora en empezar a hacer efecto, pero creo que he puesto demasiado en mis uñas postizas.
—¿Por qué? —preguntó Elliane con un angustiado hilo de voz.
—Ya te lo he dicho, Briand: nadie conoce la existencia de la Baraja si no es necesario. Puedes unirte a nosotros o recostarte en la cama y decir adiós. No hay tercera opción.
Podía aprovechar la confianza de Serenna para abalanzarse sobre ella y arrebatarle el antídoto. Tan solo necesitaba…
—Antes de que te lo sigas planteando… —Serenna interrumpió sus pensamientos—. Déjame advertirte de que no me he empleado a fondo en los combates contra nadie de aquí, pero puedo partirte el cuello antes de que llegues a acercarte.
Elliane dudó. El arañazo seguía sin doler, pero sí empezaba a picarle, o quizá todo estuviese en su cabeza.
—¿Dónde tendría que ir a formarme? —preguntó, tendiendo la mano para que le diera el antídoto.
Serenna mostró una amplia sonrisa y sacó un vial del bolsillo para mecheros del pantalón.
—Adonde yo te diga que vayas —dijo—. Estarás bajo mi cargo. Hazme caso y te convertiré en una leyenda dentro del Pacto. Intenta huir y desearás que la toxina hubiera hecho el trabajo por mí.
Elliane apuró a toda prisa el frasco; el contenido sabía ácido.
—Haces muchas promesas, pero lo único que has hecho hasta ahora es dejar que me violen y envenenarme —dijo después de tragar.
Serenna se levantó de la cama y enfiló la salida.
—Mi trabajo es que no tengas que saber cuánto he hecho por ti —sentenció—, ni cuánto más haré en el futuro.
Incroyable… —susurró Elliane.
—¡Ah! —Serenna se dio la vuelta con expresión de júbilo—. Tendrás que escoger un nombre en clave. Yo no me llamo Serenna, por si no lo habías deducido ya, pero puedes llamarme Espina, o Siete de Picas.
La chica señaló el arañazo en el brazo de Elliane.
—Qué original… —murmuró la francesa—. ¿Y yo qué voy a ser?
—He observado que te gusta susurrar cuando consigues algo o estás de buen humor —comentó Espina—: te iría bien llamarte Susurro o algo así. Piénsalo. En cuanto a tu lugar en la Baraja… ya habrá tiempo de tratar ese asunto.
La chica abrió la puerta y salió al pasillo sin despedirse.
¿Era esa una victoria? Elliane no estaba convencida, pero el corazón aún le sacudía el pecho por el temor a morir envenenada y no podía pensar con claridad.
Escuchó algo de barullo en el pasillo. Espina había dejado la puerta abierta y Gus asomó por ella a los pocos segundos.
—¿Se puede? —preguntó, golpeando en el marco.
—¿Alguien ha repartido invitaciones a mi habitación y no me ha dicho nada? —inquirió Elliane.
—Perdón —contestó el chico—. Ya me voy…
—No —replicó ella—. Pasa y cierra. ¿Qué quieres?
Gus entró y pulsó el cierre de la puerta, que se deslizó hasta darles privacidad. Luego se acercó hasta Elliane con un libro en la mano.
—Quería darte esto antes de irme.
Era un ejemplar de Corazones rotos, una novela dramática sobre la guerra civil en Estados Unidos.
—Como nos tienes tanta tirria a los americanos, he pensado que te gustaría leer algo sobre nosotros escrito por una compatriota tuya.
—Yo soy francesa, Falk, Geneviève Beaumont, la autora, es canadiense. Y… —se detuvo antes de revelar que ya había leído el libro—. Muchas gracias.
Gus mostró su alegría con una sonrisa.
—¡De nada! —empezó a retroceder hacia la puerta—. Nos vemos en un par de meses, ¿no?
Elliane se puso en pie y se acercó a él.
—No quiero que te vayas aún…
Gus la miró confuso.
—Pero el autobús sale en unos minutos, mis cosas ya están dentro y…
Ella no le dejó continuar, rodeó su cuello con los brazos, y lo besó apasionadamente. Gus no la detuvo, pero estaba claro que no se lo esperaba.
—Quiero que te quedes —insistió Elliane, agarrando la cintura del pantalón del chico y tirando hacia la cama.
—O-oye… —balbuceó él—. No creo que esto esté bien. Has pasado por…
Elliane volvió a besarlo, esta vez con más ímpetu. Sus lenguas se entrelazaron durante varios segundos antes de que lo liberase.
—El único que ha estado dentro de mí ha sido ese infraser —dijo—. No quiero pasar el verano con esa imagen acechándome a diario. Tú eres decente, Falk, más de lo que había imaginado que pudiera ser alguien en este vertedero. Puedo liberarme de esta carga contigo o follarme a algún palurdo del pueblo.
Elliane se recostó en la cama, adoptando una postura sugerente que Gus, pese a su reticencia, no pudo rechazar. El chico se desvistió torpemente antes de unirse a ella. Sus cuerpos se fundieron en el frenesí del sexo, una experiencia que la francesa no había tenido realmente. Lo disfrutaba, era esa ínfima parte que había sentido semanas atrás, pero las condiciones eran muy diferentes; ella tenía el control. Los besos se intercalaban con jadeos cada vez más intensos. Algún gemido ocasional que Elliane trataba de mantener al mínimo.
Gus Falk era una rareza en el Pacto, demasiado noble para sobrevivir por mucho tiempo en aquella jauría. Aunque Elliane deseaba estar equivocada.
—Esto va a ser muy extraño el año que viene —comentó Gus entre besos mientras se esforzaba por mantener el ritmo.
Elliane lo abrazó, colocando la cabeza del chico junto a la suya, con la oreja al lado de su boca.
—No te preocupes ahora por eso, chéri. Disfruta del presente —le susurró al oído, consciente de que quizá no volvería a verlo nunca.


FIN