Primer susurro
Índice
- Capítulo1 – Decisión impulsiva
- Capítulo 2 – El peor lugar de la Tierra
- Capítulo 3 – Aceptación
- Capítulo 4 – Rivalidad excesiva
- Capítulo 5 – Vendetta voraz
- Capítulo 6 – La letra con sangre entra
- Capítulo 7 – Vuelta a la rutina
- Capítulo 8 – Tocando fondo
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
1. decisión impulsiva
Un insoportable pitido atormentaba a Elliane, taladrándole los tímpanos y haciendo aumentar poco a poco un molesto dolor de cabeza. Pese a todo, era incapaz de apartar la mirada del cuerpo sin vida tendido ante ella. De la cabeza con bucles cobrizos de su visitante solo quedaba una masa informe y ensangrentada que había teñido de sangre escarlata el techo y las paredes del vestíbulo.
A la jaqueca se sumaba un fuerte dolor en el pecho; su corazón se sacudía violentamente, haciendo que cada palpitación retumbase como si su cuerpo fuese un diapasón. También le dolían las posaderas y las lumbares por la caída que le provocó el retroceso del disparo, pero había valido la pena.
A su lado, en el suelo, descansaba el arma del crimen, la escopeta que decoraba el mueble del salón de su tío, la que siempre le había dicho que no era un juguete.
—¡¿Q-qué has hecho?! —la voz de su tío, Louis Briand, logró atravesar el zumbido constante. Estaba de pie junto al cadáver, con el rostro salpicado de sangre. Dedicaba a su sobrina una mirada acusadora, pero el frenético temblor de su labio inferior delataba un pánico que ella nunca había visto en su rostro.
Aunque seguía aturdida por el disparo y el golpe, Elliane logró ponerse de rodillas con intención de levantarse.
Louis la cogió por ambos brazos y la alzó con facilidad, luego comenzó a zarandearla.
—¡¿Sabes lo que has hecho?!
Elliane miró a su tío, confusa por aquella reacción.
—Ha dicho que era de la Orden… — consiguió musitar.
Su tío la dejó en el suelo y se llevó las manos a la cara, arrastrándose las gotas carmesíes por la piel y dejando restos en su descuidada barba invadida por las canas. Estaba desesperado. Elliane no entendía por qué se ponía así por librarse de uno de sus enemigos declarados.
—Sí, era de la Orden… —Louis hizo una pausa mientras contemplaba de nuevo el cadáver. Acto seguido, se dio un tortazo y puso rumbo a la cocina.
Aunque seguía entumecida, Elliane avanzó a trompicones para seguir a Louis. Sorteó el cuerpo sin testa para cruzar el pasillo y llegar a la cocina.
Su tío había abierto la despensa y sostenía contra el hombro el auricular del arcaico teléfono fijo que había dentro, mientras comprobaba con seriedad un pedazo de papel que sostenía entre las manos.
—¿Qué haces? —preguntó Elliane, preocupada.
Louis la miró un instante y le dio la espalda en cuanto alguien contestó al otro lado de la línea.
—Soy Briand, necesito al extractor en mi casa. Es muy urgente.
Golpeó furioso la puerta de la despensa tras escuchar la respuesta.
—¡No, no puedo esperar! —bramó—. Hay que hacerlo ahora mismo. Ha habido una complicación de clase D.
El rostro se le fue poniendo rojo mientras escuchaba a su interlocutor.
—¡He dicho que tiene que ser ahora! Si tengo que despertar a Chartier porque el vigía nocturno no quiere hacer su trabajo, habrá consecuencias. ¿Está claro?
La amenaza debió surtir efecto. Louis asintió varias veces, emitiendo gruñidos de afirmación.
—Que se dé prisa. No sé de cuánto tiempo disponemos. Adiós.
Aunque parecía más calmado, Louis colgó bruscamente el auricular y se golpeó en la frente con el marco de la puerta, luchando por contener el llanto.
—Dios mío… esto no puede estar pasando…
—¿A quién has llamado? —inquirió Elliane, acercándose lentamente.
Él la miró con ojos vidriosos.
—Te vas de aquí... esta noche.
El corazón de la niña dio un vuelco.
—¡¿Qué?!
Louis señaló hacia el pasillo.
—Era de la Orden, sí. ¡Y también era capitán de la Gendarmería! —se llevó ambas manos a la cabeza—. ¿Qué crees que va a pasar cuando no lo localicen? Eso si no están viniendo tras el disparo. Seguro que algún vecino ha llamado a la policía.
Elliane retrocedió un par de pasos, atribulada.
—Pero estaba amenazando con entregarte…
Su tío se acercó y colocó sus ásperas manos sobre los hombros de la niña y la miró con pesar.
—Somos espías, cielo. Le pasaba información de bajo nivel para distraer a la Orden de asuntos más importantes, y él intentaba hacernos lo mismo. Esas amenazas son parte del tira y afloja que tenemos —miró de nuevo al pasillo—. Teníamos…
—Quería protegerte… —sollozó Elliane, agachando la cabeza—. Y mi Aceptación…
—La harás en otro lugar, querida —la interrumpió su tío. Recurriré a mis contactos para que alguien con buena posición en el Pacto te acoja. Podrás convertirte en cazadora y hacer que tus padres estén orgullosos desde el más allá.
—No me quiero ir…
Louis la aferró entre sus brazos.
—Esa decisión ya no te pertenece —suspiró, compungido. Sostuvo la cabeza de Elliane entre las manos y la miró fijamente—. Sube y coge el kit de huida y las cosas indispensables que te dé tiempo.
Sin darle opción de responder, Louis empujó a su sobrina y la encaminó hacia las escaleras. Elliane subió a toda prisa, con lágrimas escapándose de sus ojos azules. Entró en su habitación y sacó la mochila que tenía preparada con enseres de supervivencia. Apretujó tantas mudas de ropa como pudo. Aún no lograba entender cómo una apacible noche de quiche y libro se había tornado en aquella pesadilla.
El aullido de una sirena resonó en la distancia a través de la ventana entreabierta. Ni siquiera el sonido de la lluvia lo ocultaba. Luego fueron dos y, en pocos segundos, era imposible determinar cuántos vehículos se acercaban.
Porque estaba claro adónde se dirigían.
Louis entró en la habitación con el rostro desencajado.
—¡Ya vienen! —advirtió, tendiéndole un pequeño dispositivo electrónico, parecido a un mando—. Toma este rastreador. Recoge todo lo que tengas ya y sal por la ventana hasta el jardín. Escóndete hasta que vengan a buscarte y no te acerques a los policías. El extractor irá hasta ti.
—¿Qué vas a hacer tú? —preguntó Elliane, consternada.
Él la miró con una mezcla de tristeza y ternura.
—Pagar por mis pecados.
Aunque solo tenía once años, Elliane sabía que no estaba bien que su tío cargase con un crimen que había cometido ella.
—Pero he sido yo...
Louis la abrazó una vez más. El rítmico sonido de las sirenas estaba cada vez más cerca.
—Para ellos siempre habré sido yo —sentenció—. Así debe ser.
—¡No es justo! —masculló ella contra el hombro de su tío.
El hombre que había sido como un padre para ella durante seis años la separó ligeramente para mirarla a los ojos, con una sonrisa colmada de tristeza.
—Te pareces tanto a tu madre… —suspiró—. En nuestro mundo no hay cabida para la justicia, Elliane. Mientras nuestros enemigos sigan acechando, tendremos que equilibrar su poder desde las sombras.
La niña alzó ligeramente la cabeza hasta alcanzar el oído de su tío.
—Yo cambiaré eso —susurró—. Lo cambiaré todo.
La policía ya había llegado: los vehículos derrapaban sobre el firme mojado de la parte delantera de la casa.
Louis empujó de nuevo a su sobrina, apremiándola a salir por la ventana.
Elliane sintió frío en cuanto se encaramó al alféizar. Miró por última vez a su tío, que asintió sin perder la taciturna sonrisa. Después salió de la habitación, rumbo a un destino que no merecía.
La joven quería contravenir las órdenes de Louis, pero traicionaría su confianza. Resignada, saltó al jardín; resbaló al aterrizar y cayó de bruces contra el césped.
—¡Equipo dos, cubrid la parte trasera! —ordenó una voz en la distancia.
Elliane se incorporó y alcanzó a trompicones los arbustos que delimitaban el jardín. Se ocultó justo a tiempo de ver cómo una unidad táctica, armada hasta los dientes, rodeaba el que había sido su hogar.
En el interior sonaron gritos furiosos. Temió por la vida de su tío, pero no se produjeron disparos. Pasó varios minutos contemplando las espaldas de los siete hombres y mujeres que vigilaban que nadie saliese de la casa, ajenos a que ella, la verdadera asesina, ya estaba fuera.
Se había concentrado tanto en ellos que olvidó comprobar su propio entorno.
Una mano cubrió la boca de Elliane. Fue incapaz de resistirse cuando tiraron de ella desde atrás. Parecía un hombre robusto que resistía sin quejarse las patadas que le propinó. No podía verlo, pero escuchó cómo chistaba mientras avanzaba con ella en brazos.
Poco después la soltó, dejándola caer al suelo. Elliane soltó la mochila y se incorporó, poniéndose en guardia. Ante ella solo encontró un rostro negro que indicaba con el índice que no hiciera ruido.
—Hoy la caza no es favorable para ti, niña —dijo el hombre en voz baja y ronca—, pero tu tío quiere que el día de mañana sí lo sea.
—¿Eres del Pacto? —preguntó, aún alterada.
—Nunca más preguntes eso a nadie, aspirante —advirtió él—. O tu tiempo en la hermandad será breve —recogió su mochila—. Ven conmigo. Te espera un largo viaje.
Elliane aún tenía dudas, pero siguió al extraño a través de la maleza, alejándose de la única familia que le quedaba. No sabía cuánto tardaría en hacerse con el poder necesario para cambiar las cosas, pero se aseguraría de dejar una huella imborrable a su paso.
—Os acordaréis de mí —susurró, tan levemente que su rescatador no fue capaz de escucharla.
2. EL PEOR LUGAR DE LA TIERRA
El maestro Chartier apenas conocía a Elliane, pero sus órdenes parecían una broma de mal gusto. Mientras su tío afrontaba graves cargos en Francia, a ella la enviaban a formarse en el mayor estercolero del mundo: Estados Unidos.
Hacía casi una década del final de la guerra civil, pero Elliane solo necesitaba mirar por la ventanilla para confirmar que la nación seguía siendo un desastre. El paisaje de zonas desatendidas y empobrecidas estaba plagado de huellas de combates que no habían logrado cambiar nada. De vez en cuando, aparecía alguna edificación restaurada o de nueva construcción. No parecía que estuviese en la capital del que aún se consideraba el país más poderoso del mundo.
Su tío había encontrado tiempo para mover hilos a través de Chartier y llevarla al capítulo de Washington, donde iba a aprender a ser una cazadora letal. Ya contaba con una buena base de teoría, más que la mayoría de los aspirantes del Pacto de la Cacería a su edad; su tío le había inculcado gusto por el estudio desde que se hizo cargo de ella.
Pero tendría que estudiar más, aunque quizá podría demostrar que estaba mucho más avanzada que los demás y empezar antes la instrucción de combate, infiltración y todas aquellas materias que realmente le interesaban. Si había algo bueno en que hubiese terminado en ese manicomio, era que, para bien y para mal, los estadounidenses tenían una absurda afinidad por la guerra.
Las vistas cambiaron de repente, sacándola de sus pensamientos. La decrepitud había dado paso a la pompa de una zona donde estaba claro que el dinero no era un problema. Se habían adentrado en un barrio pijo y, desde las calles hasta los muros que delimitaban las mansiones señoriales rezumaban opulencia. Cada propiedad era de un estilo arquitectónico diferente. Nada tenía que ver con los agonizantes suburbios de los alrededores.
«¿Dónde narices me has mandado, tío?»
Escasos minutos después, llegaron al exterior de una de las mansiones más imponentes: paredes de ladrillo visto, enormes ventanales blancos y tejado oscuro. El dueño de aquel casoplón debía contar con un equipo de jardineros para encargarse de la abundante y cuidada vegetación que rodeaba el edificio. Había que admitir que era un sitio precioso.
El coche se detuvo frente a la entrada, donde aguardaba un joven con buena presencia. Había varios hombres armados que patrullaban el jardín; a juzgar por el calibre de los fusiles que portaban, allí debía de vivir alguien importante.
La puerta del vehículo se abrió y el hombre tendió la mano a Elliane para ayudarla a salir.
—¡Bienvenida a Washington! —saludó, sonriente.
—Merci —respondió instintivamente en francés antes de autocorregirse—. Gracias.
—Te he entendido —aclaró él—, pero te recomiendo que aquí hables en inglés. En América nos gusta usar nuestro idioma.
—En América hay más países aparte de Estados Unidos, y se hablan otros idiomas... —replicó ella, impertinente.
—Por ahora… —murmuró él, antes de cambiar radicalmente de tema—. Soy Marc, por cierto, Marc Bailey.
—Yo Elliane Briand —respondió ella, estrechándole la mano con desgana—. ¿Estoy a su cargo?
Marc soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—No. Yo solo soy un mandado. Te llevaré con el jefe.
Recorrieron una sucesión de suntuosos corredores hasta que llegaron a un amplio salón. Un hombre entrado en años leía algo en una tableta mientras descansaba plácidamente en un mullido sillón de piel.
—Señor Randolph, ya está aquí —anunció Marc.
El hombre alzó la mirada y la clavó en Elliane; sus ojos estaban tan cargados de desdén que provocaron una punzada de miedo en la niña. Dejó la tableta sobre una robusta mesa de madera y se incorporó para acercarse a los recién llegados.
—Hum… esperaba algo más —musitó sin ceremonias.
—¿Es usted quien está a mi cargo? —inquirió ella.
Randolph la examinó de arriba abajo.
—Algo así… sí.
—Soy Elliane Briand —se presentó formalmente, alzando la mano izquierda—. Es un placer.
—Por supuesto que lo es —replicó él—. Tus cartas no eran precisamente una mano ganadora, niña.
Quiso contestarle, pero no conocía de nada a ese garrulo. Necesitaba tomarle la medida antes de jugarse su futuro con una respuesta mal dada.
—Elliane, este es Nestor Randolph —presentó Marc—, maestro del capítulo de Washington y candidato a próximo maestro nacional.
Ella no respondió, aunque le sorprendió que una persona con tantas responsabilidades quisiera hacerse cargo de una niña.
—Sí… y también tengo una compañía que atender cuando no… —comenzó a decir Randolph antes de ser interrumpido.
—¡Papá! —gritó una chica morena que entró a toda prisa; parecía unos años mayor que Elliane—. El gilipollas de Aaron se ha llevado mis raquetas... ¡Y tengo partido en media hora!
Randolph la miró contrariado.
—Kate, cielo, ¿eres incapaz de ver que estoy ocupado? —señaló a Elliane.
La adolescente se quedó mirando a la niña.
—Hola —saludó secamente antes de volverse hacia su padre—. Le he dicho que vuelva para cogerlas del coche, pero me ha mandado a la mierda.
—Usa otra —espetó Randolph con un suspiro.
Kate se quedó ojiplática.
—¿Que use otra? —preguntó—. ¿Usas tú el traje de otro si se llevan los tuyos?
—¡Es una raqueta, supéralo! —bramó su padre—. Usa otra o no vayas al partido, pero no me vengas con tonterías como esa. Tu madre ya no está y mi tiempo vale oro. ¿Entiendes? ¡Oro!
La reprimenda exaltó aún más a Kate, que enfiló la salida tan rápido como había entrado.
—¡Estoy deseando largarme de esta casa de locos!
—¡Pues no tardes! —replicó su padre—. A ver si me dejáis tranquilo de una santa vez. Ojalá os parecieseis más a Vincent…
—Él se llevó toda la madurez temprana —comentó Marc.
Randolph fulminó a su joven asistente con la mirada.
—Es la última vez que hablas mal de mis hijos, ¿entendido?
Marc asintió con la cabeza, temeroso—. S-sí, señor Randolph.
Cuando la calma regresó al salón, el maestro volvió a centrarse en Elliane.
—Aunque parezcas poca cosa, admito que me resulta fascinante lo que cuenta Chartier sobre ti. Volarle la cabeza a un hombre de buenas a primeras no es algo que hayan hecho muchas niñas de tu edad. ¿Tenías…?
—Once, monsieur —respondió ella—, cumplo doce en dos semanas.
Randolph apretó los labios con satisfacción.
—Llevas una muerte más que casi cualquier aspirante. Tampoco es frecuente que se inicie a alguien tan temprano; solemos cuadrarlo para que el ascenso a miembro de pleno derecho, si se logra, coincida con la mayoría de edad.
—Mi tío me ha informado de eso, monsieur —aclaró ella—. Lleva años enseñándome la historia de la hermandad y formándome en...
—Y tú haces que lo metan en la cárcel por no tener las manos quietecitas —interrumpió Randolph—. No me hagas ningún favor, ¿quieres?
A Elliane le hervía la sangre, pero no serviría de nada ponerse a discutir con su nuevo benefactor. Randolph podía ser el trampolín que necesitaba.
—¿Cuál es mi habitación? —preguntó, deseosa por asentarse y, con suerte, disfrutar de un buen baño después del largo viaje. No se había aseado como es debido desde que comenzó su huida.
Randolph la miró con indiferencia.
—¿Disculpa? —preguntó—. ¿Acaso piensas que vas a vivir aquí?
El maestro profirió una risotada forzada.
—Aquí es donde me han traído —observó Elliane.
—No, niña, te han traído para presentarte ante mí —replicó él—. Esta es mi casa, no un albergue para marginados. Eres una fugitiva y no te quiero en mi entorno público ni en pintura. ¿Entendido?
Elliane notó un nudo en el estómago mientras agachaba la cabeza.
—¿Qué va a pasar conmigo, entonces?
Randolph no se molestó en darle más explicaciones; miró a Marc con expresión de pocos amigos.
—Sabes lo que tienes que hacer —preguntó—, ¿no?
Su subordinado asintió con seguridad.
—Sí, señor.
—Pues en marcha —ordenó, antes de dedicar otra mirada a Elliane—. No quiero saber nada de ti hasta que no seas una adepta de provecho. ¿Queda claro? Tengo planes para ti, pero solo si demuestras ser capaz. No pidas verme. Y no me llames si no es para decirme que estás lista para la ceremonia de iniciación.
Elliane asintió sin levantar la cabeza, atribulada por el destino incierto que tenía ante ella.
—¡Mírame a los ojos cuando te hablo, niña! —gritó Randolph.
La joven alzó la mirada hasta encontrar los ojos del magnate.
—Solo te daré un consejo: si te pisan, pisa más fuerte. En el Pacto no queremos pusilánimes. Si te golpean, golpea más fuerte. No tienes amigos hasta la iniciación, solo rivales, y ni ellos ni tus instructores van a dispensarte favor en ningún momento. Y yo tampoco. Superarlos a todos, y te daré todo lo que puedas soñar. Falla y… Bueno, digamos que en Francia sabrán qué hacer con una peligrosa homicida como tú —acercó la cara a la de Elliane—. ¿Me he explicado bien?
—Oui, monsieur Randolph —murmuró ella, apretando los puños.
—En mi idioma, o te entrego a inmigración —amenazó él.
—Sí, señor Randolph.
Antes de incorporarse, el maestro examinó las dos cuidadas trenzas doradas que caían a los lados de la cabeza de Elliane.
—Otro consejo gratis… considéralo una limosna para una niña sin hogar: córtate el pelo o recógelo, pero deja de llevar estas pintas de repipi.
Randolph se incorporó e hizo un gesto brusco con la cabeza hacia Marc, que colocó la mano sobre el hombro de Elliane y tiró de ella. El magnate volvió al sillón sin siquiera despedirse.
De camino a la salida, la joven rumiaba para sus adentros todo lo que le habría gustado decirle a ese vejestorio.
—Tienes mucha suerte, pequeña —Marc la sacó de sus pensamientos.
—Quoi? —preguntó ella.
Él le recordó con la mirada la advertencia del idioma.
—Quien te envíe debe de haberse cobrado un favor bien grande para que alguien como Randolph acepte acogerte. Es un hombre sumamente ocupado.
—Yo no diría que me está acogiendo —suspiró ella.
—Por lo que he oído, la alternativa que tenías no era ninguna maravilla.
—Pero estaría en casa… —Elliane notó cómo se le encogía el corazón, pero luchó contra la morriña.
—Ya te sentirás como en casa —comentó Marc, despreocupado—. Date tiempo. Es normal que, en tu situación, Randolph no te quiera por aquí. Su compañía es muy importante y siempre anda bajo el escrutinio público. A veces nos cuesta mantener en secreto su rol dentro del Pacto.
A Elliane no le importaban los problemas que la doble vida de Nestor Randolph le ocasionasen a ese carcamal. Necesitaba saber qué sería de ella.
Fue cuando llegaron al coche cuando la ansiada información empezó a fluir.
—Te van a llevar a uno de los campamentos de adiestramiento para adeptos del Pacto. El reemplazo actual ya ha hecho la Aceptación, así que te tocará esperar unos meses a que llegue el siguiente grupo para ir a la par.
—¿Cuántos meses? —inquirió Elliane, preocupada.
Marc se encogió de hombros.
—Depende del número de candidatos. A veces son tres, otras son doce…
—Ce n'est pas possible! ¡No puedo esperar tanto!
Marc frunció el ceño y su faceta afable se disipó por completo. Resopló y abofeteó a Elliane con tanta fuerza que la tiró al suelo. La cara le ardía tanto que apenas sentía el dolor por la caída.
—¡Te he dicho que aquí no se habla en gabacho! —bramó el ayudante de Randolph—. ¡Solo queremos que hablen así las putas! ¿Eso es lo que quieres ser? ¿Una puta?
Las lágrimas de Elliane no ocultaron la rabia contenida con la que miró a Marc.
—¿Cómo te atreves…?
Impasible, Marc se inclinó y agarró a la niña por una de las trenzas. Tiró de ella, haciendo que se levantase con un chillido. Con la niña estaba en pie, la empujó contra el coche, golpeándose la espalda contra la puerta.
—Ahora mismo no eres ni una adepta de grado 1, niñata —masculló—. El señor Randolph ya te ha avisado: nadie va a darte trato de favor. Si tienes que esperar dos putos años a que haya un reemplazo en el que puedas entrar, te jodes —abrió la puerta del coche y la obligó a entrar—. Aprovecha el tiempo para quitarte ese acento de mierda y aprender gratitud hacia tus superiores.
—Ni en diez vidas serías superior a mí —replicó Elliane.
Marc hizo un ademán de volverla a abofetear, haciendo que ella se encogiese aterrada contra la puerta contraria en un intento por cubrirse.
—Mira qué miedo te doy después de solo un sopapo —se mofó él—. Estaba harto de tratarte con guantes de seda hasta saber qué decidía el jefe —miró hacia el conductor—. Llévala al Campo 13. Allí sabrán qué hacer con ella.
Después de otro amago de golpearla que hizo que Elliane se encogiera de nuevo, Marc cerró la puerta entre carcajadas y el coche inició la marcha.
Los planes de grandeza de Elliane estaban en peligro. Chartier la había metido en la boca del lobo y no tenía claro cómo lidiaría con aquella escoria humana. Podía ver la mano de Marc perfilada en rojo en su rostro a través del reflejo de la ventanilla; un par de las lágrimas cruzaban la marca.
Necesitaba aprender a ser más fuerte e inteligente que los demás. Hasta entonces, la lista de afrentas crecía en su mente con los nombres de quienes, tarde o temprano, pagarían por haberla tratado como una basura.
3. ACEPTACIÓN
El mismo techo, las mismas sombras… Los días transcurrían con rutinaria lentitud desde que Elliane llegó al Campo 13, ansiando que el siguiente reemplazo llegase pronto. Quince meses después, esos anhelos yacían muertos en un rincón. Había sobrellevado el tedio gracias a los libros que había pedido prestados en la maltrecha biblioteca del pueblo cercano; no tenía un catálogo inmenso, pero era mejor que nada. De vez en cuando, la vicemaestra Clayton, la única persona que la había tratado como un ser humano, la enviaba a hacer recados. Clayton siempre le decía que era para «ganarse el sustento», pero Elliane intuía que le daba trabajo para que se sintiera útil.
Pero no era suficiente.
Ni salir a correr ni las contadas veces que Clayton le había permitido usar el gimnasio habían conseguido aplacar sus ansias de comenzar la formación. Y ni que decir tiene que ver a los demás reemplazos entrenando cada día en las instalaciones no era de ninguna ayuda. Elliane se estaba volviendo loca.
La idea de marcharse le rondó por la cabeza, pero no era tan estúpida como para renunciar a tres comidas calientes al día y quedarse con una mano delante y otra detrás. El poco dinero que había traído consigo de Francia se esfumó hacía meses. Además, Estados Unidos no era un país para hacer turismo; ya le asqueaba bastante lo poco que había podido ver.
La puerta de la habitación se abrió de improviso, arrastrando los pensamientos de Elliane. Era Clayton, con esa sonrisa suya tan perturbadora; parecía la protagonista de uno de esos viejos programas true crime que Elliane veía con su tío. Pero no fue la robusta vicemaestra quien atrajo su interés, sino la chica larguirucha que la acompañaba; arrastraba una maleta enorme.
—¡Se acabó el recreo, Briand! —anunció Clayton con el vozarrón que gastaba.
—¿Qué? —preguntó ella, confusa.
—El nuevo reemplazo ya está completo, los 21 —le informó la vicemaestra—. Mañana se celebrará la Aceptación.
Elliane dio un respingo tan fuerte que casi se cae de la cama. Se aferró al colchón justo a tiempo y trató de recuperar la compostura. Viendo a Clayton y a la chica nueva, no lo consiguió.
—Esta es… —comenzó Clayton, girándose hacia la recién llegada—. ¿Cómo has dicho que te llamabas?
—Gracey —respondió ella, rompiendo su silencio con voz cálida—, Dakota Gracey.
—Tu nueva compañera de cuarto —añadió Clayton, volviéndose de nuevo hacia Elliane.
—Encantada —saludó Dakota, colocándose un mechón de cabello castaño tras la oreja.
—¡Pues, ale! —dijo Clayton—. Asiéntate, Gracey. Esta tarde tendréis la orientación para la ceremonia de mañana. Aunque de ceremonia tiene poco...
—¡Gracias, maestra! —respondió Dakota con energía.
—Solo vicemaestra —la corrigió Clayton—. Quizá algún día…
La mujer no dio pie a más cháchara y cerró la puerta, dejando solas a las dos muchachas. Gracey dejó la maleta verde sobre la otra cama que, durante meses, Elliane había usado para tirar la ropa cuando no le apetecía doblarla.
—Qué simpática —murmuró.
—No te acostumbres —rezongó Elliane—. La gente no está aquí para hacer amigos.
—Nunca se sabe… —suspiró ella con una sonrisa ingenua—. ¿Te llamas Briand?
—Elliane —aclaró ella.
—¡Ah! Es bonito —observó Dakota—. Creo que no te he visto en el autobús. ¿No has venido desde la sede del capítulo con los demás?
—No. Llegué hace tiempo —Elliane no tenía intención de contarle su vida, por muy compañeras de cuarto que fuesen a ser.
Dakota abrió la maleta por completo, dejando a la vista sus pertenencias, y luego se dirigió al armario. Al correr la puerta, se mostró dubitativa.
—Siento molestarte, compi, pero necesito sitio y veo que has tenido tiempo de ponerte cómoda…
Sin ocultar la desgana, Elliane abandonó la cama y se puso a apartar sus pertenencias hasta que todas estuvieron en la mitad del armario que correspondía a su lado de la habitación. No es que tuviera muchas cosas, pero no había tenido que preocuparse por el espacio hasta ese momento.
Dakota comenzó a colocar su ropa mientras tarareaba una canción. Elliane no tenía ni idea de dónde había salido aquella chica tan risueña. Podía sonsacarle la información, pero no quería mostrar interés por ella.
—Oye, Elliane —dijo Dakota mientras guardaba cosas en los cajones—. Como llevas tiempo aquí, ¿me enseñas este sitio?
—Sabes que no estás en un campamento de verano, ¿verdad? —replicó la francesa con ironía.
La chica soltó una carcajada.
—Cómo te pasas… —suspiró después—. ¡Que vamos a ser compañeras de cuarto! Mejor que hagamos buenas migas, ¿no?
Elliane bufó con desaprobación.
—Acabo de decírtelo: la gente no viene aquí a hacer amigos.
Dakota la miró extrañada y se sentó en su cama.
—¿No tenemos todos los mismos objetivos? ¿Acaso no estamos aquí para acabar con los dragones?
—No todos vamos a poder hacerlo como nos gustaría. Entrar en los equipos de cazadores es un premio muy codiciado —señaló Elliane, que se maldijo inmediatamente por revelar su objetivo.
—Entiendo… —musitó Dakota—. Bueno, pues puedes tacharme de tu lista de enemigas. Yo quiero ingresar en la Camarilla Científica.
—Un cerebrito... —observó Elliane, sin fiarse un ápice. Podía estar mintiendo descaradamente para que bajase la guardia.
—¡Sip! —exclamó Dakota—. Sé que la violencia forma parte de nuestro mundo, pero prefiero evitarla y aportar mi granito de arena de otra manera.
Elliane examinó una vez más a su compañera.
—¿Tú estás segura de dónde te has metido?
Dakota sonrió de nuevo y volvió a la tarea de colocar sus cosas.
—Creo que las dos lo averiguaremos muy pronto…
***
Clayton no mentía: la Aceptación no parecía para nada una ceremonia. Primero habían pasado un examen médico con extracción de sangre incluida y un sinfín de pruebas físicas y psicotécnicas. Después, el reemplazo se reunió al completo en un aula con un aforo medido con precisión: 21 personas sentadas.
Cada reemplazo constaba del mismo número de miembros, aunque no todos ellos tenían por qué completar la formación. El tío Louis había preparado bien a Elliane, pero también fue quien la advirtió de la brutalidad de la vida de los adeptos del Pacto hasta que superan la Iniciación para alcanzar el grado 5.
Pronto les presentarían a los instructores que los acompañarían durante los próximos años. Había visto a casi todos los que trabajaban en el Campo 13, pero hasta ese momento no había sido más que una pelusa para ellos.
Alguien dio un fuerte tirón de una de las trenzas de Elliane y la sacó de sus pensamientos. Al volverse, se encontró a una chica de cabello oscuro y mirada desafiante.
—¿Eres tú la rata que lleva meses aquí viviendo por el morro?
—¿Qué? —Elliane estaba confusa.
—Ayer escuché a las de último año hablando de la suerte que será dejar de ver a la rata que lleva acoplada más de un año sin hacer nada por el Pacto. Dijeron que tenía trenzas como las tuyas —dio otro tirón—. Así que debes ser tú, ratita.
—¿Y tú eres? —inquirió Elliane, asegurándose de mostrar el debido desprecio por semejante infraser con una mirada de indiferencia.
La chica sonrió con malicia.
—Gwen Richards. No se te olvidará cuando veas mi nombre en la plaza para entrar en un grupo de cazadores.
Debía ser más estúpida que una piedra para revelar tan alegremente su objetivo. Aunque Elliane tampoco estaba para ir dando lecciones tras contárselo a Dakota.
—Quizá haya más de una plaza —replicó.
—Pues es verdad que eres extranjera —comentó Gwen—. No sé cómo serán las cosas en ese nido de traidores del que vienes, pero aquí solo se concede una plaza para Cazadores y otra para las Dagas en cada reemplazo. Y hay varios candidatos más para las Dagas.
El grupo de asesinos del Pacto, también llamados Dagas y dependiente de la Camarilla de Exploración, no sería una mala alternativa, pero una vida de victorias secretas no atraía para nada a Elliane.
Había vuelto a sumirse en sus pensamientos cuando notó cómo una mano le palpaba el pecho. Sin ningún cuidado, Gwen restregó la mano con una risotada.
—Tía, ¡estás más plana que una tabla! —se mofó.
Elliane se revolvió para apartarla. Se disponía a levantarse para cruzarle la cara de un guantazo cuando la puerta se abrió de golpe. La vicemaestra Clayton entró, seguida por un hombre y una mujer que Elliane había visto varias veces desde que llegó. Empujaban un carro de plataforma cargado de cajas.
—Todos a vuestros asientos —ordenó Clayton, aunque no hacía falta—. El maestro Worton está en una misión, así que presidiré yo vuestra Aceptación. Os vamos a pasar un formulario para que firméis. Es un consentimiento expreso de que sois conscientes de que iniciáis vuestra vida en el Pacto de la Cacería, y aceptáis lo que conlleva. Podéis leerlo o no, pero quien no lo firme no lo va a pasar bien. Ya habéis visto demasiado.
Hubo algunas risas entre los presentes.
—¿De qué demonios os reís? —cortó Clayton—. No estoy de broma. Nuestra hermandad se ampara en el secreto. La mayoría de vosotros sois familiares de miembros y por eso estáis aquí. Solo un puñado de casos excepcionales engrosan nuestras filas sin tener una conexión previa con el Pacto. Y nadie abandona la hermandad, ni siquiera en la Aceptación. El formulario no tiene validez legal, porque no existimos ante la ley. Es una formalidad para que vuestros mentores sepan que habéis dado el paso.
Un chico de la primera fila alzó la mano para preguntar.
—Una cosa… ¿Cuánto…?
—No he dicho que podáis preguntar nada, aspirante —le interrumpió Clayton, tajante. No se parecía a la mujer con la que Elliane había tratado todos esos meses.
El hombre y la mujer que llegaron con ella la flanquearon y colocaron las manos a la espalda.
—Estos serán vuestros instructores: Jenkins y Foiles. Los chicos estaréis a cargo de Jenkins en cualquier aspecto relacionado con la formación, la convivencia, necesidades especiales, etc. Foiles se encargará de las chicas, así que tendrá menos trabajo.
Era evidente que a la instructora le tocaba la parte sencilla: contando a Elliane, solo había siete chicas. A Jenkins le tocaban catorce adolescentes a punto de desatar sus hormonas.
—En cuanto tenga todos los formularios, os dejaré con ellos. Os entregarán vuestro equipo y os darán pautas de cómo está estructurada la formación.
El grupo firmó los papeles y fueron pasándolos hacia delante para entregárselos a Clayton. Hubo algún aspirante receloso, pero la alternativa no era una opción.
La vicemaestra recogió los documentos, sonrió satisfecha y abandonó el aula.
Jenkins y Foiles fueron entregando las cajas del carro. Cada una asignada a un nombre y una foto. Elliane abrió la suya y encontró varias prendas de vestir que parecían uniformes de presidiario, una gran prenda negra y algunos enseres que no supo identificar.
—Aquí tenéis vuestras túnicas de adeptos para asistir a ceremonias a las que consideren oportuno invitaros —informó Jenkins, con voz ronca—. También encontraréis varias mudas de la indumentaria que llevaréis en el campo durante los próximos cinco años. Mantenerla en buen estado y lavarla es responsabilidad vuestra. Solo se repondrá una vez al año.
El chico al que Clayton no dejó preguntar volvió a alzar la mano.
—¿Y si se nos estropean todas las mudas antes de que se repongan?
—Irás en pelotas —respondió Foiles, inflexible—. Esto no es un instituto y no puedes llevar otra ropa que la que te demos.
Una de las chicas también levantó la mano.
—Mi hermano dijo que algunos adeptos sí que van al instituto mientras se forman.
—Ninguno de vosotros se está formando para ser un camaleón. No tenéis madera —respondió Foiles—. Ellos son los únicos adeptos con privilegio y necesidad de llevar una doble vida.
Al igual que las Dagas, los Camaleones pertenecían a la Camarilla de Exploración, pero su labor era más cercana a la de un espía, por lo que llevar una doble o incluso triple vida era habitual en ellos. Louis Briand formaba parte de esa rama del Pacto.
—Si quieres perder el tiempo estudiando otra cosa, métete en internet —bostezó Gwen desde detrás de Elliane.
—Olvídate de eso, aspirante —indicó Jenkins—. Internet solo funcionará los fines de semana o cuando salgáis del recinto. El resto del tiempo, disfrutaréis de las bondades de nuestro flamante inhibidor de señal.
—¿No podremos llamar a casa? —preguntó otro chico con cara de haber vivido entre algodones toda la vida.
—En vuestra casa quieren que os convirtáis en miembros del Pacto —replicó Foiles—. Si quieres hablarles de la espinilla que te ha salido en la nariz, te esperas al fin de semana. Solo se harán excepciones con emergencias que hayamos filtrado Jenkins o yo.
Allí había gente que claramente no tenía ni idea de dónde se había metido. Formarse para entrar en el Pacto de la Cacería no iba a ser ninguna fiesta. Elliane llevaba años mentalizada, pero daba la impresión de que algunos de sus nuevos compañeros creían que irían a casa los fines de semana a abrazar a papá y a mamá.
«Vaya panda de idiotas».
Lo prefería así. Cuanto más pusilánimes fuesen sus rivales, más sencillo le resultaría acceder al puesto destinado a la Camarilla de Caza.
***
Dos años de teoría ineludibles… Los planes de Elliane volvieron a desmoronarse cuando Foiles explicó la hoja de ruta hasta el grado 5, cuando se convertirían en miembros de pleno derecho del Pacto. Dos años de teoría, dos de instrucción de combate y tácticas y uno de especialización en la rama en la que consiguiera entrar. Si todo iba bien, con diecisiete años estaría formándose para ser cazadora.
—Elliane Briand —Gwen leyó el nombre de la caja de Elliane al pasar por su lado—. Qué canadiense suena.
—Soy francesa —le corrigió.
—No me importa —espetó ella, dedicándole una mirada cargada de odio—. Pero me viene bien saber tu nombre para ponerte un apodo —se quedó meditando unos minutos, con la atención de las demás chicas que entraban en el pabellón de mujeres—. ¡Ya está! Serás Planiane a partir de ahora.
Casi todas las chicas estallaron en carcajadas. Las únicas que no se unieron fueron Dakota y otra aspirante que pasó de largo.
Elliane quiso contraatacar, pero las mofas empezaron a ser corales.
—¡Planiane, Planiane, Planiane!
Incluso chicas de reemplazos más veteranos que pasaban por el pasillo empezaron a corear el mote.
Era cierto que estaba plana. El pecho de Elliane apenas empezaba a coger la forma que debía desarrollar, mientras que Gwen y las demás parecían mayores en ese aspecto. Bueno, Gwen parecía tener dos o tres años más, y esas tetas ya habían hecho que los chicos tonteasen con ella al salir de la Aceptación.
Hasta Dakota tenía mejor figura que Elliane. Era frustrante, pero no tanto como escuchar a aquellas gallinas cacareando el infame mote.
—¡Planiane, Planiane, Planiane!
Elliane se sentía abrumada. El calor de la vergüenza cargaba sus pómulos y se esforzaba por contener las lágrimas; derrumbarse solo haría que la cosa fuese a peor.
—¿Se puede saber a qué coño viene tanto grito?
Foiles apareció por el pasillo, con la melena cobriza liberada del moño que había lucido en el aula. El cacareo cesó de inmediato y las cómplices de Gwen retrocedieron hasta sus habitaciones.
La abusona miró desafiante a Elliane mientras su compañera de habitación, una asquerosa con ricitos de oro, tiraba de ella para alejarla de la instructora.
—¡Vamos! —exclamó Dakota en voz baja, intentando llevarse a Elliane.
—¿A dónde os creéis que vais? —bramó Foiles, ya encima de ellas.
—Nosotras no hemos hecho nada —alegó Dakota—. Ellas…
—¿Tengo cara de que me importe, jirafa? —la interrumpió Foiles—. Si lo del Pacto no sale bien, puedes dedicarte a limpiar farolas con la lengua.
La compañera de Elliane guardó silencio, pero su mirada rezumaba rencor.
—Y tú, trencitas —dijo Foiles, dirigiendo su atención a la francesa—. Llevas aquí más tiempo que todos ellos juntos, ¿y dejas que te amedrenten el primer día? Tienes poco futuro aquí.
—No volverá a pasar —aseguró Elliane.
Foiles le acercó mucho la cara.
—Ya te digo yo que sí —masculló, arrebatándole la caja de las manos y poniéndola sobre la que llevaba Dakota—. Deja esto en su cama y vete a dormir. Ella irá luego… quizás.
Acto seguido, Foiles agarró a Elliane del brazo y tiró de ella, arrastrándola por el largo corredor hasta sacarla al exterior del pabellón. El sol ya se había escondido y Elliane notó frío en las mejillas.
—He observado que te gusta correr por el campamento —comentó Foiles.
—Era lo único que podía hacer para mantenerme en forma —explicó Elliane.
—Muy bien —asintió la instructora—. Pues vas a correr para mí por ese escándalo que has formado.
—¿Cómo que yo he formado?
—No repliques, Planiane —espetó la mujer, desafiándola con la mirada—. Vas a dar vueltas al recinto. La puerta del pabellón será la meta.
—¿Cuántas vueltas? —preguntó Elliane.
—Las que a mí me parezcan suficientes —masculló ella—. Normalmente, se tarda seis minutos en recorrerlo todo. Pero, como es el primer día, de noche y estoy de buen humor, te daré siete minutos. Si tardas más en completar una de las vueltas, añadiré un día más a este castigo. ¿Entendido?
—Sí, maestra.
—No me des títulos que no tengo. Soy la instructora Foiles.
—Sí, instructora Foiles —concluyó Elliane, echando a correr.
—¡Espera! —la detuvo la mujer. Por un momento, Elliane creyó que se libraba—. Quítate la ropa.
—¿Perdón?
—¿Llevas la ropa que te hemos proporcionado? —preguntó la instructora, irónica.
—Me la ha quitado usted…
—Responde a mi pregunta, aspirante.
—No…
—Pues ropa fuera.
Elliane se quitó los vaqueros, la sudadera y la camiseta interior. El frío nocturno ahora era más que una incómoda molestia.
—Voy a dejar que te quedes la ropa interior y las zapatillas. Es el primer día y soy una sentimental. Haz que tengamos que repetir mañana y te haré correr en cueros y descalza.
—Sí, instructora.
—¡Pues a correr!
«Menudo primer día, Elliane», pensó para sí mientras recorría el oscuro recinto. Intentaba frotarse los brazos para minimizar el frío, pero era en vano. El calor del ejercicio ayudaba, pero a medida que la noche se fue cerrando, resultaba más difícil mantener la temperatura.
La que había entrado en calor era Foiles, fundida en un frenesí con Jenkins en la puerta del pabellón de mujeres. Elliane intentó reducir la velocidad para ver si podía terminar, pero la instructora se limitó a golpear su reloj de pulsera, indicándole que tenía siete minutos para dar la siguiente vuelta. Luego devolvió la lengua a la boca de su compañero.
Más de dos horas después, Elliane se metió en la cama, atenazada por el frío y dolorida tanto físicamente como en su orgullo. Se sentía observada por Dakota, pero no pudo evitar terminar el día liberando las lágrimas que había estado reprimiendo.
4. RIVALIDAD EXCESIVA
El primer año en el Campo 13 había sido un infierno. A Foiles no le caía nada bien Elliane. La primera noche fue solo una muestra de lo que estaba por venir. La instructora aprovechaba cada oportunidad para imponerle severos castigos, mientras que infracciones similares de otros aspirantes no eran resueltas del mismo modo. Si había algo que le concediera a aquella bruja, era que no le tendía trampas; se limitaba a esperar como una araña a que ella sola se metiera en problemas.
Por desgracia, Gwen Richards se encargaba de que esos problemas fuesen rutinarios y, pese a ser ella quien los desencadenaba, Elliane siempre terminaba pagando los platos rotos. Muchas noches, la francesa se dormía fantaseando con someter a un tormento indescriptible a esa miserable. Aunque estaba segura de que, en el último momento, aparecería Foiles y sería ella la que terminase fregando todos los baños del recinto... otra vez.
Afortunadamente, pronto podría olvidarse de las dos, al menos por una temporada. Cuando terminase el primer año, se convertiría en adepta de grado 1, y el mejor regalo era que casi todos se irían a casa durante varias semanas, como unas vacaciones escolares. Elliane podría quedarse en el Campo 13 tranquila, con sus libros y con el gimnasio para ella sola. Adiós, incordios.
Estaba aprovechando la tarde del penúltimo domingo del curso para entrenar en el completo gimnasio. Aunque hacían ejercicio a diario como parte de la formación, no era suficiente. Además, el acoso de Gwen había hecho que se obsesionara con desarrollar el busto. Había leído en internet que el press de banca ayudaba; aunque el sentido común le decía que no eran más que chorradas, allí estaba, haciendo serie tras serie mientras escuchaba música en los auriculares que se había comprado tras meses ahorrando la paupérrima asignación que les daba el Pacto.
La nueva canción de Kaluxta, su cantante favorita, sonaba de nuevo. No se cansaba de escucharla tras haberla descargado el día anterior. Elliane estaba ensimismada entre la música y las repeticiones.
Notó que le costaba tirar hacia arriba de la barra y supo que ya no estaba sola. Abrió los ojos y se encontró con el burlesco semblante de Gwen, que le quitó los auriculares con desdén.
Estaba acompañada por sus tres inseparables secuaces. Nicole, la compañera de cuarto de Gwen que tenía un contrato de menos con la inteligencia; si conseguía superar el primer año, era porque copiaba. Luego estaba Melinda, con más luces, pero con menos personalidad que una camiseta básica. Por último, Christine, que no era de la cuerda de Gwen, pero se acercó a ella porque Elliane les daba un repaso a todos en las clases teóricas. Las únicas ausentes eran Dakota, su compañera, y Serenna, que se parecía más a Elliane de lo que la francesa estaba dispuesta a admitir y prefería estar sola casi siempre.
—¿Sigues creyendo que así te crecerán las tetas, Planiane? —preguntó Gwen, sentándose a horcajadas sobre Elliane e impidiéndole levantar la barra. Por suerte, no había puesto demasiado peso para así poder hacer más repeticiones.
—Es para estar a punto cuando empecemos las lecciones físicas —respondió con esfuerzo, ignorando los cuchicheos de las demás.
Gwen sonrió con malicia, mostrando los dientes. Casi se podía ver cómo maquinaba con turbias intenciones.
—¿Con solo cinco kilos a cada lado? —preguntó.
—Más los once de la barra —aclaró Elliane, intentando empujar sin éxito.
Gwen apoyó su peso sobre la barra y se acercó tanto que Elliane pudo notar su respiración en la cara.
—Vamos a ayudarte a que te salgan tetitas, Planiane —susurró—. Chicas, id poniendo peso a cada lado... —miró pensativa a Christine—. Chris, ¿cuánto crees que hace falta para que le salgan unas tetas como las de Mel?
—Creo que, más que peso, necesitaría un milagro —respondió Christine, anodina, como siempre.
Gwen ladeó la cabeza y pasó a mirar a Melinda.
—Mel, ¿qué día es tu cumple?
—El 28 de febrero —respondió la chica—. ¿Me vas a hacer un regalo?
Gwen sonrió al volver a mirar a Elliane.
—¿Qué te parece, Planiane? —preguntó—. ¿28 kilos más a cada lado?
A duras penas, Elliane negó con la cabeza, pero su acosadora ya había indicado a las demás que se pusieran manos a la obra. Christine, Melinda y Nicole fueron cargando los pesados discos en los extremos de la barra, que empezó a presionar sobre el pecho de la francesa.
Gwen se limitó a mirar con sonrisa sádica cómo aumentaba el sufrimiento de Elliane.
—Poned las pinzas para que no se le caiga nada —recordó.
Elliane intentó retorcerse, pero Gwen ya ni siquiera precisaba estar sobre ella; se apartó y dejó de sujetar la barra, que liberó todo su peso sobre la sufrida aspirante.
—Nos vemos en el infierno, Putiane —se mofó mientras las cuatro salían del gimnasio entre carcajadas.
Elliane quiso gritar para pedir auxilio, pero la barra le oprimía demasiado el pecho. Aunque trató de inclinarla para escurrirse bajo el acero plateado, el peso en cada extremo era demasiado para las pocas fuerzas que le quedaban.
Sentía el calor de los esfuerzos desesperados, las palpitaciones fustigándole las sienes. Sus brazos empezaron a flaquear, llevando la barra desde el pecho hacia el cuello. El peso le cortaba la respiración.
El sudor y las lágrimas de desesperación se fundían mientras veía su corta existencia pasar ante ella. Trece años en los que la vida no había dejado de darle reveses: primero sus padres, luego su tío y después el infierno de vivir con todos aquellos salvajes en Estados Unidos. Allí iba a morir, escuchando de fondo el murmullo de Kaluxta en los auriculares, que reposaban en el banco de escay a ambos lados de su cabeza. No llegaría a ser cazadora y a hallar sentido a su vida de miseria.
La barra cada vez presionaba más; sentía cómo el tacto rugoso antideslizante le marcaba la piel. Habría sido más fácil si dejaba de luchar y dejaba que el peso le aplastase la tráquea.
Esa idea cobraba fuerza en su cabeza cuando un grito se convirtió en el salvavidas por el que rezaba en silencio a un dios en el que no creía.
—¡Ellie! —era la voz de Dakota.
Elliane pronto notó alivio cuando la barra retrocedió ligeramente.
—¡Ayuda! ¡En el gimnasio! —gritó Dakota—. Aguanta, Ellie. No puedo quitar las pesas sin dejar caer la barra... ¡Ayuda!
La francesa ya no tenía fuerzas para empujar con más fuerza.
—¿Qué pasa? —se escuchó preguntar a un chico. Parecía Gus, el preguntón del primer día—. ¡Hostia!
Gus y Jake, su compañero de cuarto, corrieron a ayudar a Dakota. Entre los tres, pudieron subir la barra hasta el soporte, luego colocaron los seguros.
Elliane empezó a toser profusamente, agradeciendo el aire de nuevo en los pulmones. Cayó arrodillada sobre el suelo y apoyó la frente sobre la moqueta.
—¿Estás loca, chica? —preguntó Jake.
Elliane no tenía fuerzas, ni ánimos, para responder.
—Tanto peso para alguien como tú es una salvajada —apostilló Gus—. Casi la palmas.
Necesitaba que esos dos se callasen como fuera hasta que volviera a ser persona.
—¿Creéis que soy estúpida? —logró decir, afónica.
—¿Quieres que te responda basándome en lo que acabamos de ver? —preguntó Gus, irónico.
Elliane intentó agarrarle de la zapatilla, pero él se zafó sin problema, dejándola caer de bruces contra el suelo, jadeando sin parar.
—Creo que esto lo responde —apostilló Jake—. Vamos, tío. La franchute está como una puta cabra.
Los chicos se marcharon sin mirar atrás, dejando a Elliane a solas con Dakota, que permanecía en silencio. Llevaban meses conviviendo y parecía haber aprendido cuándo debía callarse.
Elliane recuperó poco a poco la respiración, pero el pecho y, sobre todo, el cuello, le dolían sin medida. Con ayuda de su compañera, pudo incorporarse y tomó asiento en el banco. Miró los pesados discos en los extremos de la barra.
Dakota no decía nada, pero era imposible no percibir su mirada gris expectante.
—¿Tú también vas a tratarme como si fuera imbécil? —preguntó finalmente Elliane.
Un largo suspiro precedió a la respuesta de su compañera.
—Sé perfectamente que no lo eres —contestó—. Al menos no tanto como para poner todo ese peso en la barra —tras un rápido vistazo al potencial arma del crimen, volvió a centrarse en Elliane—. Pero sí lo eres por no denunciar lo que te están haciendo.
Elliane recogió los auriculares y se puso en pie.
—No me están haciendo nada...
—Puedes mentirte todo lo que quieras, y quizá termines creyéndolo de verdad —replicó Dakota, levantándose y caminando tras ella—, pero me he cruzado con ellas cuando salieron. Iba riéndose, Ellie, celebrando que «ya no serías un problema». Por eso me he asomado. Formarse para el Pacto puede ser duro, pero esto es un intento de asesinato. Deberías reportarlo.
Elliane se giró hacia su compañera.
—¡¿A quién, Dakota?! —preguntó, sin molestarse en ocultar su enfado—. ¿A la puta de Foiles? Seguro que ella me habría puesto más peso solo por diversión. ¿A Jenkins? Lo único que hace es ir a nuestros dormitorios para tirarse a la tarada de su compañera, que lo tiene comiendo de su mano.
—¿Y Clayton o Worton? —incidió Dakota. Los máximos responsables del Campo 13 habrían sido la opción lógica para reportar el acoso, de no ser por un problema.
—No lo entiendes, ¿verdad? Esa golfa tetuda de Gwen es hija de alguien influyente. Vi a Worton hace unos meses pidiéndole perdón por a saber qué y rogándole que no hablara de ello con su familia. Un maestro pidiéndole perdón a una aspirante. Si yo me quejo de ella, seguro que me entierran ellos mismos.
Dakota bajó la mirada un momento.
—Mi familia no es influyente, pero tú vienes de lejos. ¿No tienes a nadie que pueda interceder?
Elliane bufó con resignación. Si avisar a Nestor Randolph hubiera sido una opción, lo habría hecho hacía meses. Sin embargo, el viejo había sido muy claro.
«No pidas verme, ni llamarme, si no es para decirme que estás lista para la ceremonia de iniciación».
—Antes de pedirle ayuda, me doy a la fuga...
Dakota no se rendía.
—Pero, ¿y si...?
—¡Basta! —Elliane estaba harta—. Eres una metomentodo de cuidado, chica. He sido muy clara desde el primer día, ¿no? Tú a lo tuyo y yo a lo mío. No he venido a hacer amigos; ya no sé cómo decirlo. ¡Nadie viene aquí a eso! Métete en tus putos asuntos y déjame en paz.
Elliane no dio opción a la réplica de Dakota, dio media vuelta y se alejó a paso acelerado. Necesitaba encontrar un lugar apartado en el que liberar toda aquella presión y angustia en forma de lágrimas.
***
Otra vez gachas. El repertorio gastronómico del intendente del Campo 13 era más limitado que el de un carrito de comida rápida de la calle. No habría sido un problema si los contados ocho platos que conocía se le diesen bien, pero había una buena razón para que casi todas las habitaciones del recinto se hubieran abastecido con una reserva de aperitivos de emergencia.
Esa noche, sin embargo, el suave tacto de las gachas fue una bendición para Elliane. La garganta le dolía incluso al tragar saliva. Hasta el roce de la camiseta sobre la irritada piel del cuello era un suplicio.
Serenna estaba sentada frente a ella, como en todas las comidas. A veces, Dakota las acompañaba, a condición de no hablar. Igual que cada noche, Serenna comenzó el ritual de colocar la bandeja a su gusto antes de atacar la «comida». Era una chica preciosa, probablemente la más guapa del reemplazo de Elliane, por no decir de todo el Campo 13. Su cabello oscuro, grandes ojos marrones y piel pálida, junto a un cuerpo que se estaba formando casi siguiendo el canon de belleza de una agencia de modelos, hacían que la francesa sintiese una envidia terrible hacia ella.
Pero todos tenían su tara, y la de Serenna era que se había olvidado las habilidades sociales en el útero materno. Hablaba lo justo y necesario, y a veces ni eso. Para Elliane era perfecto, en todo el año no habían cruzado palabra. Mientras se escuchaba el murmullo en las otras mesas, especialmente en la de Gwen, que no dejaba de mirarla contrariada por haber sobrevivido, la que compartía con Serenna era un remanso de paz. Desgraciadamente, aquella noche su compañera decidió romper la regla de oro.
—¿Te duele? —preguntó antes de llevarse la cuchara a la boca. Mientras masticaba, observaba casi sin parpadear al cuello de Elliane. Si seguía igual que cuando se miró en el espejo del baño, lo tendría como si hubiera dormido encima de un rallador.
La francesa asintió, recelosa de iniciar una conversación más larga. Afortunadamente, Serenne se limitó a negar con la cabeza antes de dedicar toda su atención al plato de gachas. El silencio volvió a imperar en la mesa.
Elliane comió un poco más antes de reparar en que Dakota no estaba en el comedor. Las comidas eran los únicos momentos del día en que coincidían todos los reemplazos. Aun así, su compañera destacaba en altura entre las chicas. Quizá Elliane se había pasado al explotar tan bruscamente cuando ella solo se interesaba por su bienestar.
Incapaz de probar bocado ante una inusual preocupación, Elliane dejó la bandeja en el carro para que el pringado al que le tocase fregar esa noche se hiciera cargo. Después puso rumbo al pabellón de mujeres.
Aún había algo de claridad en el exterior. El verano ya había llegado y los días eran más largos. Al recorrer el camino entre el edificio común, donde estaba el comedor, y el pabellón, vio luz en la ventana de su habitación.
«No me he pasado tanto como para que no quiera cenar».
Cuando llegó a la puerta de la habitación, respiró profundamente y trató de abrirla, pero esta no cedió. Volvió a pasar la tarjeta sin éxito. Aunque el lector daba paso con una luz verde, la puerta no se abría.
Elliane llamó varias veces.
—Soy yo —dijo en voz alta, resintiéndose al tensar el cuello—. Abre.
Pudo escuchar ajetreo en el interior.
—¡Voy! —dijo Dakota.
Segundos después, la chica abrió la puerta, visiblemente agobiada.
—¿Ahora cerramos con pestillo? —preguntó Elliane, fingiendo olvidar su naciente preocupación.
—Creía que tardarías más en cenar —respondió Dakota. No había rencor en su voz, pero había perdido el entusiasmo que la caracterizaba.
—¿Y tú por qué no has ido a la cena? —inquirió la francesa.
—Necesitaba desestresarme después de discutir contigo...
—Y para eso echas el pestillo...
Roja como un tomate, Dakota se sentó en su cama y tiró de la sábana. Sobre la cama descansaba un pequeño falo verde, no mayor que una mano.
—No era plan de que entrase nadie...
Elliane no pudo reprimir una carcajada, aunque no tardó en maldecir su reacción cuando su cuerpo le recordó su estado.
—¡Ay! Mon Dieu! —protestó, llevándose la mano al cuello.
Dakota recuperó la compostura.
—Siento haberte agobiado con mis consejos...
Antes de responder, Elliane empezó a desvestirse para meterse en la cama.
—Da igual. Es solo que... no estoy acostumbrada a que se preocupen por mí.
—No tienes que convertir a todos en tus enemigos, Ellie —dijo Dakota, tapando su «juguete» con la sábana—. Te juro que no tengo intención de entrar en la Camarilla de Caza. Confía en mí si necesitas a alguien para hablar, pero no sufras este infierno tú sola.
Elliane se metió en la cama y se cubrió con la sábana.
—Tú dime dónde compraste ese cacharro y no lo uses más aquí si estoy yo, y me lo pensaré.
El rubor regresó al rostro de Dakota.
—Es herencia de mi hermana —dijo—. Lo cual suena asqueroso dicho en alto, pero lo limpiamos bien.
—Entonces paso —sentenció la francesa, dándole la espalda a su compañera y dispuesta a dormir.
Dakota tardó unos minutos en recogerlo todo antes de apagar la luz. En el silencio de la noche, con solo el rumor de las hojas de los árboles mecidas por la brisa y algún desgraciado cumpliendo un castigo en el exterior, las cosas parecían más sencillas, tanto como para hablar con el corazón.
—Gracias por salvarme la vida —dijo Elliane en voz baja.
—Para eso están las amigas, aunque sean unilaterales —respondió Dakota.
«Amiga...». Elliane no entendía el verdadero significado de esa palabra. Nunca tuvo verdaderas amistades, ni siquiera en Francia. No quería bajar la guardia, pero estaba viva gracias a aquella chica y, si alguien merecía un intento, desde luego era Dakota.
Quien no lo merecía era Gwen, pero Elliane ya empezaba a perfilar un plan en su mente con el que agradecer el intenso dolor que le había infligido aquella tarde.
5. VENDETTA VORAZ
«¡CUIDADO, QUE PICAN!», anunciaba en letras grandes y rojas la caja que Elliane había dejado en su escritorio. Llevaba más de media hora contemplándola desde la cama y sopesando los pros y los contras de un plan que llevaba semanas fraguando.
Aquella advertencia no era un simple eslogan publicitario para cautivar a los amantes del picante. Los Crunchinsects se habían vuelto muy populares desde la recesión mundial provocada por la guerra. Antes ya existía un mercado para los insectos como aperitivos, pero la hambruna del conflicto hizo que los bichos salvasen muchas vidas. Las empresas que ya se dedicaban al negocio hicieron su agosto cuando se firmó la paz en el Tratado de Boston, pues muchos encontraron en insectos de todo tipo un nuevo universo de sabor. A Elliane nunca la verían comiendo aquellas cosas.
Pero no era esa la razón por la que había encargado una caja de Ecihotnia. Las hormigas carnívoras habían mutado por culpa de los químicos; antes no eran más que una molestia, pero ahora eran un problema muy real... y lucrativo. Esos bichos odiaban el picante, lo que los convirtió en snacks perfectos para una de las recetas más populares de Crunchinsects que, irónicamente, picaba como un demonio.
Lo que más le interesaba a Elliane era que las Ecihotnia se vendían por encargo, pues su forma de consumo era única: las hormigas estaban vivas dentro de la caja. Cuando recibían calor en un microondas, las paredes interiores de la caja, forradas con la sustancia más picante posible, se derretían sobre los bichos, que conservaban mejor el sabor al no llevar tiempo muertos. Los insectos evitaban las paredes picantes y, de ese modo, no rompían el envase externo. Por suerte, ella había tenido tiempo de estudiar un método para ayudar a sus pequeñas cómplices a escapar.
«No se merece menos», pensaba, repasando el plan por enésima vez.
Si quería hacerlo, el momento era ese. Los reemplazos llegarían al Campo 13 casi a la hora de irse a dormir. Les habrían dado de cenar en el capítulo o algo. A Elliane solo le importaba apartar sus inoportunos reparos morales antes de entrar en acción.
«¡Que se joda! Ojalá se la coman».
Estaba decidido. Elliane saltó de la cama y cogió la caja; un ligero ajetreo se escuchó en el interior. Apenas pesaba, pese a las más de ochocientas inquilinas que moraban dentro.
Salió al pasillo y escudriñó en ambas direcciones, asegurándose de no ser descubierta. Ni un alma a la vista. Apretó los labios y recorrió los escasos quince metros que separaban su habitación de la de Gwen Richards. En condiciones normales, entrar sin permiso habría resultado imposible, pero Elliane se las había ingeniado para robar la tarjeta maestra de Clayton. No estaba orgullosa, pero en toda guerra había sacrificios.
La habitación era exactamente igual a la que Elliane compartía con Dakota, salvo por los vanidosos adornos con los que Gwen y Nicole habían cubierto las paredes. No tenía tiempo de pararse a contemplarlos.
Elliane se arrodilló entre las dos camas individuales y comprobó los bajos; como suponía, había espacio de sobra para guardar maletas y cajas. Era el lugar perfecto para dejar a sus voraces amigas. Le preocupaba no saber en qué cama dormía Gwen, pero era tan narcisista que había colgado una enorme foto suya sobre el cabecero.
Colocó la caja en el suelo y sacó el largo cilindro metálico que había comprado para la ocasión, apoyándolo sobre la cara superior del envase. Presionó poco a poco, con cuidado, hasta que el cartón comenzó a ceder. Como imaginaba, la sustancia era tan potente que prevenía que las hormigas intentasen salir en tropel del interior. Elliane levantó ligeramente el cartón roto y encontró una segunda caja de malla, algo más pequeña, suspendida en el interior en perfecto equilibrio, a modo de terrario.
El techo de la habitación se iluminó momentáneamente. Sorprendida, Elliane se asomó a tiempo de ver cómo varios autobuses llegaban al recinto. Debía darse prisa.
«¡Maldita sea!»
Sacudió el cilindro para quitarle los restos de picante y lo introdujo en la caja para romper la malla interior. Tan pronto como notó que cedía, empujó la caja con el cilindro incrustado al fondo del hueco bajo la cama de Gwen. Aquellos bichos eran nocturnos y no tenía ganas de lidiar con ellos.
Salió apresuradamente de la habitación y regresó a su cuarto.
El trasiego pronto se hizo notar en el corredor. Las adeptas cotorreaban entre ellas, poniéndose al día tras el breve verano. Foiles ladraba como una sargento, recordando que debían irse pronto a dormir porque tocaba madrugar al día siguiente.
La puerta del cuarto se abrió y Dakota entró arrastrando su maleta hasta la cama.
—¡Otra vez aquí, Ellie! —saludó con aquella sonrisa suya. Un año allí y aún se comportaba como si estuviera de vacaciones.
—Se me acabó la tranquilidad —bufó la francesa.
Dakota se acercó y le dio un amistoso empujón en el costado.
—Lo dices con la boca pequeña —se burló—. Seguro que me has echado de menos.
—Sí... Tener la habitación para mí, el silencio y no aguantar los berridos y castigos de Foiles ha sido todo un suplicio —replicó, irónica.
Dakota señaló con la cabeza hacia la puerta.
—Ahí la tienes, más en su papel que nunca —suspiró—. Dicen que se ha peleado con Jenkins, así que la está tomando con todo el que ve.
—Es decir, que me espera un año aún más interesante —dedujo Elliane—. C'est magnifique...
Su compañera se encogió de hombros. Después sacó el pijama de la maleta y la metió bajo su cama, donde apenas cabía ya con un baúl que se había comprado en primavera.
—Mañana guardo lo demás. Está tan pesada con que nos vayamos a dormir que es mejor no cabrearla.
Elliane miró en silencio cómo Dakota se acomodaba para acostarse. Se sintió afortunada de que su compañera no fuese un desecho humano, como casi todas las demás. Antes de apagar la luz, miró el hueco donde había guardado la maleta y recordó que esa noche nadie iba a dormir en paz, si todo iba bien...
***
El silencio se fue apoderando del pabellón hasta hacerse casi absoluto. Todas estarían ya dormidas o a punto de caer en los brazos de Morfeo. Era preocupante. A estas alturas, Elliane esperaba que la fiesta hubiese comenzado.
Era posible que su invento del cilindro a modo de túnel para las hormigas no fuera tan brillante como pensaba. Estaba segura de que Gwen no había encontrado la caja, porque ya habría montado una escena.
Dakota ya estaba dormida como un tronco; podía escucharse su profunda respiración en el sepulcral silencio nocturno. Pero ella no podía conciliar el sueño, ni quería. Se revolvía entre las sábanas al ver que su plan no había funcionado.
—¿Sigues despierta? —un susurro sobresaltó a Elliane.
Se giró en la cama, haciendo que el colchón sonase tanto como de costumbre. Al otro lado de la habitación, entre las sombras que dibujaba la pobre luz que se filtraba por la ventana, vio a Dakota tumbada de costado, mirándola.
—Creía que tú dormías.
—A ratos —bostezó su compañera—. Y cada vez que zarandeas ese sonajero que tienes por cama...
—No puedo evitarlo —replicó Elliane.
—Lo sé —aceptó Dakota—. ¿Qué has hecho estas semanas?
Lo que menos esperaba Elliane a esas horas era un interrogatorio.
—Cosas.
—¡Guau! —exclamó su compañera—. Veo que sigues tan comunicativa como siempre.
—He estado aquí... —replicó Elliane—. Ya sabes cómo es esto, incluso sin gente.
—Esperaba que me contases algo interesante, Ellie —suspiró Dakota—. Una aventura con algún chico del pueblo, algún descubrimiento...
—No tengo tiempo para esas chorradas.
—Eso también lo dices con la boca pe... —Dakota no tuvo tiempo de terminar.
Un alarido atravesó el edificio e hizo que el corazón de Elliane diera un vuelco.
«¡Al fin!»
A ese primer grito le siguieron otros, cada vez más frenéticos. Pocos segundos después, se extendieron al pasillo, donde cada vez se escuchaba más revuelo.
—¡Quitádmelos! —chillaba Gwen—. ¡Están por todas partes!
También podía oír a Nicole sufriendo la visita de las Ecihotnia. Era un daño colateral, uno que Elliane no sentía en absoluto.
Dakota saltó de la cama y, tras encender la luz, abrió la puerta para comprobar qué sucedía. Elliane la siguió, quedándose detrás de ella para disfrutar del espectáculo.
Gwen se había llevado el premio gordo. Estaba tirada en el suelo del corredor, retorciéndose de dolor y cubierta de hormigas que se estaban pegando un festín con su piel. Parecía que intentaba rodar, pero el dolor debía estar tan extendido que no sabía hacia qué lado hacerlo.
Nicole se había quitado toda la ropa y estaba de pie, sacudiéndose mientras rogaba ayuda a las demás chicas, que ya se habían arremolinado en torno a ellas—. Creo que tengo más... creo que tengo más.
Las espectadoras murmuraban. Incluso empezaban a aparecer adeptas de reemplazos superiores. Ninguna parecía entender qué estaba sucediendo. Alguna trató de ayudar a las desoladas víctimas del enjambre.
—¡Son hormigas! —gritó una.
—¡Joder! —exclamó Christine, arrodillada junto a Gwen—. ¡Son carnívoras!
Todas se apartaron a toda prisa, pero no lo suficiente.
—¡Ay! —protestó una de las chicas de último año—. ¡Tened cuidado, están por el suelo!
Las baldosas oscuras hacían que los insectos no se vieran fácilmente. Muchos ya habían alcanzado a otras chicas, que empezaron a dar brincos. Elliane no había contemplado esa posibilidad.
—¡¿Qué coño está pasando?! —bramó Foiles, acercándose desde el fondo del corredor con cara de pocos amigos. Su expresión pasó a ser de confusión cuando varias adeptas se cruzaron con ella a la carrera en dirección a la salida—. ¿A dónde os creéis que vais?
A la instructora le resultó imposible controlar la estampida y se hizo a un lado, permitiendo el paso de las jóvenes que huían de las voraces hormigas. Tan solo un reducido grupo de chicas se quedó en el pasillo, incluidas Gwen, que seguía retorciéndose desesperada en el suelo, Dakota y Elliane.
—¡Cuidado, Ellie! —advirtió su compañera, lanzando un pisotón que acabó con la vida de un par de hormigas que avanzaban hacia ellas.
Foiles las señaló desde el pasillo.
—¡Meteos en vuestro cuarto y cubrid el bajo de la puerta! —ordenó mientras lanzaba firmes pisotones y avanzaba hacia el cuadro de emergencias del pasillo.
Dakota empujó a Elliane para que retrocediera y obedeció. Cerraron la puerta y protegieron la ranura inferior con sus toallas de baño para impedir el acceso de los insectos.
—¿De dónde demonios han salido esos bichos? —preguntó Dakota, su voz cargada de nerviosismo.
Podía escucharse a Foiles despotricar en el pasillo mientras intentaba que Gwen y las adeptas restantes se refugiasen. Una alarma estridente se extendió por el edificio y el techo comenzó a escupir gas mediante el sistema de extinción de incendios.
—¿Qué hacemos? —preguntó Dakota.
—¡A la ventana! —gritó Elliane—. ¡No respires!
Abrieron la ventana de par en par y cada una asomó la cabeza por un costado, respirando angustiadas mientras la nube de gas escapaba hasta perderse en el cielo nocturno.
En el exterior, Elliane vio a las chicas que habían podido salir. Alguna aún se sacudía, temerosa de tener hormigas en la ropa, pero la mayoría solo parecían alteradas y confusas. Las luces del pabellón de los chicos estaban encendidas y muchos estaban asomados, contemplando el espectáculo que había orquestado Elliane.
«Se me ha ido de las manos».
***
Pasaron dos horas hasta que las chicas pudieron volver a entrar en el pabellón, pero solo para recoger unos pocos enseres. Tenían órdenes de dormir en el gimnasio hasta que se fumigase por completo el edificio. Elliane y Dakota habían cogido lo que pudieron antes de salir. El corredor estaba plagado de cadáveres de hormigas, asfixiadas por el gas o aplastadas sin piedad. También había sangre de las víctimas con las que más se habían cebado.
En el exterior hacía fresco, pero se notaba que todavía era verano y la temperatura no era molesta. En la fila justo delante de Elliane, dos adeptas mayores comentaban lo sucedido.
La francesa aguzó el oído.
—Estaba destrozada —comentó una de ellas—. Tenía los brazos demacrados y heridas por toda la cara.
—Pues era guapilla —añadió la otra.
—Sí... —coincidió su compañera—. No sé cuánto podrán salvar los médicos.
Elliane no estaba segura de si estaban hablando de Gwen. Si se trataba de ella, no sentía la más mínima lástima. Pero sí notó una punzada de culpabilidad al pensar que otra chica hubiese sido atacada hasta esos extremos.
Aparcó sus preocupaciones y se centró en lo que tocaba: borrar sus huellas. Debía devolver la tarjeta maestra al despacho de Clayton y deshacerse de la caja de Ecihotnia antes de que la encontrasen. Por ahora, no parecían haber dado con ella.
A cada una le entregaron una colchoneta para dormir en el gimnasio. No era lo más cómodo, pero no había más alternativas.
Dakota se acomodó a continuación de Elliane y se tumbó dándole la espalda. Había estado muy callada desde que salieron de la habitación.
Elliane dejó pasar un rato hasta asegurarse de que todas se hubieran dormido. Por suerte, Foiles y las demás instructoras se quedaron en el pabellón de chicos, donde había alguna habitación libre. No había nadie vigilando el gimnasio. Cuando vio la oportunidad, se escabulló.
Lo más prudente era borrar su rastro cuanto antes. Aunque no tenía demasiadas ganas de volver al pabellón mientras todavía hubiera hormigas merodeando por el lugar, esa era su primera parada.
Los edificios estaban envueltos en penumbra y solo las farolas del patio brindaban algo de luz. Elliane conocía al dedillo el recinto de tantas veces que Foiles la había obligado a recorrerlo durante el año anterior. Al entrar en el pabellón, encendió la linterna del smartphone y avanzó con la luz y la mirada fijas en el suelo, por si aparecía algún bicho. Aplastó a algún superviviente por el camino, pero el gas había hecho un buen trabajo.
Consiguió extraer la caja de debajo de la cama de Gwen, aunque no sin llevarse un par de mordeduras de hormigas rezagadas en las manos. Fue extremadamente doloroso, y eso que solo había sido una fracción de lo que sufrió su acosadora.
Elliane se descubrió sonriendo de satisfacción.
Desandó el camino y tiró la caja y el cilindro en uno de los inmensos contenedores de basura del exterior de la cocina. Después subió a la planta de administración y entró con la tarjeta maestra en el despacho de Clayton. Dejó el valioso trozo de plástico en el cajón del que lo había sustraído el día anterior y abandonó el lugar tan pronto como pudo.
De regreso al gimnasio, Elliane se topó con Dakota, que la observaba desde la puerta con desaprobación.
—Entonces es verdad que has sido tú... —murmuró.
Elliane no supo cómo reaccionar. Su compañera podía ser una ilusa, pero no era estúpida. No había pensado en ninguna coartada porque no esperaba que el plan se escapase tanto de su control.
—No quería que saliese así... —se excusó, reparando entonces en las palabras exactas de Dakota.
«Es verdad que has sido tú», ¿quién se lo había dicho?
No fue un misterio duradero. Elliane sintió una mano enorme posándose en su hombro. Giró la cabeza para comprobar quién era y encontró a Clayton con el rostro desencajado. A su lado, Foiles la observaba roja de furia.
—Briand, te has metido en un buen lío —sentenció la vicemaestra.
6. LA LETRA CON SANGRE ENTRA
Este castigo era nuevo. Elliane llevaba más de dos años preguntándose qué diantres albergaba el sótano del edificio principal, adonde solo podía accederse con tarjeta maestra. No se había molestado en saciar su curiosidad cuando tuvo la de Clayton, pero terminó averiguándolo por las malas: eran los calabozos.
El Pacto no se limitaba a encerrarte, te privaba de los sentidos. Elliane se encontraba en una sala completamente oscura e insonorizada. No podía estar segura de si llevaba allí diez minutos o varias horas. Cuando se desorientaba, tenía que palpar la pared acolchada hasta encontrar de nuevo la puerta, cerrada a cal y canto.
Tampoco le habían dado instrucciones. Foiles se limitó a arrastrarla hasta allí, la empujó dentro de la celda y cerró la puerta. Después de un rato desgañitándose, Elliane se derrumbó en un rincón y se limitó a esperar con resignación; total, nadie iba a escuchar sus gritos.
Quizá se había excedido en su venganza, pero Gwen casi la había matado semanas atrás y se fue de rositas. Aunque Dakota insistió en que debería haberla acusado, Elliane era consciente de que era inútil. Debía ajustar cuentas con esa asquerosa ella misma.
Tenía hambre, lo que la llevó a deducir que, como poco, habría pasado la hora del desayuno. También acuciaban las ganas de orinar, pero no halló lugar para aliviarse en toda la celda. Si no la sacaban pronto, no le quedaría más remedio que usar uno de los rincones.
Estaba a punto de ceder ante la llamada de la naturaleza cuando escuchó cómo se abrían los cerrojos de la pesada puerta metálica.
La luz invadió la celda y cegó temporalmente a Elliane. Había alguien en la entrada, pero tardó un momento en distinguir a Foiles. No vestía los pantalones y el polo de siempre, sino un ceñido mono táctico que resaltaba su figura.
—Levanta el culo —ordenó, con voz neutra.
Elliane obedeció y avanzó hacia la instructora, que esperaba en el umbral con ambas manos apoyadas en el marco de la puerta. Cuando la tuvo al alcance, Foiles le propinó una fuerte patada que lanzó a la francesa violentamente contra la pared acolchada del fondo, cayendo de nuevo al suelo.
—Solo he dicho que te levantes, niñata. No te muevas hasta que yo lo ordene.
A la joven le costaba respirar; esa patada en el pecho le había traído una sensación demasiado familiar. Elliane hizo acopio de fuerzas para volver a ponerse en pie, pero esta vez esperó.
—Está claro que contigo solo vale lo de «la letra con sangre entra» —masculló Foiles, haciéndose a un lado—. Sal.
Elliane obedeció, avanzando hasta que la luz del pasillo la bañó por completo. Sintió una breve paz al dejar la claustrofóbica celda.
Pero Foiles iba a ponerle fin rápidamente.
—Fuera ropa —le susurró al oído.
Ya sabía lo que tocaba. Sin rechistar, fue quitándose el pijama. Remoloneó por si la instructora le permitía quedarse en ropa interior, pero solo se ganó un golpe con la vaina de la daga de dricto en el hombro.
—¡Toda!
Tras quedarse como llegó al mundo, Foiles la obligó a caminar frente a ella. Subieron las escaleras hasta la planta baja. No había nadie, pero la luz diurna entraba por las ventanas con intensidad; debía ser mediodía. La instructora no le permitió detenerse hasta que salieron al patio.
Elliane se quedó petrificada al ver el panorama que le esperaba.
Cada reemplazo, chicos y chicas, independientemente de la edad, estaba formado en la explanada central, contemplando en silencio cómo Foiles la empujaba hasta una gran mesa preparada para la ocasión. El maestro Worton estaba presente, juzgándola con la mirada mientras se acercaba. Era extraño que se dignara a aparecer.
—Debes ser una decepción para el maestro Randolph —afirmó cuando Foiles detuvo a Elliane ante él—, aunque le ha hecho gracia tu ataque con esos insectos.
Sintió una punzada de orgullo.
—Tenía que devolverl… —empezó a decir la joven cuando Foiles le golpeó en la espalda.
—¡Nadie te ha dicho que hables!
—Que le haya hecho gracia al maestro nacional podría salvarte si fueras su hija —continuó Worton, acercando la cara—, pero no lo eres. No podemos dejarte inválida como haríamos con otros, pero tenemos bastante margen y creatividad para castigarte como dictan las normas del Campo 13.
El maestro hizo un gesto con la cabeza a Foiles y a otra instructora que se había colocado tras Elliane. Entre ambas obligaron a la chica a tumbarse sobre la recia mesa de madera. Una solitaria abrazadera de cuero envolvió el cuello de la francesa; Foiles la afianzó para que mantuviera a la joven sin moverse, pero lo suficientemente suelto como para permitirle respirar.
—El Pacto de la Cacería es una hermandad —proclamó Worton, extendiendo los brazos hacia los presentes—. Cuando nos atacamos entre nosotros, debe haber una causa de peso y previa aprobación de un maestro. Vosotros competís por entrar en la camarilla que deseáis. Hay rivalidad en cada reemplazo y nosotros la fomentamos —se volvió hacia Elliane—. Pero lo de anoche es intolerable…
Elliane consiguió levantar la cabeza lo suficiente como para ver a los espectadores. Distinguió a Nicole, con varios apósitos en brazos y cara. Christine estaba a su lado, descargando todo su desprecio a través de sus ojos.
—No obstante, en el Pacto también creemos en la redención —continuó Worton—, y la adepta Briand dispondrá de una que le concederemos entre todos los reunidos aquí. Será algo que pueda recordar siempre que vuelva a pensar en atacar a otro compañero.
El maestro comenzó a dar vueltas alrededor de la mesa mientras hablaba.
—Habrás notado, adepta Briand, que no hemos atado tus brazos y piernas. Hay una razón para ello: tú misma demostrarás tu arrepentimiento al someterte voluntariamente al castigo de todos y cada uno de los presentes. Te vamos a golpear, y habrá quien lo haga con toda la fuerza posible. Si realmente te arrepientes, no te moverás y dejarás que te golpeen —Worton se detuvo y la miró de reojo—. En caso de que intentes evitar el golpe apartándote, no solo demostrarás que no condenas tus actos, sino que harás que este castigo se reinicie.
Los murmullos comenzaron a extenderse entre los adeptos.
—Me voy a destrozar la mano dándole de hostias —escuchó decir a Melinda, desde detrás de Nicole y Christine.
Worton se dirigió entonces a los inminentes castigadores.
—Este es un castigo para la adepta Briand, pero una prueba de contención para vosotros —advirtió—. Las normas son sencillas. Primera: un golpe por persona con la palma o el dorso de la mano. Nada de darle con el canto o con el puño cerrado. Segunda: nada de romper huesos o causar heridas sangrantes. No golpeéis en donde ya haya recibido muchos golpes. Tercera: una vez haya terminado el castigo, no habrá más revanchas contra la adepta Briand. El Pacto ha visto su potencial, aunque sea para terminar como centinela de bajo rango. No nos sobran los activos como para lesionarlos de por vida. Cuarta y última: incumplir cualquiera de las tres normas anteriores supondrá ser el siguiente en ocupar esta mesa. ¿Está claro?
La respuesta fue unánime.
—¡Sí, maestro!
Elliane había tenido la efímera ilusión de que las normas de Worton la protegían, y probablemente así era. Los primeros golpes habían dolido, pero los adeptos de último año no tenían intención de meterse en problemas por pasarse de fuerza. Aun así, la piel de los brazos y las piernas enrojecía con la sucesión de golpes.
Luchaba por contener las lágrimas mientras era golpeada sin descanso. La tentación de apartar las extremidades aumentaba tras cada impacto, pero no les concedería ese gusto a aquellas hienas. Y tampoco estaba dispuesta a que la vieran llorar; ni ante aquel público, ni ante nadie.
Cuando los tres reemplazos de último año terminaron de castigarla, se retiraron para continuar con sus respectivas especializaciones. A medida que se reducía la edad de los verdugos, aumentaba la crueldad con la que golpeaban a la penitente. No solo los impactos eran más fuertes, sino que las zonas donde le sacudían dejaron de ser exclusivamente brazos y piernas. Varios chicos no se cortaron y le golpearon en el vientre, los senos y la entrepierna, donde el dolor se volvía mucho más intenso.
A pesar de sus esfuerzos, alguna lágrima se derramó para morir entre cabellos dorados.
Llegó el turno de su reemplazo; sería el último. Ahora agradecía que tardasen tanto en llegar nuevos aspirantes. Empezaron los chicos, y hubo de todo: algunos golpearon donde resultaba más humillante y doloroso. Otros prácticamente se limitaron a acariciar sobre sus brazos o piernas amoratados con golpes que sonaban más de lo que habrían dolido, de no tener la piel tan castigada.
Serena y Dakota también golpearon con relativa suavidad, pero las amigas de Gwen no. Ellas fueron a la cara, donde ningún otro adepto había atacado. Nicole cogió carrerilla para golpearle con fuerza en el costado izquierdo, haciendo que le retumbase toda la cabeza. Melinda igualó la jugada por el costado derecho, aunque no se molestó en coger impulso. No le hacía falta.
Una más. En cuanto Christine la golpease, todo habría terminado. Y justo a tiempo. El día se había cerrado y nubes oscuras anunciaban una tormenta estival.
Elliane contemplaba el cielo gris cuando este fue eclipsado por el sádico rostro de Christine, que se había encaramado a la mesa.
—Para lo lista que te crees, has tramado un plan de lo más chapucero, Planiane —musitó.
—Termina de una puta vez —replicó Elliane.
Christine sonrió con malicia.
—Yo voy a terminar ya, pero tú vas a sufrir un rato más de parte de Gwen —proclamó.
La adepta le propinó un golpe seco contra los ojos con la mano abierta. Había parecido más suave de lo esperado, hasta que algo empezó a ir mal.
El escozor fue tan insoportable que no pudo reprimir un alarido desesperado. Cada intento por parpadear hacía que el picor se incrementase. Sentía como si tuviera los ojos llenos de arena. Estaba segura de que Christine llevaba algo en las manos cuando la golpeó, pero Elliane estaba demasiado desesperada como para articular palabra.
—¿Qué coño le pasa? —preguntó Foiles.
—Seguro que se está expresando tras tantos golpes aguantados —sugirió Christine. Estaba cerca. Elliane trató de lanzar un golpe desesperado, pero casi se ahorca con la correa, que aún la retenía por el cuello.
Alguien sujetó la cabeza de Elliane con fuerza.
—¡Cálmate, chica! —gritó Clayton. Podía sentir su respiración—. Esto es polvo picante… ¿Le has echado especias en los ojos?
—Ha sido para que viera la ironía —se defendió Christine—. Es el mismo polvo que llevaba la caja que tiró a la basura tras atacar a Gwen.
El picor se incrementó y Elliane profirió otro alarido.
—Fille de pute! —logró gritar—. ¡Te han dicho las normas!
—No he roto las normas, zorra —respondió Christine—. Te he dado con la mano abierta y sin romperte nada. Esos polvos pican mucho, pero no te dejarán ciega, por desgracia. Así que yo he cumplido. Disfruta de la tarde.
Elliane solo pudo responder con otro grito de frustración. Incapaz de ver nada, tan solo sentía las manos de Clayton, que intentaba retirar el polvo entre soplidos y con los dedos. El remedio era peor que la enfermedad, porque estaba extendiendo la sustancia.
Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer y se clavaban en Elliane como alfileres sobre su piel dolorida.
—Ya empieza a llover —advirtió Worton—. Dejemos a la adepta Briand para que el agua purifique su cuerpo y limpie sus ojos.
—¿Qué? —preguntó la joven atónita.
—Ni tus instructores, ni Clayton, ni yo, te hemos castigado físicamente. Dejaremos que el agua haga el trabajo durante un rato y, cuando escampe, cuatro golpes más y a otra cosa.
—¡No veo nada! ¡Dadmelos ya y terminad de una vez!
—Tu compañera tiene razón —murmuró Clayton—. Desde la guerra no se usan sustancias picantes que puedan dañar permanentemente. Deja que el agua te limpie, Briand.
Ya no podía más, era demasiado. Las lágrimas se mezclaron con el agua y con el polvo picante, haciendo una mezcla terriblemente dolorosa. Casi la matan y la que terminó torturada era ella.
Escuchó cómo Worton, Jenkins, Foiles y Clayton se alejaban a medida que la tormenta arreciaba. Elliane se dejó llevar por la autocompasión y lloró como no lo había hecho desde que murieron sus padres.
Estaba sola y desamparada, rodeada de una crueldad que no tenía medida. Ese lugar no fomentaba las enseñanzas del Pacto de la Cacería, sino la brutalidad.
—Sacadme de aquí… por favor.
7. VUELTA A LA RUTINA
La vista de Elliane se recuperó por completo pocas horas después de concluir el castigo. El resfriado que contrajo por pasar más de dos horas desnuda a la intemperie en plena tormenta fue otro cantar, pero le dio tiempo para recuperarse en cama. Un descanso que ayudó a que los moratones fuesen mucho menos visibles cuando se reincorporó a las clases. Tan solo Dakota, Clayton y el médico del Pacto que la atendió fueron testigos de la peor parte.
Las secuelas psicológicas fueron un asunto más complicado. Elliane era incapaz de conciliar el sueño del tirón; se despertaba en plena noche gritando y comprobando si tenía marcas por el cuerpo. También había perdido sus escasos apoyos. Dakota había puesto distancia entre ambas a pesar de compartir habitación; Clayton se mantenía en su papel de vicemaestra, pero sin ese trato amable que mantuvo con ella en privado durante el primer año. Foiles había duplicado su severidad y el resto del reemplazo la trataba aún más como a una apestada, incluso en actividades de equipo. La única que no había cambiado su actitud era Serenna; era igual de hermética y fría con todo el mundo.
Elliane recibió la debida explicación por la severidad del castigo. Pudo confirmar sus sospechas de por qué la señoritinga de Gwen Richards recibía trato de favor. Aquella cínica era hija de un pez gordo del Pacto de Nueva York; una estrella en alza que la envió a formarse a la capital porque, supuestamente, estaban los mejores campos de entrenamiento del país. Elliane, pondría más de una objeción a semejante afirmación.
Pese a estar allí por mandato de alguien tan poderoso como Nestor Randolph, este le había negado protección a Elliane, mientras que Gwen era una niña pija y mimada tanto en su casa como en el Campo 13.
La única carta que podía jugar Elliane le había explotado en la cara y ahora estaba peor que nunca. Solo podía hacer una cosa: resignarse e intentar pasar lo más inadvertida posible. A Serenna le había funcionado desde el primer día; no perdía nada por probar.
Los primeros meses del segundo año habían ido bastante bien, pero el regreso de Gwen cambió la situación y las vejaciones poco a poco regresaron a su rutina: escupitajos en la comida, uniformes rotos «misteriosamente» en la secadora… Elliane sabía perfectamente quién estaba detrás de todo, pero cualquier respuesta por su parte solo traería consecuencias nefastas para ella.
Pero no todo había ido mal: un cambio en la Camarilla de Adiestramiento hizo que se eliminase una de las materias teóricas que se impartían en el segundo año, Legado de los grandes maestros del Pacto. Alguien decidió que las lecciones que dejaron los antiguos líderes de la hermandad ya no eran valiosas. Elliane no estaba de acuerdo, pero tampoco iba a rechazar el beneficio de empezar la formación en combate tres meses antes.
Como no era tiempo suficiente para profundizar en todo lo que darían en el tercer año, Foiles decidió organizar un torneo de combates cuerpo a cuerpo la semana final del curso. Las clases que antes iban a ilustrar a los adeptos sobre los antiguos grandes maestros serían entrenamientos y duelos a menor escala.
Las prácticas no habían ido mal para Elliane. Llevaba tres años dejándose la piel en el entrenamiento físico y su cuerpo se estaba desarrollando satisfactoriamente. Incluso tenía más pecho; aunque no le habían quitado el mote de Planiane, ya tenía más busto que gente como Christine.
Foiles y Jenkins les habían enseñado técnicas básicas para derribar enemigos y a caer minimizando los daños. Estaban lejos de poder exhibir un estilo de lucha pulido, pero para el objetivo del campeonato, serviría.
Lamentablemente, a Elliane le faltaba algo. Llevaban dos semanas luchando a diario y no había logrado una mísera victoria.
Se celebraban diez combates diarios con emparejamientos por sorteo. Como cada reemplazo constaba de 21 adeptos, uno quedaba fuera y se encargaba de recoger todas las colchonetas del gimnasio cuando terminaban, pero su nombre era el primero en emparejarse al día siguiente.
El segundo jueves con esta rutina, Elliane pudo librarse, tras haber perdido contra seis de los chicos y contra Nicole y Serenna. Sería la primera en ser emparejada ese viernes, y su contrincante estaba a punto de ser revelado por Foiles, que rebuscaba en la caja donde había un papel con cada nombre del reemplazo.
La instructora sonrió cínicamente al comprobar la extracción:
—Tendremos otro duelo entre compañeras —anticipó, dirigiéndose a Dakota—. Ve calentando, Jirafa. Te toca con la francesita.
Dakota se puso en pie y se acercó al centro del cuadrilátero formado con colchonetas. Miró muy seria a Elliane sin titubear.
—Ya deberíais conocer las normas al dedillo, pero me gusta repetirlas para que nadie diga que no las recuerdo —dijo Foiles—. Vuestro objetivo es derribar al rival y que este tenga la espalda totalmente contra el suelo por vuestra acción. No se permiten golpes deliberados a la cara ni a las articulaciones, porque algunos piensan que ya valéis algo y no podemos lesionaros. Si el rival no cae de espaldas, podéis estrangularlo para obligarle a rendirse dando tres golpes en la colchoneta. Si incumplís alguna de las normas —miró a Elliane—, habrá castigo.
—Ya se saben toda la cantinela, Foiles —protestó Jenkins, de pie tras los chicos del reemplazo—. Deja que Gracey elimine a Briand para que podamos tener combates de verdad.
Hubo risas entre los adeptos; nadie se tomaba en serio los enfrentamientos contra Elliane. Aunque con Nicole aguantó bastante bien, la diferencia física con los chicos fue un handicap insalvable y Serenna la derribó tan rápidamente que aún no estaba segura de cómo acabó en el suelo.
Foiles soltó un bufido, pero accedió a terminar con la explicación.
—¡En posición!
Elliane se colocó en guardia, tal y como le habían enseñado. Dakota hizo lo mismo. La altura de su compañera podía ser una ventaja si sabía aprovecharla. Había visto luchar a Dakota ocho veces y había perdido cinco. No era la mejor del grupo, ni de cerca.
—¡Luchad! —bramó Foiles.
Elliane no se abalanzó sobre su rival. Trató de flanquearla para atacar. Dakota la recibió con la guardia cerrada, tal y como esperaba. En lugar de ir a por el torso, barrió con la pierna los tobillos de la chica. Esa era la idea, al menos. Dakota saltó a tiempo de esquivarla y aprovechó para caer sobre ella.
Dakota podía ser exasperantemente jovial, ingenua y una tirillas larguirucha, pero luchar contra ella era como pelear con un cocodrilo. Trató de inmovilizar a Elliane en el suelo, aplicando todo su peso sobre ella. La francesa se aseguró de quedar boca abajo para evitar la derrota inmediata. En cuanto pudo, empezó a revolverse para que Dakota no pudiera aprisionar su cuello y estrangularla.
Dakota era buena, demasiado para ser una adepta que aspiraba a la Camarilla Científica. De haber inmovilizado los brazos de Elliane, ya habría ganado. Tuvo un descuido y una de las piernas de la francesa también quedó libre. Elliane no era rápida ni fuerte, pero sí flexible. Consiguió hincar la rodilla e imprimir fuerza suficiente para dejar de estar a merced de Dakota. Era demasiado baja como para pasar a su compañera de cuarto por encima, pero podía volcarla hacia un costado y, con suerte, hacerla caer de espaldas.
Pero Dakota anticipó sus intenciones y clavó los pies en el suelo. Eso desvió su atención de los brazos el tiempo suficiente para que Elliane le descargara un fuerte codazo en el torso y pudiera liberarse.
Las chicas pusieron algunos metros de distancia y se estudiaron mutuamente. Jadeaban y sus rostros estaban salpicados de perlas de sudor.
Estaba claro que Dakota no iba a ser tan asequible como esperaba. Elliane necesitaba un modo de aprovechar semejante altura en su favor. Pero ella no le dio tiempo para estrategias. Cuando quiso darse cuenta, Dakota había recortado distancias y la agarró firmemente por la manga derecha y el cuello del chándal. Hizo una rápida zancadilla sobre su pierna diestra mientras empujaba hacia atrás.
Elliane apenas pudo reaccionar. No podía poner las manos para evitar la caída de espaldas. Giró cuanto pudo y golpeó con fuerza en la colchoneta con el costado izquierdo. Un montón de risas fueron su compañía en la humillación. Dakota se quedó de pie frente a ella.
—Para sorpresa de nadie, Planiane pierde —proclamó Foiles—. A ver a quién le toca aho…
—¡No! —gritó Elliane, levantándose de un brinco—. ¡No he dado con la espalda!
Foiles la miró condescendiente.
—Podía haberte pisoteado hasta ponerte en posición —observó—. Estabas vencida. Lo demás era un mero trámite.
—¡Está incumpliendo las normas! —gritó la adepta—. «Derribar al rival y que este tenga la espalda totalmente en el suelo por nuestra acción». Ese es el objetivo, ¿no? Pues mi espalda no estaba totalmente en el suelo por su acción. No me ha derrotado.
Elliane estaba sofocada, pero no iba a aceptar la derrota así como así.
—Trencitas, deja que peleemos los que luchamos de verdad —se mofó Wade, el noviete de Gwen, provocando una carcajada general.
—Estoy de acuerdo —coincidió Foiles—. Ya nos haces perder el tiempo cada vez que tienes un duelo. Vuelve a tu sitio.
—Tiene razón —intervino Dakota—. No he completado el movimiento y, por tanto, no la he vencido. El combate no ha terminado.
Fue toda una sorpresa para Elliane que Dakota la apoyase.
—Claro que ha terminado —discutió Foiles—. Seguir es una pérdida de tiempo, aunque quieras sacudirla más.
—Venga, Foiles… —dijo Jenkins mientras bostezaba—. Siempre haces lo mismo: tú pones las normas y luego te las saltas a la torera. Briand no lo estaba haciendo tan mal hoy. Concédele perder justamente.
Aquel no era el apoyo que más ilusión le hacía a Elliane, pero no podía negar su efectividad. Foiles y Jenkins antes eran amantes, pero ahora se llevaban como el perro y el gato, aunque estaban condenados a trabajar juntos.
—Tenía que haber hecho caso a eso de «donde tienes la olla no metas la polla» —masculló Foiles—. Está bien. Jirafa, termina de una vez.
Dakota no miró a la instructora, ya estaba centrada en Elliane. Se había retrasado bastante y adoptó una guardia cruzada. La estaba retando a atacar.
—¿Crees que vas a poder derribarme dos veces? —preguntó la francesa, intentando analizar sus defensas.
—No me hace falta creer en una certeza, gabacha —replicó.
Habría ignorado insultos de cualquiera, pero escuchar a Dakota despreciarla de ese modo hizo que le hirviera la sangre. Elliane cargó al frente con un grito desgarrador. Embistió como un astado con la esperanza de tomarla por sorpresa.
Y la sorpresa se la llevó Elliane.
Descubrió que sus pies ya no estaban en el suelo. Al disiparse la bruma de la furia, vio a Dakota cayendo de espaldas al suelo. ¿Había ganado? Nada más lejos. Elliane siguió girando sobre sí misma, propulsada por la llave que le acababa de hacer su compañera. Dakota la proyectó con el pie derecho, apoyado contra su cadera, y la lanzó hacia atrás, aprovechando la inercia de la caída y la propia carga de Elliane. La francesa salió volando varios metros. Apoyó la barbilla contra el pecho como le habían enseñado. Iba a caer fuera de las colchonetas. Se limitó a recibir el dolor como si de un viejo compañero se tratase.
Pero lo que más le dañaron fue su orgullo.
Hubo aplausos por la victoria de Dakota.
—¿De dónde has sacado eso, muchacha? —se escuchó preguntar a Foiles.
—Tuve una vida antes de venir aquí —respondió Dakota sin entusiasmo.
La instructora soltó una carcajada mientras se colocaba delante de Elliane, que aún seguía aturdida.
—¿Te ha parecido una derrota justa esta vez? —preguntó, sarcástica—. A mí no me importaría ver cómo te lanza de nuevo como un saco de patatas.
De nuevo las risas y los cuchicheos. Elliane no dignificó esas mofas con una respuesta, pero tardó un rato en poder levantarse.
***
Jake habría tenido que recoger el gimnasio al ser el adepto cuyo nombre no salió en el sorteo. Sin embargo, Foiles había decidido que, como Elliane tenía fuerzas para hacerles perder a todos el tiempo, también las tendría para recoger todo el gimnasio.
Lo único bueno que dejó aquel día era la cena. Clayton no cocinaba casi nunca, pero cuando lo hacía, no faltaba nadie en el comedor. El arroz con carne de aquella noche parecía comida gourmet en comparación con el rancho del Campo 13. Cenar sola tampoco había estado mal; todos se habían ido cuando terminó de recoger. Entregó la bandeja al adepto que tenía turno de friegaplatos y se dispuso a volver a la habitación.
Al salir al patio, Gus pasó corriendo por delante del edificio principal.
—¿Castigo? —preguntó Elliane.
—Castigo… —resopló él.
Casi sin darse cuenta, Elliane se puso a correr junto al chico.
—¿Qué coño haces? —preguntó Gus, confuso.
—Puedo correr contigo o volver a la habitación con una compañera que me odia —explicó.
—Vas a echar la pota —observó—. Sales de cenar, ¿no?
—Foiles me ha castigado tantas veces que ya ni me resiento al hacer ejercicio después de comer.
—Jenkins tampoco es un regalito, pero al menos no nos hace correr en bolas —dijo Gus, la voz entrecortada por el trote.
—Admito que correr vestida es toda una experiencia.
—¡Ja! Vas a ser simpática y todo —dijo él, divertido.
—No lo pretendía —le corrigió ella—, solo era una observación.
—Deberías intentarlo, Elliane —incidió Gus—. Este sitio ya es una mierda entre los instructores y algunos de nuestros compañeros como para que encima seamos bordes por sistema.
Se notaba que no lo decía por decir. Gus siempre le había parecido un idiota pusilánime, pero en ese momento sus amables palabras se convirtieron en un bálsamo. No podía tratar a todos como enemigos si quería salir de allí de una pieza. Quizás había estado equivocada desde el primer día, por mucho que Dakota intentase derribar sus murallas.
«Dakota...».
Cuando pasaron por delante del pabellón de los chicos, Jenkins se levantó de la silla plegable desde la que supervisaba el castigo de Gus.
—¿Te has apretado demasiado las trenzas esta mañana, Briand? —voceó—. Vuelve a tu pabellón u os pondré al adepto Falk y a ti a correr hasta el amanecer.
—¡Sí, instructor! —acató Elliane, separando su trayectoria de la de Gus antes de dedicarle unas últimas palabras—. Ánimo con el castigo…
***
Elliane casi agradecía la bronca de Jenkins. El estómago no era un problema, pero las lumbares no tardaron en recordarle que el golpe tras el combate con Dakota había tenido un final atroz para su espalda.
Entró en la habitación y se la encontró a oscuras. Encendió la luz de su lado para poder cambiarse de ropa antes de acostarse.
Dakota dormía, o eso parecía, hasta que se dio la vuelta en la cama.
—¿Ahora llegas? —preguntó, las primeras palabras que le dirigía en la habitación desde hacía semanas.
—No ha sido solo guardar las colchonetas —explicó Elliane, quitándose la sudadera del chándal—. Me ha hecho colocar todo el gimnasio…
Dakota no respondió de inmediato; contempló en silencio cómo Elliane se ponía el pijama.
—¿Te he hecho daño? —preguntó finalmente.
—Sigues fuera del podio de gente que me ha causado dolor en este sitio —respondió ella, sin mirarla.
—No pretendía que cayeras fuera —se excusó—. Medí mal las distancias… Y perdona por lo de «gabacha», solo quería provocarte.
Tras meter el chándal en la bolsa de ropa sucia, Elliane se sentó en la cama. Fue entonces cuando reparó en que Dakota estaba al borde del llanto.
—Eres demasiado boba como para hacer algo de eso a propósito —dijo, dedicándole la sonrisa más dulce que el ánimo le permitía esbozar.
El gesto buscaba apaciguar a Dakota, pero logró el efecto contrario. La chica rompió a llorar desconsolada.
—Este sitio saca lo peor de mí —dijo, secándose las lágrimas con la sábana.
—Te avisé de que aquí no se venía a hacer amigos… —recordó Elliane.
—No debería ser así —incidió ella, compungida—. Se supone que vamos a ser parte de una hermandad, pero nos enseñan a vernos como enemigos —guardó unos segundos de silencio—. Quizá nos hayamos equivocado de bando…
—Cuidado con lo que dices —advirtió Elliane—. Uno de esos monstruos mató a mis padres.
Su compañera quedó ojiplática.
—Nunca habías hablado de eso…
—No hemos hablado de nada estos meses —recalcó Elliane—, y antes eras tú la que hablaba… siempre.
—Ya… —suspiró Dakota, bajando la cabeza—. He estado… perdida. No me gustó lo que hiciste, pero me molestó más que no me contases nada.
—Era mi problema y mi decisión —dijo Elliane—. No había razones para implicar a nadie más.
—No puedes estar siempre en tu armadura.
Elliane no pudo evitar volver a sonreír. Era la segunda persona que le decía algo parecido esa noche.
—Puede que tengas razón —admitió.
—Vas a tener que ponérmelo por escrito —dijo Dakota—. Creo que nadie más va a escuchar esas palabras en la vida.
—No seas cría —le riñó Elliane.
Estaba lista para abrirse a su compañera. Le contó a Dakota cómo un dragiss atacó a sus padres en un viaje. Dijeron que había sido un accidente de tráfico, pero su tío Louis le contó la verdad. También reveló que sus manos ya habían dado muerte a alguien, algo que Dakota tardó un rato en digerir.
Se pasaron hablando de muchos temas hasta el amanecer. De no haber sido sábado, la noche en vela les habría salido cara. Elliane estaba experimentando una sensación que le era totalmente ajena. ¿Amistad? Nunca había tenido amigos, por lo que no sabía cómo definirlo.
8. TOCANDO FONDO
¡ATENCIÓN!
Este capítulo incluye una escena que puede herir la sensibilidad de algunos lectores.
El fin de semana había pasado volando, pero había resultado de lo más provechoso. Con sus diferencias aparcadas, Elliane y Dakota habían pasado practicando los dos días. Los movimientos que su compañera empleó en el combate contra ella le resultaban familiares, pero ahora sabía con certeza que se trataba de judo. Si jugaba bien sus cartas, podría usar esas técnicas de defensa personal para imponerse en algún duelo.
Elliane se sorprendió al mostrarse más comunicativa mientras practicaban. Se había permitido hablar de temas que, normalmente, no habría aireado.
Dakota también había hablado mucho, pero en ella era normal. Parecía querer resarcirse por todas esas semanas que pasaron en silencio en la habitación. Venía del interior del país, de una pequeña localidad de Arkansas. Aunque su padre no quería saber nada del Pacto, su madre era miembro de la Camarilla Científica y fomentó su interés por ingresar. No parecía tan movida por el odio a los dragones como por las oportunidades de investigación que ofrecía la hermandad.
A Elliane le aliviaba no tener a Dakota como rival para ingresar en la Camarilla de Cazadores. Aunque si no mejoraba en combate pronto, tampoco importaría. Necesitaba empezar a ganar duelos y ese lunes sería un buen momento para lograrlo.
Las esperanzas de Elliane se esfumaron cuando Foiles la volvió a emparejar con Serenna. Su combate iba a ser el cuarto de la jornada, y la instructora esperó hasta que ambas estuvieran frente a frente para realizar un anuncio.
—Viendo que Planiane va a morder el polvo de nuevo —vaticinó—, he decidido añadir un incentivo más para hacer que su mediocridad tenga alguna utilidad. Al fin y al cabo, combatir con ella está siendo una gran pérdida de tiempo.
—Se supone que es su deber enseñarme... —murmuró Elliane.
Foiles la fulminó con la mirada antes de seguir.
—Cada vez que derrotéis a esta miserable, quedará a vuestro servicio durante el resto del día —el gimnasio se llenó de cuchicheos—. Podéis ordenarle lo que queráis. Pensad en ella como una sirvienta. Eso sí, recordad que no podemos hacerle daño físico para no enfadar al maestro Worton. Dice que tiene que poder seguir participando en la formación, aunque no le sirva de nada.
—¿Nos puede hacer la colada? —preguntó Aaron. Era un inepto integral cuya curiosidad tenía un buen motivo: rara vez llevaba la ropa limpia.
—¡Ha dicho que le pidáis lo que queráis, lerdo! —recalcó Wade, sentado junto a Gwen; llevaban haciendo manitas desde que llegaron.
—Sí, puede hacerte la colada, Aaron —confirmó Jenkins, que daba paseos por detrás de la hilera de adeptos.
Foiles se acercó desafiante a Elliane y chocó la frente con la suya.
—No vuelvas a poner en duda mis métodos de enseñanza —masculló—. El incentivo de todo esto es que tú no quieras perder, escoria.
La instructora no dio pie a réplica, dio la espalda a Elliane y regresó a su sitio.
—Acaba pronto, Serenna. Tenemos duelos de verdad por celebrar.
Elliane hizo lo que pudo, pero Serenna era como una pantera. Parecía moverse por impulsos. Había cedido a Elliane la iniciativa, permitiéndole atacar primero. Su pobre intento de agarre fue contrarrestado con un fugaz movimiento de brazos con el que dio comienzo su contraofensiva.
Había pasado dos semanas viendo cómo combatía Serenna. Ya se habían enfrentado una vez, y aún era incapaz de anticipar sus movimientos. El único consuelo era que nadie lo había conseguido.
Como un borrón oscuro, Serenna la flanqueó y zancadilleó con fuerza desde detrás las piernas de Elliane a la altura de las rodillas. Esperaba el choque contra las colchonetas, pero alguien la agarró por la chaqueta del chándal. Serenna había evitado que cayera contra la hilera de adeptos que tenía detrás. Podía haberse golpeado con la nuca contra las rodillas de Jake.
Elliane trató de aprovechar la oportunidad y zafarse, pero ya era tarde. Serenna se limitó a pivotar ligeramente y la dejó caer con suavidad. Había perdido… otra vez.
Fue otra semana negra. Serenna se portó y solo le pidió ordenar su habitación. Podía no haberle ordenado nada; aquel cuarto parecía el de un militar y hasta la ropa estaba doblada con precisión.
Jake la obligó a hacer su servicio de recogida de cocina la noche del martes. Elliane limpió todos los platos sucios del complejo. No recordaba que hubiera tantos las veces que le había tocado a ella por turno.
Sean, el adepto más grande de todo el reemplazo, tuvo la solicitud más peculiar: Elliane y él entrenaron juntos toda la tarde del miércoles. Casi le estaba agradecida, pues había aprendido unas cuantas cosas que podría poner en práctica. Aunque terminó molida porque aquel bruto no se contenía en absoluto.
Casi había ganado a Christine el jueves. Esa víbora estaba a punto de caer cuando le propinó una patada a Elliane en la boca del estómago que la dejó fuera de combate. Dolía, pero no tanto como la orden que le dio: quemar todos sus libros. La francesa luchó por contener las lágrimas al ver cómo algunas de sus posesiones más preciadas eran consumidas por el fuego, pero no logró privar a su torturadora de esa satisfacción.
El viernes se había enfrentado a Gus, pero Elliane no tenía fuerzas, ni ánimos. Fue un combate rápido que terminó con él renunciando a su premio.
—He venido a que me enseñen a ser un buen cazador de dragones, no a someter a mis compañeros —sentenció, para enfado de Foiles. Quiso convencerlo ofreciéndole todo el fin de semana de servicios de Elliane, pero él se mantuvo firme en su rechazo. Iba a resultar que no todos allí eran desechos humanos.
***
Liberada provisionalmente de aquella sufrida rutina, Elliane se derrumbó en la cama de su habitación el viernes por la tarde. Notaba la mirada de Dakota, pero no quería tragarse otra de sus conversaciones motivacionales.
—No creo que debas descansar, Ellie —comentó finalmente.
—Si quieres darme órdenes, gáname cuando te toque —replicó la francesa, con la voz amortiguada por la almohada.
—Eso es lo que pasará si no sigues entrenando —observó ella—. Creo que has mejorado estos días, pero es como si te faltara agresividad. No sé si en Francia es diferente de aquí, pero no puedes contenerte.
—No lo hago.
—Sí que lo haces —insistió Dakota—. Resulta irónico que sea yo quien te lo diga, cuando eres tú la que siempre me recuerda que aquí no se viene a hacer amigos. Tu técnica no es mala, sobre todo en el ataque, pero a la hora de la verdad, algo hace que te contengas.
Elliane guardó silencio. Hacía tiempo que ella también notaba que algo no iba bien. No era ninguna maestra en artes marciales, pero tampoco tenía el nivel mediocre que había demostrado esas tres semanas.
No estaba segura de a qué se debía. Sentía que el impacto que sufrió al matar a aquel hombre en Toulouse y, sobre todo, las consecuencias, habían cambiado algo en ella; como si su voluntad flaquease. Pero ¿cómo iba a desprenderse de esa losa?
—Tengo algo para ti —anunció Dakota.
Elliane desenterró la cara de la almohada y observó cómo su compañera rebuscaba en el arcón que tenía bajo la cama. Sacó tres libros que Elliane no tardó en reconocer: uno era su diario actual, cuidadosamente cerrado con unas cubiertas con huella dactilar; el segundo era una novela que había usufructuado en la biblioteca del pueblo, una multa que ya no tendría que pagar; por último, reconoció el libro de cuentos que llevaba siempre a todas partes, prácticamente lo único que conservaba de cuando vivían sus padres.
—Los escondí ayer, cuando Christine no miraba —explicó Dakota, tendiéndoselos.
Elliane se puso a temblar hasta que fue incapaz de contener el llanto ni el impulso de abrazar a Dakota. Era impropio de ella, pero esa larguirucha metomentodo había salvado lo único que le recordaba de dónde venía.
—Esto sí que no me lo esperaba —comentó Dakota, sorprendida.
—Soyez silencieux… —consiguió decir Elliane para que se callase.
Sus padres, ellos impulsaban su deseo por unirse al Pacto. El tío Louise había incentivado ese interés, claro, pero fue el asesinato de sus padres a manos de un dragiss lo que había puesto fin a su infancia con apenas seis años. Ese libro desgastado era el recordatorio que la ayudaba a seguir adelante, por muchos golpes que le diera la vida.
Se apartó de Dakota y se secó las lágrimas mientras se sentaba en su cama, con los libros en las manos. Tras lograr serenarse, miró con decisión a su compañera.
—A entrenar entonces.
***
Dakota juraba una y otra vez que no se había dejado ganar en uno de los duelos de práctica que hicieron durante el fin de semana. ¡Lo había conseguido! Aunque aún albergaba dudas, Elliane tenía más confianza que nunca esa mañana. Podía imponerse a quien le tocase.
Foiles anunció el nombre de Wade para el penúltimo enfrentamiento. Solo quedaban Elliane, Serenna y Sean como posibles rivales. Aunque le habría encantado ver a Serenna o a Sean dándole un repaso a aquel arrogante, Elliane estaba tan eufórica que prefería encargarse ella.
—Planiane… qué suerte has tenido —dijo Foiles, llamándola al centro.
«Menos mal...», pensó. Vérselas con los dos mejores luchadores del reemplazo habría sido el modo más rápido para destrozar su entusiasmo.
Wade también parecía complacido de no medirse a Serenna ni a Sean, aunque el duelo que tendrían ambos prometía ser tremendo.
El chico examinó a Elliane de arriba abajo con una sonrisa cínica.
—Ve despejando tu agenda de esta tarde —advirtió—, porque vas a tener trabajo.
—Ten cuidado —replicó ella—. A ver si lo que voy a despejar es tu tontería de un guantazo.
Hubo algunas risas entre los adeptos, pero no estaba segura de si era con o hacia ella.
—Dejaos de bravatas y colocaos —ordenó Jenkins, que iba a arbitrar el duelo.
Ambos estaban separados por escasos dos metros y medio, situados sobre las marcas que había en las colchonetas más grandes, que siempre se colocaban en el centro del gimnasio. Wade se despojó de la chaqueta del chándal, quedándose en camiseta de tirantes.
«Eso es un problema», pensó Elliane.
—¿Estás pensando en cómo vas a agarrarme? —preguntó Wade de sopetón.
Elliane abrió mucho los ojos. Había aprendido a hacer el agarre de judo con Dakota: cuello y manga. Pero una camiseta de tirantes no tiene mangas, y no sabía cómo hacer los movimientos en esos casos.
—Te hemos visto practicando este finde —explicó él—. El gimnasio está a la vista de todos. Si crees que me vas a pillar con el agarre ese que te enseñaba la jirafa… ¡Buena suerte!
—¡Cerrad el pico y empezad! —bramó Jenkins.
Wade se abalanzó sobre Elliane. Ella pudo fintar por instinto para zafarse de la embestida. Aprovechó el movimiento para lanzar una coz a la espalda del chico. Un impacto certero.
—¡Zorra! —gritó Wade, intentando sin éxito alcanzar la zona golpeada en el centro de su espalda.
Elliane colocó los brazos en guardia y comenzó a saltar sobre el sitio. Si el judo no era una opción, probaría con algo más ofensivo.
Esa actitud no gustó a Wade, que se lanzó contra Elliane haciendo zigzag. Era imposible discernir por dónde la atacaría. Lanzó un puñetazo directo al pecho de la chica. Ella pudo contrarrestarlo deteniéndolo con ambas manos.
Gracias al impulso del golpe, Elliane consiguió retroceder para alejarse del alcance de Wade. El chico jadeaba por el esfuerzo.
No podía desaprovechar ese cansancio. Elliane inició una lluvia frenética de golpes sobre Wade. Buscaba desestabilizarlo. Con suerte, abriría una oportunidad para ser derribado de espaldas. Ella se movía rápido, defendiendo como le habían enseñado Dakota y Sean, minimizando las opciones de ser golpeada.
«¡Vamos, vamos!»
Podía conseguirlo. Wade estaba agachándose ante la avalancha de puñetazos. Casi ninguno acertaba en el blanco, pero la rapidez de los ataques lo estaba abrumando. Un poco más abajo y podría darle una patada en el torso para tumbarlo. Esta vez era la vencida.
Hasta que dejó de serlo.
Elliane notó un fuerte tirón del pelo; el recogido en el que resguardaba su cada vez más larga trenza dorada se había soltado. La francesa interrumpió el ataque y trató de proteger su cabello. Wade aprovechó y la alcanzó de lleno en el abdomen con un puñetazo terrible.
Elliane se quedó sin aire. Notó cómo Wade la derribaba fácilmente, aprovechando el tirón del pelo para lanzarla contra el suelo.
La colchoneta la recibió una vez más, pero ella solo podía ver la mirada de condescendencia que le dedicaba Wade desde las alturas.
—Pues ya tienes sirvienta para esta tarde, adepto Wyatt —anunció Foiles, casi más satisfecha que el chico.
Los fantasmas volvían a asaltar a Elliane. Había dado lo mejor de sí y, pese a ello, había perdido. Quizá debería plantearse convertirse en archivista o algo así.
Vio una mano enorme tendida hacia ella.
—Lo tenías —murmuró Sean—. Has tenido mala suerte, Briand.
Reticente, aceptó la ayuda para levantarse. Sean era enorme para su edad, más de un metro ochenta; parecía un armario empotrado, pero llevaba siempre una cara de bonachón que contrastaba con el resto de su presencia.
—Es la única suerte que tengo últimamente… —suspiró ella.
—Creo que has mejorado mucho, incluso desde el miércoles —insistió él—. No te comas la cabeza —se dispuso a colocarse en su sitio para el enfrentamiento, pero se dio la vuelta—. Ah, y cuenta conmigo para entrenar si quieres… y si la Verduga no acaba conmigo.
El apodo le iba que ni pintado a Serenna, desde luego. Sean la había conseguido calmar con sus palabras, A pesar de estar a punto de enfrentarse a la mejor del reemplazo. Elliane se sentó, dispuesta a aprender de ellos.
***
Cuando las horas lectivas terminaron, Wade esperaba a Elliane a la puerta del pabellón de mujeres. Estaba apoyado contra la pared, con actitud despreocupada.
—Ya estoy aquí… —dijo Elliane, hastiada.
—Ya estoy aquí, «amo» —la corrigió él—. Conoce tu lugar.
Ella no se molestó en replicar. Cuanto más mostrara su incomodidad, más se esforzaría aquel imbécil en fomentarla.
—Vamos —ordenó Wade al ver que no obtenía respuesta—. Tienes una habitación que limpiar.
De «habitación» nada; aquello era una pocilga. Hasta el aire olía a rancio cuando entraron. Camas deshechas, ropa sucia, apuntes y trastos tirados por doquier. Elliane ni siquiera quería saber de qué eran algunos cercos de las sábanas y la pared.
—El cuarto del conserje está en el mismo sitio que en vuestro pabellón —explicó Wade—. Allí encontrarás las cosas de limpieza. Quiero la habitación como los chorros del oro.
—Pero las cosas de tu compañero… —empezó a decir Elliane.
—Las suyas también —recalcó él—. Foiles no especificó qué tipo de servicio tienes que darnos, ni lo limitó al ganador. Además, lo que hueles es cosa de ese cerdo de Aaron. Aprovecha que hoy está castigado antes de la cena y luego le toca servicio de friegaplatos. No andará dando por culo por aquí.
—Sí…
—¿Sí, qué? —preguntó él.
—Sí, amo…
Creía que limpiar el desván en casa de su tío había sido la experiencia más asquerosa de su vida, pero aquella habitación había abierto un universo de repugnancia totalmente nuevo. Por suerte, en el cuarto del conserje encontró unos guantes de goma para no tener que tocar nada.
Wade se pasó la tarde jugando en su cama con un smartphone. Parecía concentrado y no prestaba mucha atención a Elliane. Aunque aquello era denigrante, agradecía estar ocupada y que aquel idiota no le hiciese caso. Estaba cansada, pero ver los progresos en la limpieza, de algún modo, la animaba.
Pasaron un par de horas en las que Elliane hizo la colada, limpió suelos y paredes y dejó la habitación como si no hubiera dos puercos viviendo en ella. El sol se empezaba a esconder y las tripas de la joven protestaron.
—Se acerca la hora de cenar… amo —comentó.
Wade miró el reloj que había sobre la puerta.
—Cuando termines, iremos a cenar —dijo.
—Creo que ya está todo.
—Repasa bien bajo la cama de Aaron —ordenó—. Es un guarro, pero es un maniático de que sus cosas estén siempre donde las deja. Ya has movido de sitio muchas de las mierdas que tenía tiradas.
«Tienes la cara de ladrillo», pensó Elliane, segura de que muchas cosas eran de Wade. Como no podía negarse, inspeccionó los bajos de la cama. Colocó las tres maletas como estaban cuando inició la limpieza, o al menos como recordaba.
Escuchó a Wade levantarse y accionar el dispensador de agua que había en todas las habitaciones.
—Toma, anda —dijo. Elliane se volvió para encontrar al chico con un vaso de agua—. Para que no digas que tu amo no cuida de ti.
Le habría encantado tirarle el vaso a la cara, pero tenía la boca seca. No bebía nada desde que salió del gimnasio. Alcanzó el vaso y se lo llevó a los labios.
—¿Qué se dice? —preguntó Wade, irónico.
—Gracias… amo.
Elliane sintió el alivio refrescante en la boca. Luego enjuagó con cuidado el vaso en el dispensador y lo devolvió a la pequeña alacena que había justo al lado.
—Revisa el armario y, cuando termines, nos vamos —ordenó Wade.
La chica contaba los minutos para salir de allí. Se aseguró de que todo en el armario estuviera en su sitio; parecía otro en comparación con cómo se lo había encontrado.
Cuando examinaba los cajones, le sobrevino un fuerte mareo y se agarró a la puerta.
—¿Qué te pasa? —preguntó Wade.
—Nada —replicó ella, intentando enderezarse, sin éxito.
Las fuerzas le flaqueaban. No entendía por qué. La limpieza había sido dura, pero no especialmente agotadora. Quizá había entrenado demasiado durante los últimos días. Todo empezó a darle vueltas.
Notó cómo Wade la levantaba y la llevaba hasta su cama.
—Vamos, anda, que te vas a venir abajo en el mejor momento —comentó.
—No sé qué…
Elliane interrumpió la explicación cuando Wade acercó la cara a solo unos centímetros de la suya.
—Mejor así —dijo—. Aún tenemos unas horas antes de que venga Aaron.
—N'ose pas —replicó Elliane con un intento fútil de resistirse.
—Shhhh... —Wade la recostó completamente y se colocó sobre ella, presionando con su entrepierna—. Tuve una fantasía genial durante semanas después de tu castigo por las hormigas, pero no esperaba que Foiles te fuera a servir en bandeja de plata.
Podía oler su aliento y sentía el roce de los labios en los pómulos.
—N-no lo hagas —suplicó ella; una lágrima solitaria se escapó de su ojo derecho.
—Espero no haberme pasado con la dosis de tu agua, porque quiero que estés despierta mientras te convierto en mujer.
Elliane cerró los ojos mientras sentía las lágrimas brotar sin control. Apenas pudo moverse mientras aquel depravado le quitaba los pantalones. Creía que ya había tocado fondo, pero el Pacto siempre tenía preparado un infierno más bajo aún para ella.
CAPÍTULO 9
Era noche cerrada. El frío recordaba que la primavera aún no había alcanzado su ecuador, aunque había regalado varios días cálidos seguidos. Estaba oscuro, más que de costumbre. Las farolas no se habían encendido y solo se vislumbraba luz en las entradas de los edificios del Campo 13, el resto era pasto de sombras fantasmagóricas proyectadas por una tímida luna menguante.
Elliane consiguió abrocharse la chaqueta del chándal. Le temblaban las manos, pero no por la temperatura, que enfriaba y secaba sus lágrimas. Seguía mareada, aunque no tanto como para desorientarse. Ni tanto como para no huir a la menor oportunidad.
¿Cuánto había pasado? No quería descubrirlo. Salió tan rápido de la habitación que no miró el reloj. En cuanto recobró levemente los sentidos, aquel salvaje terminó y se despidió entre risas con un «hasta la próxima». Ella se afanó por vestirse y salió corriendo sin echar la vista atrás.
Habían destruido su orgullo, lo habían pisoteado sin piedad hasta que no quedó rastro alguno. No quería pensar, pero si cerraba los ojos, lo veía a él, riendo con lascivia. Se sentía sucia, incapaz de desprenderse de su olor... de su sabor. Pero lo peor de todo, lo que más la estaba haciendo sufrir, era que una ínfima parte de su ser lo había disfrutado. Era horrible no poder erradicar esa sensación, ni saber si desaparecería.
—¿Aún por aquí, Briand? —una voz grave la sobresaltó. De entre las tinieblas surgió la silueta del instructor Jenkins. Caminaba tranquilo, con un cigarro a medias en la boca—. Sí que te ha tenido ocupada ese holgazán.
Elliane quiso contarle lo ocurrido, pero los viles precedentes entraron en escena. Daba igual lo que le hicieran a ella: no era nadie en Estados Unidos. Gwen y Wade eran hijos de miembros poderosos y los instructores siempre se pondrían de su lado.
—Sí… —suspiró, apartando la mirada.
Jenkins escudriñó a Elliane mientras daba una larga calada al cigarro, luego escupió una gran voluta de humo que se desvaneció en la negrura de la noche.
—Has estado bien hoy, chica —dijo.
Lo que menos quería Elliane era ponerse a charlar.
—No lo suficiente.
—¡Tonterías! —exclamó él—. Has sido descuidada con el pelo, pero no te volverá a pasar. No uses solo una goma cuando vayas a combatir: afianza el recogido con horquillas para que no sea tan sencillo que se deshaga.
Elliane examinó la cabeza del instructor, donde apenas crecían unos milímetros de cabello.
—Que no te engañe la cabeza rapada, chica —añadió él al darse cuenta—: hace unos años tenía una señora cabellera, aunque no tan larga como la tuya.
Ella no quería hablar, pero dejó que Jenkins parlotease unos minutos sobre batallitas de sus días como adepto. Cuando apuró su cigarrillo, sacó una cajetilla, dispuesto a coger otro. Elliane miró un segundo filtro que asomaba del paquete.
—¿Me daría uno? —preguntó.
Jenkins enarcó las cejas.
—¡Pero si habla y todo! —comentó—. ¿Tú fumas?
—Me parece tan buen momento como cualquier otro para empezar…
Tan solo quería quitarse el sabor de Wade de la saliva.
Jenkins la miró con suspicacia.
—Antes de la guerra me habrían linchado por esto, pero ahora a todos se la suda si le damos a un crío un piti —dijo, acercándole la cajetilla, el cigarro asomando—. Pero mejor no te aficiones: no es bueno para el entrenamiento y te castiga el bolsillo.
—¿Y por qué fuma usted? —preguntó Elliane sin genuina curiosidad mientras sacaba el cigarro.
—Porque soy gilipollas —sentenció Jenkins, guardando el paquete y encendiendo su cigarrillo. Luego acercó el mechero para prender el de Elliane. Ella dio caladas cortas, como había visto hacer a su tío...
Y empezó a toser descontroladamente. Los pulmones rechazaban aquella invasión de nicotina.
—Tranquila, chica —dijo Jenkins—. Después de esto, o te enganchas o le cogerás asco.
—¿Cómo le, cof, puede gustar esto a, cof, nadie…? —consiguió articular Elliane.
—Ya te lo he dicho —recordó él tras una calada—: en mi caso, porque soy gilipollas. Recuerda que también estaba con tu instructora. Me acerco a todo lo que me hace daño.
Y todo volvió. Durante unos minutos, la desesperación se había aletargado, pero un pinchazo en la entrepierna fue imposible de ignorar.
—Debo marcharme —dijo, disimulando el dolor como buenamente podía.
—Claro —asintió Jenkins—. Buenas noches.
Elliane emprendió el camino hacia el pabellón de mujeres, ligeramente encogida por el dolor.
—Y sigue así, Briand —añadió el instructor—. Tienes que sacar lo que llevas dentro para partirles la cara a tus rivales.
No se volvió, no podía. Estaba llorando de nuevo. Alzó la mano y confió en que Jenkins aún pudiera verla. Ahora su boca sabía a cenicero, y era una mejora.
***
Había cosas que el agua no podía llevarse. Elliane llevaba más de veinte minutos bajo la ducha, pero no encontró la paz que los baños vacíos le brindaron en otras ocasiones. Se había enjabonado por cuarta vez y dejaba que el chorro la aclarase. Ya no quedaba sudor que limpiar, ni restos de sangre, pero seguía sucia.
No podía más. Se dejó caer lentamente, deslizando la espalda por la pared de azulejos hasta quedar sentada en el suelo de baldosas; luego hundió la cabeza entre las rodillas y se la cubrió con ambos brazos. El agua seguía cayendo, camuflando las lágrimas.
Había soportado dos años de vejaciones, pero aquello era demasiado. Y no podía huir. Clayton no bromeaba en la Aceptación: quien se inicia en el Pacto, forma parte de la hermandad hasta la muerte. Ir al pueblo y jamás regresar era una opción, pero no tardarían en dar con ella. El Pacto tenía ojos en todas partes menos en Azumaz, y prefería morir a buscar refugio entre los adoradores de dragones.
Elliane era incapaz de encontrar lucidez. Por muy mal que fueran las cosas, siempre hallaba el modo de perseverar. Pero no aquella noche. Las imágenes no dejaban de regresar: los manoseos, amenazas susurradas, el dolor y ese supuesto placer que seguía sin evaporarse. Se odiaba a sí misma por ello.
—¿Ellie? —la voz de Dakota hizo que alzase la cabeza. Su compañera la miraba desde la entrada a las duchas. Confiaba en no haber hecho ruido al coger las cosas para ducharse, pero no fue así.
—¡Déjame! —espetó, incapaz de detener el llanto y hundiendo de nuevo la cabeza entre las piernas.
Era consciente de que pedirle eso a Dakota era inútil. El sonido de sus pasos acercándose lo confirmó.
—Dios mío, Ellie —dijo—, ¿qué te pasa?
—Déjame, por favor… —Elliane no levantó la cabeza esta vez.
—¿Cómo te voy a dejar así? —insistió Dakota—. ¡Ellie, mírame!
—¡He dicho que me dejes! —gritó Elliane, desenterrando la cara, pero incapaz de camuflar con furia su sufrimiento.
Dakota se asustó, pero pronto serenó el rostro y se plantó con decisión.
—No.
Elliane intentó empujarla, pero no cedió. Estaba empapada de pies a cabeza, pero no se movió de delante de ella.
—Por favor, vete… —suplicó Elliane, casi sin fuerzas.
Dakota alzó la mano y cerró el grifo, dejando un incómodo silencio interrumpido únicamente por el goteo remanente y los sollozos de Elliane.
—No voy a dejar que te tragues lo que te haya dejado así —dijo Dakota, sentándose con las piernas cruzadas—. Estoy harta de verte sufrir.
Elliane se fundió en un abrazo con su compañera. Temblaba y tenía hipo de tanto llorar, pero Dakota la reconfortó envolviéndola entre sus brazos.
—M-me… —intentaba decir Elliane—. Me, m-me…
Intuía que Dakota ya sabía cómo terminaba aquella frase; la fuerza con la que apretó el abrazo era un claro indicativo.
—Suéltalo, Ellie —le susurró—. Te prometo que ayuda.
—¡M-me ha violado!
Elliane hundió el rostro en el hombro de su compañera, que no la soltó. Se quedaron allí, solas, abrazadas sobre el frío suelo de baldosa. Lloraba desconsolada, mientras Dakota le devolvía un atisbo de dignidad.
***
—Tienes un pelo increíble, Ellie —se fascinó Dakota, cepillando la larguísima melena dorada—. ¿Cuánto llevas sin cortártelo?
—Salvo para sanear las puntas, desde los cinco años —respondió Elliane, relajándose con el tacto del cepillo.
No estaba mejor, pero poder desahogarse la había ayudado muchísimo. Se tomaron un rato para regresar a la habitación, donde Dakota se ofreció a reconstruir la trenza característica de Elliane. Salvo su madre y su tío, nunca había dejado a nadie que la peinase; había aprendido a hacerlo ella sola. Pero había bajado por completo las defensas con aquella larguirucha.
Notó cómo Dakota recogía su mata de pelo en una coleta desde la que daría forma a la trenza.
—No puedes dejar que esto quede así —murmuró—. Lo sabes, ¿no?
—No hay nada que pueda hacer —lamentó Elliane, mirando al suelo.
Dakota no dijo nada, pero empezó a rumiar algo.
—Foiles está loca —continuó la francesa—: es capaz de hacer que mi castigo por perder sea ese siempre. Esa sádica lleva deseando hacerme sufrir desde el primer día.
—¿Y Clayton y Worton?
—¿Los que le lamen el culo a esa zorra de Gwen por su papaito? —preguntó irónica Elliane—. Ese cerdo también tiene familia bien colocada, por si no has notado cómo nunca termina castigado.
Dakota interrumpió la creación de la trenza para situarse delante de Elliane y presionarla con mirada consternada.
—No puedes dejar que ese violador se salga con la suya.
—Lo único que puedo hacer es desaparecer…
Su compañera la agarró de las manos y se acuclilló.
—Estarías huyendo toda tu vida. Siempre mirando atrás, sospechando de todo y de todos, sabiendo que te has convertido en una presa para el Pacto por traidora.
—Traición… —suspiró Elliane—. Deja que te cuente algo. Mi familia forma parte de la hermandad desde las Cruzadas, hace casi mil años, aunque en este país de patanes parezca no importar.
Lanzó una mirada recelosa a Dakota, temiendo haberla ofendido. Ahora le preocupaban esas cosas.
—Aún hay gente que no sabría señalar Francia en un mapa, aunque viniera marcado con la bandera —dijo con una sonrisa—. Yo sí sé, así que no me considero una patana.
—Los Briand han servido con lealtad a la hermandad desde mucho antes de que existiera ningún capítulo en este continente. Pero aquí se me trata peor que a un perro callejero —la congoja regresó—. Se me trata como a una… una…
Dakota le apretó las manos.
—¡Por eso no puedes dejar que ganen ellos! —dijo, antes de volver a ponerse manos a la obra con el trenzado—. No solo por lo que te han hecho vivir, sino para proteger tu legado.
—¿Y qué sugieres que haga? Hasta cuando todos decís que lucho bien, terminan venciéndome.
—Él estaba a punto de caer —observó Dakota.
—Ahora me dirás que, si me recojo el pelo, seré una máquina imbatible —replicó Elliane, rememorando las palabras de Jenkins y Sean.
—No sé si imbatible, Ellie, pero no tendrás un punto débil que tus rivales puedan aprovechar —señaló unas tijeras que descansaban dentro del neceser—. O te lo puedes cortar.
Elliane podía haber tocado fondo, pero su cabello era sagrado.
—No digas eso ni en broma —masculló.
—Vale, vale —la tranquilizó Dakota—. A mí también me daría pena si tuviera este pelazo. Pero tienes que hacer algo.
—Jenkins dice que lo afiance con horquillas.
—No sé si preguntarte dónde las usa él…
Aquella broma estúpida casi la hace sonreír, pero el dolor que reprimía arrastraba cualquier atisbo de alegría.
—Por lo visto, antes tenía el pelo largo —aclaró.
—Si yo hubiera salido con Foiles, también me quedaría calvorota.
Dakota lo intentaba, pero Elliane era, sencillamente, incapaz de reír.
—Esas horquillas que tienes en el estuche son cortas —añadió.
—Pues va a ser una semana larga hasta que pueda comprar alguna mejor.
—No tiene por qué.
Su compañera volvió a interrumpir el trenzado y abrió el arcón de debajo de su cama. Era sorprendente la cantidad de cosas que había guardado allí desde que lo compró en el pueblo. La chica rebuscó un rato hasta sacar un pequeño estuche rojo de madera. Al abrirlo, mostró un par de preciosos alfileres coronados con mariposas; una tenía las alas rojas, la de la otra eran azules.
—Eran de mi abuela —dijo, ofreciéndoselos a Elliane—. No sé por qué los traje, nunca los uso. Pero ahora veo que todo tenía sentido.
—Son muy bonitos…
—¡Y antiguos! —destacó Dakota, retomando el trenzado—. De cuando las cosas se hacían para durar, como dice mi padre.
Elliane observó los accesorios: ciertamente eran robustos, de unos siete centímetros de largo, sin contar la mariposa, y con una esfera que se ajustaba al extremo para cubrir la punta y evitar pinchazos.
La trenza tardó un rato en estar lista, pero Dakota hizo un gran trabajo. La punta ya caía por debajo de los glúteos de Elliane, que no tenía pensado detener su crecimiento. Entre ambas, recogieron lentamente el cabello en un moño sólido con ayuda de un par de gomas. Dakota lo afianzó con los alfileres para ver cómo quedaba y le mostró el resultado.
—Sacude la cabeza todo lo que puedas —ordenó—. Muévete como si luchases, para ver si resiste.
Y resistió. Elliane notó cómo el recogido se mantenía en su sitio incluso tras sacudirse contra la almohada.
—Es perfecto.
—Tienes que darles la paliza de sus vidas, Ellie —la animó—. No me separaré de ti para que no te puedan arrinconar cuando estés sola.
—No quiero que te metas en problemas por mí.
Dakota retiró los alfileres y las gomas y la trenza volvió a caer.
—Quizá me haya expresado mal, pero no estoy pidiendo permiso para ayudar a mi amiga.
Estaba claro: lo que tenía de buena persona, lo tenía de idiota. Quería meterse en una lucha que ni le iba ni le venía. Sin embargo, Elliane notó calidez, algo que necesitaba desesperadamente tras la peor noche de su vida desde la que le anunciaron la muerte de sus padres.
CAPÍTULO 10
«¡Lo saben! ¿Cómo?» Elliane no tardó en atar cabos: Wade, Gwen y las chismosas de sus secuaces. Las miradas venían acompañadas de sonrisas burlonas. Los chicos la miraban como a un trozo de carne; las chicas cuchicheaban entre risas, como si el tormento que Elliane sufrió la noche anterior fuera un chiste.
Fue la comidilla durante el desayuno y continuaba siéndolo mientras el reemplazo se dirigía al gimnasio para otra sesión de duelos.
Christine pasó por su lado, chocando deliberadamente su hombro contra Elliane.
—Zorrón —murmuró sin detenerse.
—¿Qué has dicho? —intervino Dakota, que no se había separado de Elliane en toda la mañana.
—He dicho perdón —respondió Christine, dándose la vuelta envarada.
—No te lo crees ni tú —replicó Dakota.
—Deberías cuidar mejor con quién te juntas, gigantona —advirtió la chica, entrecerrando los ojos—, o acabarás como ella.
—Es mejor que ser una lameculos de esa creída de Richards.
—¿A quién llamas creída, doña nadie? —la voz de Gwen se alzó desde detrás de Elliane y Dakota. Pasó entre ellas y flanqueó a Christine.
—Sois un veneno para este reemplazo —afirmó Dakota, sin amedrentarse.
Gwen la despreció con una mirada condescendiente.
—Pues si tú quieres terminar la formación en una caja de madera, lo estás haciendo genial —centró su atención en Elliane—. A tu amiga le han encontrado otro uso.
—¿Cómo te atre…? —Dakota no pudo terminar.
—¡Id entrando, que es para hoy! —bramó Foiles desde la entrada al gimnasio con su característico mal humor matinal.
Las abusonas se adelantaron, cuchicheando y riendo cada vez que se volvían hacia ellas.
—No deberías meterte... —murmuró Elliane.
—Te dije que no estarás sola —recordó Dakota.
Vuelta a la rutina de siempre: el reemplazo colocó las colchonetas en el gimnasio, con las dos más grandes, marcadas para los contendientes, en el centro. Luego tomaron asiento mientras Foiles preparaba el sorteo de encuentros.
El día iba de ajustes de cuentas. Dakota fue emparejada con Christine y tendría ocasión de continuar su discusión. Elliane iría justo después y se las vería con Melinda, cuya crueldad no había hecho más que acentuarse en las últimas semanas.
A Christine se le acabó la tontería en cuestión de segundos. Dakota no se contuvo y le asestó varios golpes demoledores. Un gancho directo a la cara dejó a aquella odiosa segundona fuera de combate.
«¿Quién es la zorra ahora?», pensó Elliane, colmada de satisfacción ante semejante espectáculo.
Dakota volvió a su sitio con una amplia sonrisa.
—Ahora te toca a ti darles una tunda —animó a Elliane.
La francesa no las tenía todas consigo. Melinda no iba a ganar ningún premio por su intelecto ni era la mejor combatiente, pero le sacaba una cabeza y era sobradamente más corpulenta.
—¿No prefieres rendirte ya, Planiane? —preguntó desafiante al colocarse en el centro—. Estarás cansada tras lo de anoche.
Hubo risas entre los adeptos. Las tormentosas imágenes volvieron a asaltar a Elliane, que retrocedió un paso inconscientemente.
—A tu sitio, Briand —ordenó Jenkins, que arbitraría el combate.
Ella recuperó la posición, pero seguía distraída entre tanto cuchicheo.
—Lo alucinante es que haya podido sentarse —se escuchó a Wade, provocando varias carcajadas.
El vigor abandonaba a Elliane. Cuando volvió en sí, Melinda se abalanzaba sobre ella. Pudo fintar a tiempo para evitar la embestida, pero no el agarre del brazo izquierdo con el que aquella bruta casi zanja el combate por la vía rápida.
Elliane se revolvió mientras Melinda tiraba de la chaqueta del chándal hacia abajo. Logró liberarse de la prenda, quedándose en camiseta de tirantes. Se apartó unos cuantos metros para tomarse un respiro y, lo más importante, concentrarse.
Melinda no cargó de inmediato. Miró la chaqueta de Elliane y se la lanzó a Wade. Él se la llevó a la cara e inspiró profundamente.
—¡Aún huele a mí! —se burló.
Otro estallido de carcajadas ahogó a Elliane en un mar de burlas.
—¡Silencio! —rugió Jenkins.
—¡No te desconcentres, Ellie! —animó Dakota.
Tenía razón. Era una jugada sucia para que perdiera el espíritu combativo, el poco que le quedaba. Se sentía asqueada y humillada, pero podía usar esos sentimientos para algo que no fuera hundirse en un pozo de autocompasión.
Cogió cada insulto, cada ataque, mofa y vejación que había sufrido en esos dos años, y los concentró en sus puños. Las herramientas para someterla se convertirían en instrumentos de su venganza.
Y Elliane atacó.
Melinda aún se pavoneaba cuando el primer puñetazo le impactó de lleno en el pecho. Se quedó sin aire. Le siguió un izquierdazo en la cara, no tan contundente como Elliane habría querido. El siguiente fue con la derecha, directo a las costillas. Ese sí tuvo que doler.
A duras penas, Melinda pudo alzar la defensa para reducir el castigo. Elliane no se detuvo: encadenaba golpes tan precisos como podía. La mayoría alcanzaban a su contrincante en los brazos o erraban, pero algunos eran certeros e impactaron en el torso y la cabeza.
Parecía un déjà vu del combate con Wade, pero esta vez no iba a quedar vulnerable por culpa de su cabello.
Cada golpe la acercaba un poco más a la victoria. No se conformaba con tumbar a Melinda: quería destrozarla. Caería ella sola cuando la noquease. Si no se agotaba antes.
Detectó una apertura en las defensas de Melinda. Si atacaba por abajo, alternando los puñetazos con una fuerte patada, y acertaba con la suficiente fuerza…
Era una trampa.
Cuando Elliane se concentró en las piernas, Melinda emergió aprovechando tamaño. Golpeó brutalmente el rostro de la francesa, lanzándola hacia atrás, aunque consiguió mantener el equilibrio a duras penas.
Melinda cargó contra ella ciega de ira. Las manos de aquella bruta aferraron a Elliane por los hombros. Después empujó, haciendo valer su mayor peso y tamaño. La francesa comenzó a caer de espaldas, directa a otra derrota, otra humillación. Todos los consejos y entrenamientos habían sido para nada.
O no.
Tuvo otro déjà vu, pero este era diferente. Inconscientemente, flexionó la pierna derecha contra su pecho y colocó el pie sobre la cadera de su rival. Mientras, agarró la chaqueta de Melinda, tal y como Dakota le había enseñado. La espalda de Elliane cayó contra la colchoneta, pero no por acción de Melinda; ella así lo quiso. Hizo que la fuerza y el peso de su rival jugasen en su favor y la lanzó por los aires cuando estiró la pierna.
Un golpe seco anunció su victoria, la primera.
Melinda se quejó. Había impactado de lleno con la espalda. Elliane había ganado con todas las de la ley. El corazón le sacudía el pecho y tardó unos segundos en comprender que no estaba soñando.
—¡Vencedora, Briand! —declaró Jenkins.
El desconcierto atrapó a los presentes mientras ella se incorporaba. Tampoco daban crédito a que Elliane hubiera ganado tras casi un mes de derrotas consecutivas.
Pero así había sido, y era hora de reclamar su premio.
—Esta tarde te va a tocar trabajar —advirtió a Melinda.
—¿De qué hablas? —la voz de Foiles quebró su momento triunfal.
Elliane se giró hacia la instructora.
—He ganado. Tiene que servirme toda la tarde —recordó.
La humillante sonrisa de Foiles no anticipaba nada bueno.
—Quien se somete cuando pierde eres tú, gabacha —dijo—. Los demás no son tan fracasados como para necesitar ese incentivo. Has ganado una vez, felicidades. Te quedan como siete victorias para empatar con el penúltimo.
—¡Eso no es justo! —protestó Dakota.
Foiles la fulminó con la mirada.
—Yo soy la justicia aquí, jirafa —masculló—. Y ya que sacas el tema: has hablado cuando Jenkins ordenó silencio. A ver si pasar el resto de la semana cumpliendo castigo te enseña a obedecer.
—¿Entonces ya no tengo que servir a quien me gane si vuelvo a perder? —preguntó Elliane, tratando de desviar la atención para que Dakota no terminase peor parada.
—Claro que sí —recalcó Foiles—. Solo has ganado un combate, y de chiripa. Cuando dejes de ser tan penosa, dejarás de ser un pobre premio de consolación.
Quería seguir discutiendo, pero notó cómo tiraban de su camiseta. Dakota la apartó y ambas regresaron a su sitio para que los combates continuasen. Les tocaba a Jake y Sean.
—No amarguemos más este momento —susurró—. Disfruta de tu victoria, Ellie. Seguro que es la primera de muchas.
Era asombroso el autocontrol que tenía Dakota. Entrar al trapo con Foiles era la cosa más fácil del mundo, aunque siempre se perdía. Ella ya estaba pagando el precio por apoyar a Elliane: cinco días de castigo. Sin embargo, no le reprochó nada, ni siquiera para desahogarse.
«No hay quien entienda a esta tía».
***
Se podía escuchar a Dakota masticar con furia el sucedáneo de cereales que tenían para desayunar. Aquella mañana acompañaba a Elliane y Serenna en la mesa, como en otras ocasiones, pero ni siquiera rompió la regla del silencio para dar los buenos días. Foiles la tuvo cumpliendo castigo hasta la madrugada, uno especialmente cruel para ser el primero que le imponía.
—Qué bien se te da correr en pelotas, Gracey —se mofó Gwen desde detrás de las espaldas de Elliane.
Dakota dejó de masticar y la miró rabiosa.
—No siempre vas a poder esconderte detrás de tu padre —advirtió—. Lo sabes, ¿no?
Elliane no se giró, pero notó cómo Gwen se envaraba.
—No se te ocurra hablar de mi familia como si supieras algo, guarra —masculló—. Está bien que vivas con Planiane. Eres tan bocazas que vas a terminar como ella. Sois tal para cual.
Elliane no tenía ganas de aguantar más tonterías. Apartó bruscamente la silla de la mesa, haciendo que chocase con Gwen y volcando la bandeja con todo su desayuno. El estruendo reclamó la atención de todos.
—¿Qué coño haces, puta? —rugió la abusona, empujando con fuerza a Elliane contra la mesa, que se estremeció por el golpe.
La francesa se dio la vuelta, desafiante.
—Como no te callabas, he pensado que no tenías hambre.
Gwen se puso roja y parecía dispuesta a enzarzarse en una pelea con Elliane.
—Disculpad… —que Serenna hablase era tan infrecuente que ambas la miraron desconcertadas. Contemplaba sus cereales: algunos derramados sobre la bandeja tras el golpe contra la mesa—. Estáis interrumpiendo mi desayuno.
—Pues ponte en otro sitio —ladró Gwen.
Solo hizo falta una mirada de Serenna para que la muy insensata se diera cuenta de que acababa de hablar de más. La silenciosa joven seguía invicta y casi todos habían comprobado sus habilidades de combate en primera persona. De hecho, Elliane pensaba que se contenía.
Gwen no dijo nada más: se apartó en silencio sin mirar atrás.
—Ha sido culpa mía —murmuró Dakota—. Perdona.
Serenna siguió desayunando sin pronunciar una sola palabra más. Su disciplina espartana fascinaba a Elliane. Dakota miró a la francesa, que le indicó con un gesto que no hablase más. El silencio era sagrado en aquella mesa.
***
—Esto va a ser interesante: Richards contra Briand —anunció Foiles durante el sorteo, regodeándose al dirigirse a Elliane—. A ver cómo se te da enfrentarte a ella sin hormigas.
—El maestro Worton dijo que tras el castigo no habría más represalias ni reproches —recordó Elliane.
—Cuéntaselo a quien le importe —masculló la instructora—. Al centro… ¡Ya!
Aunque a Elliane aún le duraba el subidón anímico de su victoria del día anterior, Gwen era mejor luchadora que Melinda. Era más delgada y casi igual de alta que la francesa. Se pasaba el día pavoneándose, pero ni siquiera estaba entre los cinco mejores del reemplazo. Claro que Elliane era la última y no estaba para cantar victoria tan alegremente.
Gwen salió al centro mientras se despojaba de la chaqueta del chándal. Los médicos habían hecho un trabajo fantástico con las heridas de la cara, pero aún tenía marcas del ataque de las Ecihotnia en el resto del cuerpo.
Foiles dio por comenzado el combate, pero ninguna atacó. Comenzaron a trazar un semicírculo con el que mantenían la distancia. Se observaban, midiendo a su rival en busca de puntos débiles, tomándose su tiempo. Gwen descargaba sobre Elliane un profundo odio con la mirada, algo que ella estaba más que dispuesta a devolverle.
—El objetivo es tumbar a la contrincante, no dormirnos a todos de aburrimiento —protestó Foiles con hastío.
Habían completado media vuelta y se encontraban en la posición de partida de su rival. Elliane dio un paso al frente, dubitativa. Gwen alzó sus brazos en posición defensiva, anticipando un ataque. Cubría bien sus flancos, sin desatender el frente. Costaba encontrar un punto para iniciar la ofensiva.
Elliane hizo ademán de caminar en círculos de nuevo. Cuando Gwen fue a imitarla, fintó para atacar por su costado menos protegido. El puñetazo fue desviado con un movimiento contundente de Gwen. Elliane no cejó y trató de conectar un segundo golpe.
Gwen no era como Wade o Melinda: no se limitó a defender. Tras esquivar el segundo ataque, lanzó un izquierdazo que Elliane no pudo evitar. Fue un golpe leve en el hombro. Gwen era diestra, por suerte.
El combate se sumió en un intercambio de golpes poco precisos e intentos de agarre. Elliane casi lo consigue, pero Gwen la zancadilleó y casi logra ganar el combate por casualidad. La francesa consiguió recuperar la postura girando sobre sí misma. Cuando le dio la espalda, aprovechó para lanzar una coz para apartar a su oponente.
Falló.
Antes de que pudiera enderezarse, Gwen la agarró por la pierna y la tiró al suelo. No estaba boca arriba: seguía en el combate. Mientras se resistía a darse la vuelta, pataleó con la pierna que tenía libre, la izquierda, y notó cómo su talón impactaba con algo. Gwen la soltó de inmediato con un grito.
—¡Maldita perra! —vociferó.
Elliane se incorporó y comprobó que aquella víbora se cubría la cara.
«Los cirujanos de tu papaito ya tienen más trabajo».
Fue imposible para ella ocultar una sonrisa de satisfacción. Lo que hizo que Gwen se enfureciera todavía más.
La abusona cargó, pero no de forma desbocada, como hizo Melinda. Gwen no era estúpida, eso había que reconocerlo. Lanzó varios ataques que no iban al rostro ni a la cara, sino a las articulaciones. Recibir un mal golpe podría suponer una lesión.
Eran ataques prohibidos, claro, pero sabía que las normas no se aplicaban igual para Gwen. Si fuera ella quien intentase esos movimientos, ya habría sido amonestada.
Defendió como pudo codos y rodillas, los puntos donde Gwen se centraba mientras alternaba puñetazos y patadas. Parecían patos peleando. Un impacto cerca de la rótula dolió tanto que hizo perder la concentración a Elliane. Gwen aprovechó para asestarle un puñetazo en el pecho que la dejó sin aire.
Elliane retrocedió jadeando. Intentó recuperar la defensa, pero Gwen recortó distancia rápidamente. La agarró por la chaqueta, dispuesta a derribarla con una zancadilla. Elliane se cubría el pecho por instinto e hizo fuerza con las piernas para resistir. Sin embargo, tuvo tan cerca la cara de Gwen que no pudo resistir la tentación. Cerró los ojos y le asestó un cabezazo con las fuerzas que le quedaban. Notó cómo algo crujía donde había impactado la frente.
El golpe no solo detuvo el ataque de Gwen, la hizo retroceder renqueante, la nariz sangrando profusamente. Los hilos de color escarlata saltaban sobre sus labios carnosos y descendían por la barbilla.
—¡Alto! —exclamó Foiles—. Fin del combate. Planiane descalificada por movimiento prohibido.
—¡¿Qué?! —Elliane no salía de su asombro.
—Que has hecho trampas —reiteró la instructora.
—No me jodas, Foiles —intervino Jenkins—. Llevas un rato permitiendo que Richards haga ataques ilegales y no has dicho ni mu.
La instructora miró a su compañero con cara de pocos amigos.
—Son mis adeptas: yo dicto las normas.
—¡Y una polla! —replicó Jenkins—. Yo también soy instructor de este reemplazo. Me tienes frito con tus manías selectivas de todos los años. Si Richards no puede seguir, será combate nulo.
A Elliane le valía: no era una derrota. Y ver sangrar a aquella arpía como una gorrina era mejor que una victoria. El dolor en la frente también merecía la pena.
—Zeguidé —anunció Gwen, intentando sin éxito frenar la hemorragia.
—Así no puedo dejarte luchar —contravino Foiles.
—Dame algo pada que deje de zangdadme la nadiz —pidió la adepta.
Foiles dudaba claramente.
—Puedo esperar a que pare de sangrar —dijo Elliane. Ni siquiera ella entendía por qué, pero le embargaron las ganas de ganar el combate. Podía haberse librado de aquella desgraciada por un día, pero vencerla podría dejar las cosas: ella era superior.
No había respeto en la mirada que le dedicó Gwen, sino rencor.
Jenkins prestó primeros auxilios a la adepta mientras Foiles arbitraba otros enfrentamientos para no perder tiempo. Pasado un rato, la nariz de Gwen dejó de sangrar y pudieron retomar el combate. Elliane también recuperó algunas fuerzas.
Las chicas volvían a estar frente a frente. A Elliane aún le dolía la frente; seguramente le saldría un chichón, pero su rival tenía la nariz cubierta con algodones y protegida con varios esparadrapos.
«Tengo que aprovecharlo».
Era una oportunidad que no se repetiría: Gwen no podía respirar bien y eso le brindaba una ventaja invaluable.
Cuando Foiles dio por reiniciado el combate, Elliane no esperó. Con tres zancadas, recortó la distancia con Gwen para derribarla con unos cuantos golpes rápidos de los que no pudiera defenderse en su estado.
Ese era el plan, al menos.
Gwen no le dio tiempo a ejecutarlo. Cuando se plantó delante de ella, dispuesta a fintar para atacar su costado, lanzó un golpe demoledor contra el cuello de la francesa. No, no era un golpe: era un agarre. La tenaza se cerró en torno al cuello de la sorprendida Elliane. Aprovechó la incertidumbre para situarse detrás de ella y envolver entre los brazos su cabeza.
Elliane notó un fuerte golpe en el reverso de la pierna, postrándola de rodillas. Opuso toda la resistencia posible para no caer tumbada. Gwen aún le sujetaba la cabeza, con la tenaza bien prieta en el cuello, oprimiendo cada vez más, cortándole la respiración.
—Díndete —le susurró al oído, la dicción aún afectada por la nariz taponada.
Elliane trató de zafarse, pero estaba claro que esa sádica sabía lo que estaba haciendo.
—Díndete —repitió Gwen—, o te padto el cuello y digo que ha zido un accidente… Díndete, zodda.
Por un instante, Elliane pensó que era un farol, hasta que sintió cómo Gwen colocaba la mano izquierda en posición para realizar un movimiento que, sin duda, quebraría su cuello. La falta de aire la había dejado sin fuerza y apenas podía resistirse.
Tres golpes en la colchoneta pusieron fin al combate.
—Ve dezando lo que zepaz —advirtió Gwen con un último susurro antes de liberarla.
CAPÍTULO 11
ATENCIÓN
Este capítulo incluye una escena que puede herir la sensibilidad de algunos lectores.
El olor a humedad en el aire y las nubes oscuras que asomaban por encima de las colinas que arropaban el Campo 13 anunciaban tormenta. Elliane sintió un escalofrío, pero no estaba segura de si se debía a la caída de la temperatura o a la certeza de que le aguardaba una tarde horrible. Se abrochó la chaqueta del chándal y cerró la ventana de la habitación; no quería seguir contemplando cómo Dakota sufría el castigo de Foiles.
«Aquí premian por pisotear a los demás», pensó, incapaz de explicarse cómo la bruja de Foiles había sido admitida para ser instructora.
Elliane pudo disfrutar de un rato de tranquilidad mientras a Gwen la atendían en la enfermería. Albergaba la esperanza de haberle roto la nariz durante el duelo y que tuvieran que llevársela al hospital. A ella aún le dolía la frente por el cabezazo que le había asestado por la mañana.
«Ha merecido la pena por verla sangrar», se regodeó.
Su momento de paz tocó a su fin cuando aporrearon la puerta. Mientras se le formaba un nudo en el estómago, Elliane se acercó para abrir. En el pasillo esperaba Gwen con mirada retadora; tenía toda la nariz y parte de la cara cubiertas con un vendaje más elaborado que el que improvisó Jenkins durante el combate. No le rompería la nariz, pero se iba a acordar de ella durante varias semanas.
—Nos vamos —masculló Gwen. Aún tenía alterada la dicción, pero mucho menos que tras el combate—. Y ponte esto.
Elliane se envaró al ver la correa que pendía de la mano de la abusona.
—No soy una perra —murmuró.
—Claro que lo eres —replicó Gwen—. ¡Póntela... ya!
A regañadientes, Elliane abrochó el collar de piel sintética en torno a su cuello. Gwen lo examinó y apretó la correa tanto que la privó de aire momentáneamente. Si aquella loca perdía los estribos, podía asfixiarla.
—Andando, perra —ordenó, dando un fuerte tirón.
Elliane había intentado de todo contra Gwen, pero ella siempre se salía con la suya. Estaba desesperada y demasiado agotada como para darle guerra. La siguió al exterior a paso perezoso, deseando que la tarde pasase rápido.
En el patio había un gran grupo de adeptos presenciando el castigo de Dakota. Como siempre, Foiles la obligaba a correr desnuda, una rutina que Elliane conocía demasiado bien: casi podía sentir el frío que debía estar experimentando su compañera.
Gwen tiró de Elliane en dirección al edificio principal. La francesa dudó por un instante si le tocaría cubrir el turno de friegaplatos, pero su reemplazo acababa de completar la ronda y pasaría un tiempo antes de que volviese a ellos.
Dakota interrumpió su carrera cuando pasó junto a ellas.
—¿Adónde vais? —preguntó, ignorando los silbidos y mofas de los adeptos más babosos que había en el patio.
—Sigue corriendo, metomentodo —espetó Gwen—. Se te va a enfriar la almeja.
—Y a ti te va a quedar una máscara genial para competir en lucha libre —replicó Dakota, aludiendo al aparatoso vendaje facial.
Gwen fue a encararse con la chica, pero los bramidos de Foiles desde la entrada del pabellón de mujeres la cortaron:
—¡Jirafa! ¿Quién te ha dicho que pares? Ponte a correr ahora mismo y suma dos días más de castigo para pasarlos conmigo.
Dakota negó con resignación, su tez pálida hacía difícil distinguir el sudor, pero el cabello se le pegaba a la cara y los hombros. Reanudó la carrera para no ganarse más ampliaciones del castigo.
Elliane quiso gritar para darle ánimos, pero Gwen tiró de nuevo de la correa y la obligó a caminar.
—Tienes trabajo que hacer, perra —declaró—. Ni se te ocurra remolonear con tu amiguita.
Avanzaron pocos metros cuando la voz de Dakota resonó a sus espaldas:
—¡No dejes que esa arpía gane, Ellie!
«No tiene remedio...», pensó, incapaz de esconder una sonrisa con la que las mofas de los adeptos se hicieron más llevaderas. Aunque el espectáculo seguía siendo Dakota, algunos adeptos también se burlaban de Elliane, profiriendo ladridos. No había nadie de su reemplazo presente, lo que era raro para esas horas.
Los nervios se apoderaron de Elliane cuando se percató de que no iban al edificio principal. Gwen tiró de ella hacia el fondo del patio, donde solo había otro edificio: el pabellón de los chicos.
«No...»
Se detuvo, atenazada por el miedo, temblorosa. No quería volver a ese lugar nunca más. Las imágenes que no conseguía olvidar regresaron, haciéndole revivir la pesadilla de dos días atrás.
Gwen tiró con tanta fuerza de la correa que empezó a ahogarla.
—¡Vamos! —gritó.
—No, por favor… —suplicó Elliane con un hilo de voz. Avanzó algunos pasos para poder respirar, mientras aguantaba las ganas de echarse a llorar de impotencia.
Una sonrisa sádica se dibujó en el rostro de Gwen.
—Eres mía esta tarde, perra —masculló—. Camina o termino lo que no acabé en el combate.
Gwen fue tirando gradualmente de la correa, apretando cada vez más el collar hasta que Elliane avanzó por necesidad.
Entraron en el pabellón y empezaron a recorrer el largo pasillo con solo los sollozos de Elliane rompiendo el silencio.
—No me hagas esto…
—Yo no te voy a hacer nada —aclaró Gwen—, pero voy a darles la oportunidad a otros de que sí lo hagan. Todo lo que quieran.
No podía dejarse llevar cual ganado al matadero. Elliane se detuvo en seco y sujetó la correa para que Gwen no pudiera asfixiarla.
—Esto no te lo van a permitir… —advirtió, desafiante.
Taimada, Gwen retrocedió y le propinó un sonoro guantazo a Elliane. Por su expresión, no había sido suficiente, pero a la francesa le ardía la cara.
—¿Crees que Foiles no sabe lo que te han hecho? —preguntó, agarrándole la cara a Elliane con una mano y apretándole las mejillas—. Casi me da un abrazo cuando le he contado mi plan para hoy.
Aunque Elliane intuía que Gwen y Foiles colaboraban para hacerle la vida imposible, no había podido demostrarlo; una certeza que de nada le valía ahora.
Gwen arrastró a Elliane hasta que llegaron al salón común de los chicos, una sala idéntica a la que había en el pabellón femenino, aunque más desordenada. Había una televisión grande presidiendo la pared del fondo y varias mesas y sofás para los escasos ratos de esparcimiento. Casi todos los chicos del reemplazo estaban allí, y también algunos de cursos superiores.
Wade se levantó de un salto de uno de los sofás y se acercó a su novia. Había una escalofriante expresión triunfal en su rostro.
—¡Aquí está la sorpresa, tíos! —proclamó, antes de besar a Gwen.
La mayoría de los presentes dirigieron miradas lascivas a Elliane.
—Ha costado traerla hasta aquí, amor —protestó Gwen, con voz ñoña.
—No te preocupes, nena —la consoló Wade, luego se acercó a Elliane, que cada vez estaba más asqueada, y trató de acariciarla—. Hoy cuidaremos de ella entre todos, para que no dé tanta guerra.
—¡Apártate! —exclamó ella revolviéndose.
Wade agarró la correa y la acercó a la fuerza hasta que sus rostros quedaron separados por escasos centímetros. Podía sentir su fétida respiración.
—Shhhhh. Mejor pórtate bien, porque hoy no voy a ser el único que te cate.
—¡No me toques! —masculló ella, intentando quitarse la correa. Notó algo metálico y duro: había un pequeño candado en el cierre. Gwen debió colocarlo cuando examinó el collar.
—Un momento —la voz de Gus resonó en la sala—. No estaréis planeando lo que parece, ¿verdad?
Con expresión de fastidio, Wade se volvió hacia su compañero.
—¿Algún reparo moralista que compartir, Falk?
—Puedes jugarte el culo a que sí —respondió él, alterado—. ¿Os habéis vuelto todos locos? Briand es una compañera. Lo que pretendes hacer… lo que tú ya has hecho... no solo es inmoral: es inhumano.
Gus y Elliane intercambiaron miradas: se notaba que estaba genuinamente preocupado por ella. Esa era una sensación extraña para la francesa.
—Gus tiene razón —el vozarrón de Sean reclamó la atención de todos desde el fondo de la sala, donde estaba sentado en una de las mesas—: esto está mal.
—¿No os gusta mi regalo? —preguntó Gwen, contrariada—. ¿Es que os van otras cosas?
—No me va lo de violar a compañeras, jodida tarada —espetó Gus, molesto—. Y no voy a permitir que le hagáis nada.
—¿Y a dónde quieres que destinen a tu padre, Falk? —inquirió Wade—. Ser centinela es jodido... nunca sabes cuándo puedes terminar demasiado cerca de un nido de dragiss ansiosos por destrozarte a ti y a tu unidad.
Gus receló, pero pronto recuperó la determinación.
—No te atrevas a amenazar a mi familia con el puesto de tu madre— advirtió.
La expresión soberbia de Wade dio paso a una mirada fría y amenazante. Le cedió la correa a Gwen y luego se aproximó a Gus chasqueándose los nudillos.
—Entonces habrá que hacerlo por las malas.
Otros dos chicos del reemplazo, Aaron y Bruce, se cernieron amenazantes sobre Gus.
Sean se interpuso entre ellos y su inminente víctima y cruzó sus musculosos brazos, que parecían más voluminosos con solo la camiseta de tirantes que cuando vestía el chándal completo.
—Si tenéis problemas con Gus, los tenéis conmigo —advirtió.
Bruce retrocedió en el acto, sin apartar la mirada de los bíceps de Sean. Aaron tiró de Wade para apartarlo. Entre varios, era posible que lograsen reducir al grandullón, pero alguno terminaría el día con menos dientes.
—Soltad a Briand —exigió Gus.
—No —respondió Gwen, tirando de la correa—. Es mi propiedad, ¡mía! Hará lo que yo ordene durante toda la tarde. Si no queréis este regalo, podéis iros a la mierda.
Gus lanzó otra mirada atribulada a Elliane.
—Traeremos a un instructor —le prometió, retrocediendo hacia el pasillo junto a Sean.
Elliane asintió, temerosa y esperanzada al mismo tiempo. Gwen la sometió con un tirón tan fuerte que la puso de rodillas.
Cuando los adeptos díscolos desaparecieron por el pasillo, Wade fue a perseguirlos, pero su novia lo detuvo.
—No te preocupes, amor. Los instructores han ido al pueblo a celebrar el ascenso de Foster, que se va a un campo especializado. Solo está Foiles porque le cae mal, y ella está al tanto de lo que vamos a hacer.
El chico sonrió con complicidad.
—Cómo se nota que tu padre es maestro-guia, nena.
—¡De la mejor ciudad del mundo! —apostilló ella, dando el enésimo tirón a la correa—. Hablando de guiar: ¿dónde llevamos a esta perra para que juguéis?
Wade tomó de nuevo la correa y acercó a Elliane hasta aferrar su cuerpo con el brazo. Estaba tan dolorida tras el combate y los tirones que apenas pudo ofrecer resistencia.
—Mejor la llevamos por las habitaciones de cada uno, así no le dejamos a nadie en las sábanas el recuerdo de todos.
—Salvo los que lleve la perrita con ella —bromeó Aaron, provocando carcajadas en el grupo.
—Eso es —confirmó Wade, mirando vicioso a Elliane—. Empezaré yo. Ya he probado la mercancía y podré comprobar que está todo en orden. Luego se la pasaré a Aaron y, cuando termine, la llevamos a la siguiente habitación —miró a los demás, expectante —. ¿Conformes?
—¡Sí! —dijeron varios al unísono.
Wade se dirigió a su compañero de cuarto.
—Dentro de un rato te avisamos —le dijo, aferrando más fuerte a Elliane—. Si escucháis gritos, es que se lo está pasando en grande.
Dejaron atrás el salón común mientras todos reían ante la idea de destrozar a su compañera.
Elliane era el eslabón débil del grupo. Ya no había dudas. Era un objeto en manos de los chicos y de monstruos como Gwen. No podía más. Ni siquiera se molestó en retener más las lágrimas cuando regresó a la habitación donde sucedió todo. Donde volvería a suceder.
El sonido de la puerta al cerrarse puso fin a sus opciones de huir, si acaso las tuvo en algún momento. ¿Adónde iba a ir?
A pesar del aparatoso vendaje, la expresión triunfal de Gwen era evidente cuando tomó asiento en la cama de Aaron.
—Quizá grabo algunos vídeos por si vuelves a ponerte tonta —dijo mientras sacaba el móvil del bolsillo.
Otra humillación más. Era como si nunca tuviera suficiente.
—Para ya… —consiguió decir Elliane, agotada—. Por favor…
—Esto no se va a terminar, zorra —replicó Gwen—: así va a ser tu vida ahora.
—¿Por qué me odias tanto? —preguntó ella, desolada.
Gwen dejó el móvil sobre la cama mientras se levantaba; luego se acercó hasta pegar mucho su cara a la de Elliane.
—Porque me recuerdas a la golfa que hizo que mis padres se divorciaran —masculló—. Mi madre no era del Pacto y, cuando quiso divorciarse, el mentor de mi padre la mató, como dictan las normas. Todo por una puta gabacha como tú.
Gwen se apartó un poco y escupió en la cara a Elliane. La saliva se mezcló con los rastros salados que dejaban las lágrimas de la francesa.
—Sois todas iguales —continuó—, así que voy a hacer que te aterre follar. Te van a usar tanto que no querrás meterte en la cama con nadie más.
—O igual te descubrimos una especialidad que no habías contemplado —bromeó Wade, abrazando a Elliane por la espalda y apretando contra ella para que notase su excitación contra la cadera.
—La Camarilla de las Putas —apostilló Gwen. Ella y Wade tenían la misma maldad y la misma poca gracia.
Gwen regresó a la otra cama mientras Wade comenzaba a manosear con impunidad el cuerpo de Elliane, jadeando cada vez más fuerte.
—Haz que te la coma —ordenó Gwen, apuntando con las cámaras del móvil—. Así le grabo bien la cara.
—¡Y una mierda! —replicó él—. Es capaz de morderla.
Su novia dudó un instante, pero finalmente se mostró de acuerdo.
—A ver si consigo algo para que no pueda cerrar la boca la próxima vez.
—Eso —coincidió Wade, lamiendo el cuello de Elliane entre palabras—. Porque va a haber muchas más veces, trencitas. Y te… ¡Puag!
El chico se apartó un poco, pero no la soltó.
—¡Joder! ¡Quítale el collar! — protestó.
—¿Por? —preguntó Gwen, confusa—. Así puedes tirar de ella como la perra que es.
—Sabes que me gusta morder y chupetear el cuello, nena —explicó él—, pero esa cosa sabe a culo de caballo.
—¿Y si se escapa? —inquirió Gwen, abriendo el candado para soltar la correa.
Por un instante, Elliane sintió alivio al liberarse de esa cosa, hasta que Wade volvió a aferrarla por detrás.
—De aquí no se va hasta que no hayamos terminado todos con ella —sentenció, acariciándole el cuello y acariciando con las yemas de los dedos hasta el moño—. Además, me gusta más agarrarle de la trenza —dijo, forcejeando con los alfileres—. Quítate esto, que este combate ya lo has perdido.
Wade liberó la larga trenza dorada de Elliane y arrojó los alfileres a la cama. El elaborado trenzado se balanceó como un péndulo hasta que el chico lo agarró, tirando violentamente hacia abajo.
—Así mejor... —susurró al oído de Elliane.
—No tienes que hacer esto otra vez… —suplicó ella, apretando los dientes por el dolor constante en su cuero cabelludo.
—Es verdad —admitió él, sin dejar de manosearle los senos con la mano libre—. Pero quiero hacerlo. Y pienso repetir.
Elliane cerró los ojos, desesperada. Sintió cómo Wade le quitaba la chaqueta del chándal y le bajaba los pantalones junto con la ropa interior. Luego le dio un fuerte empujón que la hizo caer de espaldas en la cama, tendida a su merced. Cuando volvió a abrir los ojos, encontró las mismas vistas que llevaban dos días persiguiéndola.
—No te diré esto muchas veces —dijo Gwen—, pero ¡vamos, tíratela!
—¡A sus órdenes! —respondió Wade, abalanzándose sobre Elliane.
Ella intentó revolverse, luchar. Esta vez no estaba drogada y su instinto la impelía a defenderse. Trató de entorpecer los manoseos de Wade con sus propias manos, forcejeando cada vez que él volvía al ataque. Con un resoplido de frustración, el chico atenazó con fuerza sus muñecas con la mano izquierda y la abofeteó sin miramientos con la derecha, justo donde su novia la había golpeado minutos antes.
Cada palpitación de Elliane era como un nuevo bofetón; tenía dolorido todo el costado izquierdo de la cara, y el pulso acelerado por el miedo no ayudaba.
Wade se acercó y recorrió toda su cara con la lengua.
—Estate quieta o te haré mucho más daño —la amenazó.
El chico arrastró los brazos de Elliane hacia los costados, sin dejar de retenerlos. Luego comenzó a besarla a la fuerza, oprimiéndola con su peso. Sentía la lengua de aquel cerdo tanteando su boca, pero sin adentrarse en ella. Seguramente también temía llevarse un mordisco, y no se equivocaba.
Mientras la besaba, Wade intentaba quitarse los pantalones usando solo los pies para no soltar a Elliane. Cuando entendió que la maniobra era inútil, la liberó del agarre para desvestirse.
Ella hizo acopio de las escasas fuerzas que le quedaban para meter los brazos entre sus cuerpos. Empujó a Wade hacia arriba y este desistió de desatarse el pantalón para poder forcejear. La refriega fue ascendiendo hasta que las manos de ambos medían sus fuerzas entre sus caras. Elliane logró que su derecha se escurriese por el sudor y, liberada, asestó un arañazo en el rostro a su violador.
—¡Puta! —gritó Wade protegiéndose la cara con la izquierda.
Iracundo, le propinó a Elliane un derechazo tremendo que la dejó grogui. Luego le inmovilizó de nuevo los brazos con sus manos.
Conmocionada, escuchó cómo Gwen y Wade discutían, aunque sus voces se escuchaban distantes, como si estuvieran en otra habitación.
—¡Ya te quito yo los pantalones, idiota! —le reñía ella—. Te dije que le dejaras la correa.
El chico estaba demasiado ocupado para responder: apretaba el brazo contra el cuello de Elliane, dejando clara la diferencia de fuerza.
—Iba a ser suave, pero hoy sí que te voy a dar caña, zorra. Mañana no vas a poder andar.
Wade colocó bruscamente los brazos de Elliane en cruz y los retuvo con sus propios codos. La mano de la chica golpeó contra algo, causándole un dolor punzante en el dorso.
—Ya estás, tarugo —avisó Gwen.
—¡Pues a conquistar Francia!
Elliane quedó sin respiración ante la primera embestida de Wade, que se hundió junto a su cabeza para mordisquearle el cuello. Miró al techo, impotente al recibir la segunda, y la tercera, cada vez más fuertes y cargadas de rabia. Luego dejó de contar.
Wade no tenía suficiente. Metió las manos entre el colchón y Elliane y luego las subió lentamente hasta aferrarla por los hombros para hacer más fuerza.
Ella no podía parar de llorar por la humillación, por el dolor, pero sobre todo por la furia desmedida que descargaba Wade, que se ayudaba del agarre para que cada penetración fuese más contundente que la anterior. Elliane luchaba por respirar. Apenas entendía lo que decía Gwen entre los jadeos y gruñidos de Wade y su propio estado de shock. Estaba sufriendo el doble que la última vez.
Pero sería la última.
Cuando Wade iba a dar una de sus embestidas, Elliane lo apuñaló en el cuello con uno de los alfileres de pelo que él mismo le había quitado. El objeto que ella había golpeado en la mano tras el forcejeo. El calor de la viscosa sangre empapó su mano.
Descargó su furia en una segunda puñalada mientras escuchaba cómo Wade luchaba por no ahogarse en su propia sangre.
—¿Te lo pasas en grande ahora, bâtard? —le susurró al oído.
No pudo, ni quiso, parar. Con un grito rabioso, sacó y clavó de nuevo el accesorio por tercera vez, luego otra, y otra más. La sangre le salpicaba en la cara, pero le daba igual.
Gwen profirió un grito de terror y se lanzó a por ella para arrebatarle el alfiler. Elliane agitó frenética el brazo izquierdo para apartarla. No podía ver bien, tenía sangre en ambos párpados. Durante el forcejeo, su mano chocó contra la cara de Gwen, justo con los nudillos. Se produjo un sonido seco, como si alguien cayera al suelo.
—¡Ayuda! —gritó Gwen.
Elliane siguió apuñalando en el cuello a Wade. Ya estaba muerto, pero no importaba. Aquel abominable ser seguía dentro de ella. Todas las puñaladas que le asestara serían pocas. La sangre ya no manaba con tanta fuerza de las heridas, pero continuaba derramándose sobre su cara y cuello.
Acabó apartando el cuerpo sin vida del chico, que cayó sobre su novia. Sintió un alivio tremendo en el pecho y la entrepierna al librarse de él.
Con otro grito de terror, Gwen se arrastró por el suelo hasta la puerta, pero fue incapaz de abrirla. Wade habría puesto el cierre electrónico.
Gwen trató de alcanzar el interruptor para abrir, pero Elliane no había terminado. Recogió el otro alfiler, arrancó el protector mientras se acercaba y atravesó la mano con la que Gwen trataba de salvarse.
Un alarido fue lo único que obtuvo. Sería suficiente… para empezar.
Elliane agarró por el pelo a la chica y la tiró al suelo. Luego se sentó sobre ella y empezó a golpearla sin parar en la cara como un animal salvaje. Gritaba con toda la ira acumulada tras dos años de vejaciones mientras destrozaba el rostro de su némesis.
Wade estaba muerto. No importaba si su novia iba detrás. A Elliane la ejecutarían igual, pero se iría con algo de paz.
Arrancó el alfiler de la mano de Gwen y lo elevó por encima de su cabeza, aferrándolo con ambas manos, dispuesta a acabar con la vida de aquella miserable de un solo golpe.
Un fuerte estruendo tras ella la sobresaltó.
No tuvo tiempo de defenderse cuando alguien corpulento se abalanzó sobre ella, apartándola de Gwen y de su golpe de gracia. La cabeza de Elliane chocó contra la puerta del armario. Soltó el alfiler para intentar protegerse de su atacante.
La vicemaestra Clayton, que era la versión femenina de Sean, la retuvo con una llave que inmovilizaba sus extremidades, atrapando las superiores en un abrazo y las inferiores con una pinza de piernas.
—¡Quieta, Briand! —masculló, intentando sostenerla.
Elliane gritó desconsolada, pero con una punzada de satisfacción cada vez que notaba el sabor de la sangre de su violador.
—Ya ha pasado, niña —añadió la mujer.
El llanto de Elliane y la respiración agónica de Gwen fue lo único que se escuchó durante varios segundos. Clayton no dijo nada más: aferraba a la francesa sin darle ocasión de soltarse. No parecía tanto que quisiera retenerla, sino confortarla.
Era tarde para eso.
Pronto empezaron a escucharse voces desde la puerta.
—La madre que… —dijo un chico.
—¡Hostia! —exclamó otro—. Se los ha cargado…
Desnuda, ensangrentada, rota de dolor y empapada en lágrimas, Elliane se derrumbó, apoyándose a duras penas en los brazos de Clayton hasta que perdió el conocimiento por completo.
CAPÍTULO 12
El rostro de Dakota fue lo primero que Elliane vio al despertar. Apenas pudo mantener los párpados abiertos un par de segundos. Cada palmo de su cuerpo le dolía, pero la peor parte se la llevaba la cara. Volvía a estar en su habitación, tumbada en la cama, con la sábana cubriéndola hasta el pecho. Se escuchaban gritos de entrenamiento en el patio, lo que sugería que era por la mañana.
Elliane volvió a intentar abrir los ojos, pero el izquierdo le costaba más.
—Ay… —protestó, casi sin fuerzas para moverse.
—No te fuerces, Ellie —dijo Dakota con una de sus cálidas sonrisas—. El médico ha dicho que estarás unos cuantos días con entumecimiento.
—El médico… —murmuró con un hilo de voz mientras conducía la mano a su dolorida entrepierna por encima de la sábana.
Dakota asintió mientras su sonrisa se disipaba poco a poco.
—Te ha tratado las heridas y ha realizado una exploración completa por si hubiera complicaciones —explicó.
Como un torrente frenético y dantesco, lo sucedido antes de que perdiera el conocimiento irrumpió en sus pensamientos con un grado de detalle que habría deseado ahorrarse.
—No le di tiempo —musitó finalmente Elliane.
Dakota volvió a sonreír, alzando la mano para apretarle cariñosamente en el brazo.
—Lo sé —dijo—, pero el otro día sí lo tuvo y era mejor prevenir. No hay nada de lo que debas preocuparte —pareció dudar un instante antes de continuar—. Cuando el doctor terminó contigo, se llevaron a Richards al hospital.
Frustrada, Elliane cerró los ojos.
—Merde! Otra vez se ha salido con la suya… —suspiró—. Unos segundos más y…
—No estés tan segura —intervino Dakota, negando con la cabeza—. Worton lleva acojonado desde esta mañana. Él y Clayton han discutido a voces porque, al parecer, ella ha llamado al maestro Randolph para informar de lo ocurrido.
Elliane torció el gesto y su compañera debió percatarse. Le había contado que Nestor Randolph era quien la había enviado allí, aunque ella no le importase lo más mínimo.
—Sé lo que estás pensando, Ellie —continuó—, pero creo que es algo bueno. Randolph vendrá mañana para evaluar en persona lo sucedido y esclarecer cómo un adepto ha muerto a manos de la compañera a la que pretendía violar. Puede que Richards se haya salido con la suya hasta ahora, pero me extrañaría que no terminase condenada por los Árbitros.
Junto con el Círculo Interno del Gran Maestro, la Camarilla de Arbitraje era el único órgano del Pacto de la Cacería al que no se accedía por rango. Estaba compuesta por maestros de diferentes lugares con formación en leyes; gente que, en la vida pública, se dedicaba a la abogacía; incluso algunos eran jueces. Salvo en casos contados, ellos eran los encargados de resolver las causas disciplinarias en la hermandad.
—Creeré eso cuando lo vea —concluyó Elliane, abriendo de nuevo los ojos pese al agotamiento—. Antes me condenarán a mí.
Dakota negó de nuevo con la cabeza sin perder la sonrisa.
—Estoy orgullosa de ti, Ellie —soltó de repente, apretándole otra vez en el brazo como muestra de apoyo.
—¿Por dejar que pase de nuevo? —preguntó Elliane, irónica.
—Por defenderte de una vez —aclaró Dakota—. Has tenido que llegar muy lejos para hacerlo, pero al fin has dejado claro que quien se atreva a jugar contigo tendrá su merecido.
Lo que Elliane experimentó en ese momento era algo que no sentía desde mucho antes de llegar a Estados Unidos: un atisbo de felicidad. Dakota tenía razón: después de aquella pesadilla interminable, había reaccionado. Aunque seguía convencida de que las consecuencias para ella serían nefastas, si los Árbitros la condenaban a muerte, el único lamento que tendría sería no haberse llevado a Gwen por delante también.
Un fuerte pinchazo en la cara hizo que se retorciera de dolor.
—¡Auuuu! —protestó, cubriéndose con la mano la zona dolorida.
Dakota se estiró hasta alcanzar la cómoda que separaba ambas camas, recogió una compresa y la colocó sobre el pómulo de Elliane.
—Sigue descansando, Ellie. Pronto verás las cosas con una nueva perspectiva. Te lo prometo.
Agradeciendo el húmedo tacto de la compresa sobre su piel, Elliane cerró los ojos y se entregó al agotamiento. No tenía nada mejor que hacer que dormir, por lo que se concentró en los sonidos de entrenamientos, que fueron reduciéndose hasta desaparecer.
***
El Campo 13 al completo formaba en el patio: cada uno de los cinco reemplazos activos se desplegaba en tres filas de siete adeptos cada una, todos ataviados con la túnica de gala y las capuchas subidas. Lo único que descuadraba en la formación era el grupo de Elliane, donde faltaban dos miembros.
Alineados frente a los reemplazos, los instructores y el personal del campo vestían el atuendo reglamentario para eventos del Pacto de la Cacería: trajes con camisa o blusa negra, a excepción del maestro Worton, cuya camisa era blanca.
«Tanto jaleo por un vejestorio».
Aunque habría preferido quedarse en la cama, Elliane había hecho un esfuerzo enorme por vestirse para estar presente. Su cuerpo aún era testigo del tormento sufrido tanto en el combate contra Gwen como en los sucesos en el pabellón masculino. Pero quería estar allí. Necesitaba estar allí. No podía mostrar debilidad ante Nestor Randolph.
El coche del magnate, negro y con ostentosos detalles metalizados, entró en el recinto escoltado por dos SUV del mismo color. Estaba claro que, pese al carácter secreto del Pacto de la Cacería, Randolph mantenía su seguridad en todo momento. Sus escoltas serían de la hermandad o mercenarios tan bien pagados que no revelarían los secretos de su jefe. Fuera lo que fuesen, no había duda de que su objetivo era imponer: tres tipos grandes como armarios bajaron de cada vehículo de escolta. Otro hombre bajó del asiento del copiloto del coche de Randolph para abrir la puerta trasera. Para sorpresa de Elliane, no se trataba de Marc.
Randolph salió del coche, bastón en mano, y miró a su alrededor con desaprobación. Luego avanzó en dirección a Worton.
—¿A qué viene todo esto, Lester? —preguntó a viva voz.
Worton estaba inquieto, movía los dedos a su espalda de forma frenética.
—Queremos mostrar el debido respeto a nuestro maestro nacional —miró de reojo a la formación—, ¿verdad, adeptos?
—¡Sí, maestro! —respondió el grupo casi al unísono.
«Maldito lameculos», pensó Elliane, frunciendo el ceño.
Randolph observó al dirigente del Campo 13 con cara de pocos amigos.
—¿Te parece que he venido a pasar revista? —inquirió, desafiante. Pasó por su lado y se dirigió a la formación—. ¿Pensáis que he venido a veros a vosotros?
Un silencio incómodo dominó la zona, interrumpido levemente por algún murmullo ininteligible.
—Ha sido una petición mía, maestro —se disculpó Worton—. Quizá me equivoqué…
Randolph le dirigió una mirada condescendiente.
—Y no es en lo único en que te has equivocado aquí, Lester.
—Se-será mejor que vayamos a mi despacho para… —comenzó a balbucear Worton, confirmando su estado de pánico.
—¿Para hablar de cómo en tu campo se fomenta el violar a futuros miembros del Pacto? —interrumpió Randolph, alzando la voz para que todos le oyeran—. De eso nada. Ya que te gustan tanto las demostraciones, hablaremos aquí, delante de todos —escudriñó a través de la formación—. ¿Dónde está la niña?
Elliane no salía de su asombro: estaba convencida de que su bienestar no le importaba lo más mínimo, como él le dejó intuir años atrás.
«No quiero saber nada de ti hasta que no seas una adepta de provecho».
Dakota, situada detrás de ella en la formación, le dio un ligero empujón.
—No le hagas esperar, Ellie —la apremió.
Desganada, Elliane avanzó desde la segunda fila de adeptos hasta quedar a la vista de Randolph.
—Acércate —ordenó el maestro, apoyándose en el bastón con ambas manos.
Cada paso que daba dolía como si mil agujas recorrieran el cuerpo de Elliane, pero se resignó a avanzar hasta quedar a un par de metros de Randolph.
—Quítate la capucha, niña —exigió él—. Quiero ver qué te han hecho.
Había estado todo el rato a salvo de miradas indiscretas gracias a la voluminosa túnica de adepta. No quería que todos vieran cómo la habían dejado.
Atenazada por la duda, Elliane notó cómo Randolph se impacientó y se encargó personalmente de apartar la capucha, descubriendo su rostro ante todos. Tenía el cabello dorado alborotado y sin rastro de su querida trenza, la cabeza gacha, mirando los caros zapatos del maestro.
—Mírame —ordenó Randolph.
Con el orgullo por los suelos, Elliane alzó lentamente la cabeza hasta que sus ojos se toparon con los de Randolph. El rostro serio del anciano no se alteró al observar cómo el lateral de la cara de la chica estaba totalmente amoratado. El puñetazo de Wade le había partido el labio inferior y el ojo izquierdo se llevó un golpe en su forcejeo con Gwen, quedando hinchado y casi cerrado.
Randolph palpó la cara de la joven, que no pudo evitar reaccionar ante un fuerte pinchazo en el pómulo.
—¡Ay!
El maestro apartó la mano y ella quiso bajar de nuevo la cabeza, pero él volvió a alzársela.
—Nunca te avergüences de las cicatrices que has conseguido para sobrevivir —le dijo en voz baja, dando un par de golpes con su bastón en el suelo—. Vuélvete y que todos te vean.
Con creciente angustia, Elliane se giró, exponiendo su semblante maltratado ante todo el Campo 13. Hubo algunas miradas de asombro por parte de quienes solo habían escuchado rumores, pero otros dirigieron la vista a otro lado por vergüenza… o quizá miedo.
—Esta es la adepta Briand —anunció Randolph—. Está aquí por orden mía porque no puede adiestrarse en su país —el anciano comenzó a caminar en paralelo frente a la formación—. ¿Sabéis por qué no puede instruirse allí?
Era una pregunta retórica, claro. Nadie allí tenía idea de quién era ella, salvo Dakota.
—Porque antes de que cualquiera de vosotros siquiera se plantease unirse al Pacto, ella ya había matado a un miembro de la Orden del Dragón —reveló Randolph. Algunas miradas cambiaron el asombro por incredulidad—. Ha logrado algo que muchos miembros no consiguen en toda su vida, y lo ha hecho sin siquiera estar entrenada —el martilleo del taco del bastón acompañaba el discurso de Randolph como un metrónomo—. La envié aquí convencido de que el Campo 13 estaría a la altura de su reputación: duro pero efectivo. ¿Y qué descubro? Que unos niñatos se han dedicado a violar y abusar de alguien que está muy por encima de ellos.
» Habéis dejado la reputación del Pacto a la altura del betún, seáis cómplices o por omisión. Somos una hermandad, no un atajo de salvajes que se atacan entre sí. Fomentamos la competencia entre adeptos, pero no para que os rebajéis incluso por debajo de los dragones a los que debemos erradicar —colocó la mano en el hombro de Elliane—. Ella sabe bien lo que es luchar por defenderse, igual que el Pacto lucha por defender la gran hegemonía de la humanidad.
Había muchas caras de circunstancias entre los presentes: Nicole, Melinda y Christine evitaban a toda costa mirar en su dirección. De haber podido, Worton habría enterrado la cabeza bajo tierra. La única que parecía inmutable era Foiles, clavando su mirada de desprecio en Elliane.
—¿Quién instruye a tu reemplazo, niña? —inquirió Randolph.
La pregunta hizo que Foiles cambiase rápidamente a una actitud más sumisa.
Elliane señaló a sus instructores y Randolph avanzó hacia ellos.
—Un paso al frente —ordenó el magnate—. Vuestros nombres.
—Eric Jenkins, maestro —respondió el hombre.
—Stella Foiles, maestro —lo imitó su compañera.
Randolph se detuvo frente a ellos.
—¿Cómo distribuís la gestión del reemplazo?
—Da-damos la instrucción de forma conjunta —explicó Jenkins—. La administración del tiempo de esparcimiento y la disciplina es lo único que hemos sesgado por género, señor.
—¿Que violen a una adepta en tu pabellón se considera tiempo de esparcimiento? —preguntó Randolph, desafiante.
Jenkins empequeñeció ante él.
—Yo no sabía nada de esto…
—¿Acaso crees que eso te exime de responsabilidad? —contraatacó el maestro—. Tan malo es ser culpable como incompetente —miró a Foiles—. ¿Y su excusa?
—Impuse un incentivo para que la adepta Briand mejorase en combate, maestro —informó ella—. Podían pedirle cualquier cosa durante una tarde, siempre que no le hicieran daño.
Randolph señaló el rostro amoratado de Elliane.
—¿A eso lo llama usted «no hacer daño»?
Foiles miró a la chica con lágrimas de cocodrilo.
—No sabía que le estaban haciendo esto…
Una furia inconmensurable invadió a Elliane, cuyo agotamiento extremo no fue capaz de impedir que interviniera con un grito desgarrador.
—¡Mentira!
Randolph la miró con una ceja enarcada.
—Gwen dijo que sabías lo que iba a hacer y que la alentaste a ello, connasse! —añadió Elliane a voces.
—Habla con respeto a tus superiores, adepta —masculló Foiles, incapaz de ocultar su rabia—. ¡Y no te inventes las cosas!
—No inventa nada. —La voz de Dakota hizo que muchos mirasen en su dirección, tras el espacio vacío dejado por Elliane en la formación.
—Al frente, adepta —ordenó Randolph—. ¿Quién eres?
La chica avanzó hasta colocarse junto a Elliane, momento que aprovechó para quitarse la capucha.
—Adepta Dakota Gracey, maestro. Soy la compañera de habitación de la adepta Briand.
—Explica tu acusación —indicó el maestro.
—La instructora Foiles tiene a Elliane atravesada desde que empezamos la formación. Ella es quien sufre los castigos más severos y crueles, los merezca o no —miró a su compañera—. Ellie… Elliane no es perfecta, pero ha sido la mejor en la instrucción teórica y ha mejorado muchísimo en combate. Gwen Richards lleva acosándola desde el primer día y, en lugar de intervenir, la instructora castigaba a Elliane, hasta que ella explotaba y se metía en un lío mayor por actuar imprudentemente. Como cuando...
—Estoy informado de lo de las hormigas, sí —interrumpió Randolph, agitando la mano para que se saltase esa parte.
Dakota asintió antes de continuar.
—La única que era castigada sirviendo a los demás si perdía era Elliane. Si los demás caían ante ella, su único premio era no ser usada.
—Solo ha ganado una vez —cortó Foiles.
—Porque con ella permites movimientos prohibidos —masculló Jenkins.
—No recuerdo haberles pedido que hablen —recriminó Randolph, fulminando a los instructores con la mirada—. Sigue, niña.
—El miércoles, los adeptos Falk y Burrows avisaron a la instructora de lo que estaba sucediendo, pero ella los despachó diciendo que estaban exagerando. Yo estaba cumpliendo castigo, lo vi todo y sabía que ya había pasado, así que intenté hacer presión para que interviniera, y solo conseguí que me ampliase el castigo otra semana con un «sigue así y terminarás igual que ella».
Worton ya no era la persona más nerviosa del lugar, Foiles le había tomado el relevo, como atestiguaba el sudor de su frente.
—Que vengan esos adeptos —ordenó Randolph, alzando la voz.
Gus y Sean salieron de entre la formación de adeptos y se colocaron ante el anciano.
—¿Es cierto lo que dice su compañera? —preguntó el maestro.
—Sí, señor —respondió Gus—. Sean y yo fuimos a informar después a la vicemaestra Clayton, que sí actuó. Aunque llegamos tarde…
Randolph asintió.
—Vuelvan a sus sitios —miró a Dakota—, todos.
Los adeptos volvieron a la formación. Elliane quiso ir tras ellos, pero Randolph la agarró del hombro y tiró de ella hacia Foiles. La instructora, visiblemente atribulada, mantenía la mirada del maestro a duras penas.
—Regrese a su sitio, Jenkins —ordenó Randolph.
El maestro forcejeó con la solapa de la chaqueta de Foiles hasta quitarle el alfiler que indicaba su rango: una cabeza de dragón atravesada por una espada con dos pequeñas esmeraldas en los ojos que indicaban su pertenencia a la Camarilla de Formación.
Randolph dio la espalda a Foiles y, tirando de nuevo de Elliane, avanzó hasta Worton, a quien hizo entrega del alfiler.
Elliane notó cómo el anciano la soltaba mientras alzaba la cabeza y soltaba un bufido al cielo matutino, como si liberase tensión.
—Un instructor ha de ser severo, no cruel —declaró Randolph con un tono solemne en su voz ronca—. Ha de saber cómo incentivar a cada adepto a su cargo para que se convierta en un miembro competente del Pacto, no humillarla como si se tratase de una prisionera de la Orden del Dragón. Como miembro del Círculo Interno, he recibido autorización del gran maestro Vahestus para impartir disciplina en este día y aliviar la carga a los Árbitros. Bastante tienen ya con la pérdida de los capítulos de Corea.
Randolph se volvió hacia Foiles.
—Su defensa ruin, falsa y desafiante no es digna de un miembro del Pacto de la Cacería, Foiles, y la considero un insulto personal contra mí, como máximo responsable del continente. Mi sentencia, en el día de hoy, es excomulgarla de la hermandad con efecto inmediato.
El pánico se apoderó del rostro de Foiles, que empezó a retroceder mientras intentaba articular palabras sin sentido.
—Pero nadie abandona el Pacto, como bien sabe —continuó Randolph, introduciendo la mano derecha bajo su chaqueta—. Lo que nos deja con el último tema a tratar.
La mujer echó a correr para escapar a su funesto destino. Nadie dejaba atrás el Pacto de la Cacería… con vida. Daba igual que fuese un aspirante o un maestro. Clayton lo dejó muy claro aquel primer día en la Iniciación.
Por un instante, Elliane temió que Foiles lograse escapar ante la pasividad de todo el mundo y la exasperante lentitud de Randolph, pero una figura oscura surgió de la formación y cargó contra la instructora dando un gran salto. Foiles cayó al suelo y trató de forcejear, pero su atacante la aprisionó por el cuello con las piernas. Serenna no tenía rival, y al parecer eso no se limitaba a los adeptos.
Toda la fachada de fanfarronería de Foiles se vino abajo cuando fue consciente de que no tenía escapatoria. Seguía intentando forcejear, más por instinto que por esperanza de zafarse, pero sus ojos reflejaban la certeza de saber que era el final.
Randolph avanzó hacia ellas, pistola en mano.
—Agradezco la oportuna intervención, señorita Stenspil —dijo. Acto seguido, descerrajó cuatro tiros contra el vientre de Foiles. Los disparos resonaron como truenos en la depresión donde se ubicaba el Campo 13.
La instructora convulsionó, con la vida escapándosele del cuerpo del mismo modo que la sangre le brotaba por la boca. Serenna la liberó y se apartó con un movimiento grácil. Randolph aprovechó para darle a Foiles el tiro de gracia, esta vez en la frente.
—Que la caza te sea favorable —recitó en voz baja.
Un sentimiento de extrema confusión envolvió el lugar. Elliane pensó que solo le pasaba a ella, pero viendo los rostros de los demás presentes, no estaba sola.
Randolph se situó frente a ella y la miró con superioridad.
—Vuelve a tu sitio, niña —ordenó—. Hablaremos pronto.
La chica se colocó la capucha y acató la orden mientras escuchaba a Randolph a sus espaldas.
—Bien, Lester —le decía al maestro Worton—, ahora sí que hablaremos en tu despacho sobre tu nuevo destino.
***
El patio volvía a estar en calma: no parecía que hubieran ejecutado a alguien pocas horas antes en ese mismo lugar. Ni siquiera había rastro de la sangre de Foiles en el pavimento. De hecho, el lugar estaba siendo utilizado por un grupo de adeptos para jugar al baloncesto. La justicia del Pacto se administraba velozmente, pero se olvidaba igual de rápido.
Elliane recorrió el patio hasta el edificio principal y subió a la segunda planta, donde estaba el despacho de Worton. Llamó a la puerta antes de abrir, pero dentro no encontró al director del Campo 13. En su lugar, Nestor Randolph ocupaba la poltrona de cuero; Clayton estaba de pie a su izquierda, mientras que el tipo que parecía sustituir a Marc lo flanqueaba por la derecha.
—Pasa, niña —ordenó Randolph, tendiendo la mano hacia una de las sillas que se enfrentaban al escritorio—. Siéntate.
Obediente, Elliane tomó asiento, la mirada gacha.
—¡Deja de mirar al suelo! —ordenó el maestro.
Ella acató sin rechistar y alzó los ojos hasta encontrarse con los del anciano, que la escrutaban sin desvelar intenciones.
—No volveremos a hablar de esto —advirtió Randolph, sin titubear.
Elliane no pudo, ni quiso, ocultar su desacuerdo.
—Ha pasado y no voy a fingir que no ha sido así.
—Lo sé, niña, pero de ti depende quedar anclada en esa habitación y en lo que en ella sucedió o usar todo eso como combustible para ser algo más.
¿Cómo iba a utilizar aquello? Cada vez que recordaba lo sucedido, se encogía.
—Eso es fácil de decir para usted, monsieur.
Randolph se recostó sobre el respaldo de la poltrona, visiblemente insatisfecho, quizá por escucharla hablar en francés.
—No eres la única mujer a la que le pasan estas cosas, ¿sabes? —replicó—. Es algo horrible que no le deseo ni a un dragiss, pero ha sucedido. Lo que sí tendrás a tu alcance son herramientas para canalizar toda la rabia que te pueda generar lo que te han hecho y dirigirla hacia los enemigos del Pacto. Solo tienes que mejorar tus dotes de combate —cogió una tableta y la agitó frente a ella—. He visto tus informes y prometes, niña: hasta tienes un tipo de sangre valioso que podría cambiar el futuro de la hermandad.
—Ya he sangrado por esta hermandad más que muchos —recriminó ella.
Una sonrisa perversa asomó en el rostro de Randolph.
—Esto es… distinto —reveló, mirando su reloj de pulsera y levantándose con prisa—. Pero trataremos sobre ello cuando completes tu formación, niña.
—¿Me ha hecho venir solo para decirme eso? —inquirió ella, levantándose cuando Randolph pasó por su lado, seguido por su ayudante.
—He eliminado, literalmente, uno de tus mayores problemas aquí —respondió él, dándose la vuelta—. Demuestra que no me he equivocado y completa tu entrenamiento. Le has hecho un favor a la hermandad, pero el peligro que afrontarás ahí afuera no es que unos niñatos te obliguen a abrirte de piernas.
Randolph no le dio ocasión a replicar: abrió la puerta y salió al pasillo sin detenerse, dejando a su ayudante la tarea de cerrar.
Elliane se quedó sin palabras. ¿Cómo que usar una violación como combustible? Lo único que quería era olvidarse de todo.
—No se equivoca —Clayton decidió romper su silencio.
Elliane la miró contrariada.
—¿En qué?
—En los peligros que hay allá afuera, Briand —respondió la vicemaestra—. Esto no tenía que haber sucedido, pero hay lugares que…
—¡A mis padres los mató un dragiss! —la interrumpió Elliane—. No hace falta que un viejo podrido de pasta me diga cómo es el mundo.
Clayton apartó la mirada, pero no dijo nada.
Elliane aprovechó para saciar el único atisbo de curiosidad que la retenía en el despacho.
—¿Y el maestro Worton?
La vicemaestra tomó asiento en la poltrona.
—Ha sido trasladado —informó—. Yo administraré el Campo 13 hasta que envíen a su relevo.
—No puedo decir que lo sienta —admitió la joven—: era un inepto.
El silencio volvió a ser la respuesta de Clayton.
—En fin —continuó Elliane—, yo me voy. Todavía me duele todo el cuerpo, y creo que parte de ello se lo tengo que agradecer a usted.
Clayton hizo una mueca.
—Era necesario, Briand: ibas a matarla.
Malhumorada, Elliane se dirigió hacia la puerta.
—Y ahora intentará matarme ella a mí… otra vez.
—Razón de más para que completes tu entrenamiento…
CAPÍTULO 13
«Podría acostumbrarme a esto», pensó Elliane, redescubriendo una sensación casi olvidada: alegría. Sin Gwen, las simplonas de sus seguidoras no se atrevían a levantar un dedo contra ella; y que Foiles también hubiera quedado fuera de la ecuación también hacía todo más sencillo.
Habían sido unas semanas totalmente diferentes. Por primera vez, Elliane veía mejoras en su adiestramiento de combate: era más ágil, certera y resoluta. Aunque aún estaba lejos del nivel marcial de Serenna, que seguía tumbándola en segundos cada vez que se enfrentaban, había superado a casi todos los adeptos del reemplazo en sus respectivos duelos. Hasta había logrado que Sean se rindiera en una ocasión, estrangulándolo tras aferrarse a su cuello como un animal salvaje.
Sus compañeros la temían, algo que le preocupó al principio, pero había empezado a disfrutar al ver cómo creían que, si la contrariaban, terminarían convertidos en alfileteros como Wade Wyatt. Quizá no eran tan tontos.
Era el momento de devolver el arma del crimen. Los alfileres de pelo no solo la habían ayudado a mejorar en combate, le habían salvado la vida. Pero no eran suyos y, tras sopesarlo, decidió entregárselos a su legítima dueña. Estaba segura de que Dakota intentaría que se los quedara, pero Elliane sabía lo importante que es un legado familiar, incluso cuando se tiene guardado en una caja cogiendo polvo.
Para endulzar el último fin de semana del curso y celebrar que las cosas iban mejor, Elliane había encargado una tarta de tres chocolates en el obrador del pueblo para compartirla con Dakota. Ni se acercaba al nivel de calidad de los manjares de las patisseries francesas, pero no tenía más remedio que conformarse.
Cuando llegó a la habitaciónn no había nadie, tal y como esperaba. Dakota estaría todavía en el laboratorio, lo que le daba tiempo a preparar la sorpresa. Dejó la caja sobre su cama y la abrió, descubriendo la tarta. Colocó a un lado un cuchillo, dos tenedores y platos que había conseguido en el comedor.
El olor a chocolate comenzó a inundar la habitación. Elliane se quedó mirando la sencilla tarta; tenía claras las palabras que le habría gustado que llevase escritas encima, «Thank You!», pero le cobraban quince dólares más por esa nimiedad.
Era el mejor momento para devolver los alfileres. Como Dakota no estaba, no tendría que discutir con ella ni aguantar sus argumentos. Abrió el cajón de su lado de la cómoda que separaba ambas camas y sacó el cuidado estuche de madera. Había limpiado y sacado brillo a los alfileres y los dejó como nuevos. Nadie podría adivinar que alguien había sido asesinado con ellos.
Elliane tenía el escondite perfecto para que Dakota se llevase los alfileres sin darse cuenta. Tiró del voluminoso arcón que descansaba bajo la cama de su compañera y, con una horquilla, manipuló la cerradura hasta abrirlo.
«Gracias por las enseñanzas, tío», pensó, recordando las enseñanzas de Louis Briand en materias que no aprendería en el Pacto, como forzar cerraduras convencionales.
Aunque Dakota siempre le había parecido pulcra y ordenada, el interior de aquel arcón era un completo caos. Había ropa y objetos desperdigados por el interior sin ton ni son. Como no podía dejar el estuche a simple vista, apartó con cuidado algunas prendas y el «juguete» que su compañera usaba para desestresarse cuando ella no estaba presente.
«Anda que ya le vale…», pensó, usando una especie de pañuelo estampado para mover el falo azul sin tener que tocarlo directamente.
Despejó un hueco en el fondo del arcón e introdujo el estuche. Se disponía a taparlo con ropa cuando reparó en un compartimento oculto justo al lado del espacio que había despejado; no le habría llamado la atención si la pieza que hacía las veces de puerta no se hubiera deslizado, dejando a la vista parcialmente su contenido.
El corazón de Elliane dio un vuelco al examinar el arcón más de cerca: había un doble fondo y dentro encontró una pulsera blanca con el símbolo de un águila al ataque dentro de un hexágono grabado en su sección más ancha.
«Ce n'est pas possible !»
Elliane cayó al suelo con el trasero, aturdida. Era imposible conseguir un omni en los Estados Unidos, y en casi cualquier país del mundo. Solo los ciudadanos de Azumaz y los empleados de Reikorp llevaban esos dispositivos. Esos dispositivos eran un invento tan reciente que incluso gente que cumplía los requisitos aún esperaba a que llegase su turno para recibir el suyo.
Dakota llevaba dos años en el Campo 13 y solo se había ausentado durante las vacaciones del verano anterior.
«Tiene que haber una explicación».
Extrajo la pulsera y la examinó con detenimiento. A simple vista parecía un smartwatch de lo más sencillo, pero un vistazo más de cerca revelaba proyectores holográficos en su sección principal, y unos orificios que Elliane no supo identificar. Había leído muy poco sobre los omnis en internet, y además era una tecnología que estaba evolucionando muy rápidamente.
Pero lo que le preocupaba a ella no era el funcionamiento de aquel cacharro, sino que Reikorp y la Orden del Dragón eran organizaciones muy cercanas; eso era algo de sobra sabido por todos en el Pacto.
Mientras movía el dispositivo entre sus dedos, tocó algo que lo activó. Los proyectores formaron un cono de luz azulada que mostró un menú similar al de cualquier aplicación de mensajería. Elliane lo intentó, pero fue incapaz de reprimir las ganas de reproducir el último mensaje recibido que mostraba la imagen.
Temblorosa, acercó el dedo a la holoproyección y… nada, su índice atravesó la imagen que simulaba un botón de play.
Frustrada, recordó haber leído que los omnis solo reconocían a su portador. No estaba convencida, pero se colocó la pulsera en la muñeca izquierda y, sin que tuviera que hacer nada, la correa se ajustó hasta quedar perfectamente fijada.
Volvió a acercar el dedo para interactuar con el holograma y, esta vez sí, hubo respuesta.
—No es bueno que el Pacto sanee sus filas —dijo una voz de hombre en la grabación—, especialmente si se trataba de una instructora. Que alguien así ofreciera una formación irregular jugaba en nuestro favor. Puedo entender lo que dices, Dakota: que violasen a esa chica es estremecedor, pero no debes olvidarte de cuál es tu objetivo. Necesitamos esa lista de campos de formación. Desde la guerra, el Pacto se ha reforzado a un ritmo preocupante en los Estados Unidos. Céntrate en eso. No parece que a tu compañera se la pueda convencer para colaborar con la Orden y, tras lo ocurrido, me preocupa más tu seguridad. Ten cuidado.
El corazón de Elliane se encogió. No necesitaba ser una detective para entender lo que ocurría. La chica risueña que siempre la apoyaba, quien había sido su salvavidas en el momento más oscuro desde que llegó a Norteamérica…
«Es de la Orden del Dragón...»
No quería creerlo, no podía. Nadie tan joven pasaría dos años en aquel infierno sin dar un paso en falso. Dakota era peculiar, sí, pero no podía ser una traidora. Necesitaba saber más. Deslizó el dedo por la proyección, pasando por fechas que representaban mensajes de audio más antiguos, tanto enviados como recibidos. Se detuvo en una entrada que se remontaba casi un año atrás, hasta un día que recordaba bien, y activó la reproducción.
—Este sitio saca lo peor de la gente —era la voz de Dakota—. Elliane, mi compañera de cuarto, ha llenado de hormigas carnívoras el pabellón para vengarse de la chica que la está acosando, la que casi la mata con las pesas en el gimnasio. Creía que podría atraerla hacia nuestra causa y apartarla de estos salvajes. Es introvertida y finge que todo le da igual, pero estoy segura de que no es así. Pero después de esto… me ha demostrado que está igual de perturbada que todos estos malditos fanáticos.
»Luchamos contra siglos de adoctrinamiento y el Pacto se asegura de que nadie que se someta a la Iniciación pueda plantearse siquiera la idea de escapar. Incluso los adeptos de rango tan bajo están obsesionados con la gloria que obtendrían al cazar dragiss y dragones, aunque sea pisoteando a sus compañeros en el proceso. No me extraña que apenas consigamos información de los miembros más veteranos; cualquiera que sobreviva al grado de crueldad que se fomenta entre ellos debe tener un nivel abrumador de fanatismo por la causa. No sé si podré aguantar tantos años rodeada por gente tan despreciable, y menos durmiendo en la misma habitación que esa francesa…
Una solitaria lágrima recorrió la mejilla de Elliane hasta caer al vacío; las manos le temblaban y un nudo se le formó en la garganta, evidenciando la congoja, que superaba a la humillación generada por esa inesperada traición.
«La única amiga que he hecho ha sido una mentira…».
Una abultada bolsa fue lo primero que entró en la habitación cuando regresó Dakota. Estaba distraída, como de costumbre, y parecía fatigada. Aunque Elliane ahora dudaba de si eso no era también una pantomima.
—Hay más gente en la sala de lavadoras que en el comedor cuando cocina Clayton —resopló Dakota mientras dejaba la bolsa sobre su cama.
Sentada en su lado de la habitación, Elliane la observaba en completo silencio.
—Si no tuviera que volver a casa la semana que viene, habría esperado, pero seguro que estos días se pone peor —continuó Dakota, revolviendo entre el contenido de la bolsa.
Una vez más, Elliane ofreció la callada por respuesta.
Dakota se volvió hacia ella, pero pronto se distrajo.
—¡Hala! —exclamó—. ¿Y esta tarta? ¡Menuda pintaza!
La chica se acercó con curiosidad a examinar el pastel.
—¿Qué celebramos? —preguntó, mirando a Elliane de reojo—. ¿Y por qué tienes esa cara de seta, Ellie?
Elliane seguía impertérrita, rememorando cada mensaje que había escuchado durante la última hora. El omni seguía en su muñeca, apagado y tapado por la manga de la chaqueta del chándal. Había empujado de nuevo el arcón bajo la cama de Dakota y, al confirmar que regresaba desde la ventana, se había preparado para confrontarla. Pero a la hora de la verdad, no le salían las palabras.
Su compañera, no, la espía de la Orden del Dragón que fingía ser su amiga, se acercó con cuidado.
—Eh, ¿te encuentras bien? —preguntó, colocando la mano sobre su hombro.
Elliane se apartó, mirándola con una mezcla de confusión y rabia.
—Traidora… —susurró.
Dakota enarcó una ceja y adoptó una expresión divertida.
—Oye, que yo no hago el sorteo. No es mi culpa que te tocase a ti el combate final con Serenna…
—No… —musitó Elliane, remangándose y dejando el omni a la vista—. Tú…
Los ojos de Dakota se abrieron de par en par.
Elliane activó la proyección y reprodujo el mensaje que había dejado preparado.
—La situación con Elliane ha mejorado —era la voz grabada de Dakota—. Pensaba que se le iba a dar mejor lo de combatir, pero es un desastre: se bloquea y sus movimientos se vuelven torpes y predecibles. Lo malo es que Foiles se ceba con ella y los demás se están aprovechando. Hoy nos hemos enfrentado las dos y casi la lesiono, o algo peor. Menos mal que no acepté vincularme con lady Cyssillar; con la fuerza de un dragiss, la habría matado.
»Pero ahora la noto más comunicativa, como si se hubiera desprendido de esa coraza que llevaba siempre. Sigo sin fiarme del todo de ella; no deja de ser una adepta, pero creo que puedo retomar los intentos de reclutarla. Es arriesgado, porque alberga un gran odio hacia la Orden, pero en el Pacto la tratan como a una mierda y, por lo que me cuenta, tiene vínculos con ramas poderosas de la hermandad en Europa —la expresión de Dakota iba tornándose en preocupación mientras el mensaje continuaba—. ¡Pero lo mejor es que está aquí por orden de Nestor Randolph en persona! No parece que le tenga mucho aprecio, pero podría ayudarnos a eliminar a un peso pesado si sabemos jugar nuestras cartas…
Elliane interrumpió la reproducción y soltó un largo suspiro.
—Eso es lo que he sido para ti todo este tiempo —murmuró—, una carta que jugar cuando te viniera mejor.
Dakota dio un paso atrás, alzando las manos hacia delante.
—Ellie, las cosas no son tan simples —replicó.
—¡No me llames así, putain de salope ! —masculló Elliane, poniéndose en pie de un salto y avanzando hacia ella—. Has fingido que te importaba para sacarme información y acercarte al vejestorio.
Dakota negó con la cabeza mientras retrocedía.
—No fingía, Ellie, me importas de verdad —trató de defenderse—. Esta gente no te respeta… ¡Te odia! —otro paso atrás—. Yo puedo ayudarte a huir adonde el Pacto no te encontrará jamás. Puedes ser algo mejor que una vulgar matona en una guerra que ni siquiera entiende.
—Ta gueule ! —gritó Elliane, cada vez más furiosa—. ¿Cómo te atreves a decir que no entiendo esta guerra?
—Solo conoces una versión…
—¿Y tú no? —replicó Elliane, avanzando—. ¿Acaso crees que por infiltrarte aquí ya sabes por qué juramos dar caza a tus amos?
—Ni siquiera intentáis comprender lo que son —dijo Dakota, buscando con la mirada una escapatoria.
Elliane se detuvo, apretando tanto los dientes que se hizo daño en la mandíbula.
—Son el pasado —masculló—, y tú también.
Aprovechando que la tenía arrinconada contra el armario, Elliane se lanzó a por el cuello de Dakota. Atenazó con ambas manos la garganta de la chica y apretó con intención de acabar rápido con ella y entregarla.
Aunque podía ser una traidora y una falsa, Dakota no era ninguna endeble. Asestó a Elliane duros golpes en el costado, pero resistió el castigo mientras contemplaba la desesperación en el rostro enrojecido de su compañera. No se percató del cambio de postura de Dakota, que pudo colar el puño por entre los brazos de la francesa y propinarle un fuerte derechazo directo a la barbilla.
Elliane soltó a Dakota y retrocedió tambaleándose varios pasos. El inconfundible sabor de la sangre apareció en su boca, pero no pudo localizar la herida con la lengua.
Entre tosidos mientras luchaba por respirar, Dakota se inclinó hacia delante para recuperarse.
—No quiero pelear contigo —logró decir, fatigada.
—Pues ríndete —replicó ella, acariciándose el dolorido mentón—. Ya que se te da tan bien cambiar de bando, traiciona a tus amos.
—Yo no tengo amos —afirmó Dakota, irguiéndose de nuevo.
—Entonces deja que te entregue y revela todo lo que sabes sobre ellos a la Camarilla de Exploración.
—No puedo, Ellie —suspiró Dakota—. No son mis amos, pero sí la última esperanza de este mundo. Necesito que lo entien…
—Va te faire foutre ! —gritó Elliane, cargando contra la chica con una furia desmedida.
Pero esta vez no la pilló desprevenida.
Dakota se movió rápido para agarrar a Elliane por el brazo que adelantó para golpearla. Con una finta, mientras se ladeaba, alzó a la francesa y la pasó sobre su cuerpo. Elliane se estampó cabeza abajo contra la puerta del armario, que se hundió con un fuerte crujido hacia dentro.
Elliane pudo evitar daños mayores al llevarse la barbilla al pecho, pero su espalda no corrió tanta suerte. Además del doloroso golpe, se le habían clavado varias astillas. Había quedado colgada, con los pies atascados en el techo del armario tras romperse la puerta.
—No vas a ganar esto, Ellie —advirtió Dakota, agarrándole con fuerza la mano izquierda y arrebatándole el omni.
Elliane se retorció, clavándose más fragmentos de madera en las lumbares. Con otro crujido, la puerta terminó de vencerse hacia el interior y permitió que la joven se arrastrase hasta poder ponerse en pie.
El aturdimiento no debía impedirle detener a Dakota; esa traidora debía rendir cuentas. Los pinchazos en la espalda eran un incordio, pero tendría que esperar a resolver el nuevo problema que se le planteaba.
De pie frente a ella, con expresión lúgubre, Dakota la observaba en silencio. Se había puesto el omni en la muñeca izquierda, pero era su mano derecha la que preocupaba a Elliane, pues empuñaba el utensilio que había traído para cortar la tarta. Ahora no le parecía tan buena idea haber escogido un cuchillo de carne.
Lejos de amedrentarla, la amenaza encolerizó aún más a Elliane, que se interpuso entre Dakota y la puerta.
—Tú y yo no hemos acabado —sentenció, intentando ignorar los diversos focos de dolor que tenía.
—Esto terminó antes de empezar —objetó Dakota—. No eres rival para mí, Ellie, no me obligues a matarte.
—Eres como todos… me subestimas. Y ya sabes cómo han acabado los demás.
—No te subestimo, chica, llevo observándote dos años. Si no vas a dejar que te libre de ser una perra del Pacto, hazte a un lado y sigue con esa vida.
La imagen de Gwen arrastrándola como si fuese una mascota invadió sus recuerdos.
—¡No soy una perra! —gritó, lanzándose desbocada contra Dakota.
La sierva de los dragones alzó la guardia, con el cuchillo por delante. Elliane quiso agarrarla, pero se llevó un tajo en el antebrazo tras un certero movimiento de Dakota. Estaba tan confiada por tener el arma que había obviado que Elliane era diestra. Se lo recordó descargando las fuerzas que le quedaban en un derechazo directo al rostro.
Dakota se tambaleó hacia atrás, sin soltar el cuchillo. Con su defensa desbaratada, Elliane se lanzó de nuevo contra ella y logró empujarla contra la cómoda. El sólido mueble resistió el golpe de la espalda de Dakota mucho mejor que el armario.
El dolor invadió el magullado rostro de la chica, que se llevó la mano libre a las lumbares. Ahora estaban igualadas.
—¿Sigues pensando que no soy rival para ti? —preguntó Elliane, desafiante, sin bajar la guardia.
Dakota alzó el cuchillo por encima de su cabeza con ambas manos y se lanzó al ataque con un grito rabioso. El arma era la amenaza prioritaria. Elliane alzó los brazos formando una cruz para bloquear el ataque.
Un intenso dolor en la boca del estómago le hizo ver su error. Dakota no atacó por arriba, se movió ligeramente a su izquierda y le propinó un potente rodillazo en el abdomen que dejó a Elliane sin respiración.
Tras dar un paso atrás, la francesa cayó de rodillas, encogida y luchando por no bajar las manos, sin apartar la vista de su oponente.
Dakota pasó a su lado sin mediar palabra y enfiló la puerta.
—¡No! —gritó Elliane con la voz ahogada.
La francesa se lanzó a por las piernas de Dakota y las aferró entre los brazos. Tiró para desequilibrar a la chica hasta hacerla caer contra el dispensador de agua. El gran bidón de plástico de la parte superior se volcó sobre ellas, empapándolo todo.
Dakota logró ponerse boca arriba y golpeó con la rodilla en el rostro de Elliane. Ella se lo agradeció con un mordisco en la parte interior del muslo derecho. La dentellada empezó a sangrar profusamente, tiñendo de rojo el pantalón gris.
Aprovechando el alarido de dolor de Dakota, Elliane se arrastró para colocarse sobre ella. Logró zafarse de una cuchillada que le lanzó al cuello, pero aprovechó para agarrarle la muñeca izquierda e impedir que blandiese más el arma. Con la mano libre, aprisionó el agarre del cuchillo para que Dakota no pudiera soltarlo y empujó hacia abajo.
Dakota forcejeó con la mano izquierda, pero terminó cortándose con la hoja en su intento por coger el cuchillo. Desistió de conseguirlo y clavó las uñas en el antebrazo de Elliane. Cada vez estaba más desesperada.
Una lágrima de impotencia se derramó de los ojos de Dakota en el instante en que la punta del cuchillo penetró en su pecho. Las fuerzas la abandonaron y Elliane pudo hundir por completo la hoja.
Ya no pudo más. Elliane rompió a llorar desconsolada al ver cómo Dakota asumía que su vida tocaba a su fin. La desconcertaba comprobar que la chica que había fingido ser su amiga no la culpaba con la mirada, más bien la compadecía.
Elliane extrajo el cuchillo y apuntó al corazón de Dakota. Se agachó para acercar la cara a la de su enemiga declarada y, con un susurro compungido, se despidió:
—Maldita seas por darme esperanzas…
Bajó la mano y el cuchillo se clavó con extraña facilidad, segando la vida de Dakota Gracey.
Algo se rompió en Elliane para siempre. Cayó de costado entre llantos y se abrazó las piernas para hacerse un ovillo, ignorando el aporreo que llegaba desde la puerta.
«No puedes fiarte de nadie —se repetía—. Todos son malos y tú tienes que ser aún peor».
CAPÍTULO 14
Otro autobús cargado de adeptos se marchaba; el sonido del motor se colaba por la ventana abierta de una habitación que volvía a ser toda para Elliane. Aunque hacía una semana que el Pacto había dejado el lugar como una patena, el olor a sangre aún visitaba a la joven, especialmente durante la noche. A pesar de tener más espacio, se sentía más recluida que nunca. Pero lo prefería así; cuanta menos gente se acercase a ella, menos ocasiones tendrían de hacerle daño.
Ahora que todos volverían a sus casas para pasar los meses más calurosos, el Campo 13 estaría a su entera disposición. Podría entrenar y poner a punto su cuerpo para que nadie se atreviera a desafiarla jamás. Aun así, las ganas que tenía de huir sin mirar atrás no se habían ido.
Se incorporó de la cama y vio el estuche con los alfileres de Dakota sobre la cómoda; lo había robado antes de que los limpiadores se llevasen todas las pertenencias de su compañera. Cada noche, los observaba un buen rato en silencio. No los conservaba como trofeo, sino para recordar que siempre estaría sola. Aunque no quería tenerlos a la vista en ese momento, por lo que abrió un cajón de la cómoda y arrastró sin cuidado la pequeña caja de madera, que cayó dentro con un golpe seco.
Alguien llamó a la puerta mientras cerraba el cajón.
Elliane dio un respingo y miró hacia la entrada, justo al lado del armario al que aún le faltaba una puerta. No le apetecía hablar con nadie, pero estaba convencida de que no pararían de insistir si no abría.
Se levantó y encaminó a la puerta con paso perezoso.
Al abrir, encontró a Serenna aguardando en el pasillo. Era la primera vez que la veía vestida con ropa normal, y su atractivo se intensificaba aún más que con el chándal hortera del Pacto.
—¿Qué quieres? —preguntó Elliane, con tono impertinente.
Ella la examinó con esos fríos ojos azules antes de contestar:
—Vengo a hablar de tu futuro.
—Mi futuro consiste en esperar a que os vayáis todos para hacer lo que me dé la gana —replicó Elliane.
Una sonrisa condescendiente se dibujó en el rostro de Serenna.
—Quizá eso cambie cuando escuches lo que vengo a decirte. Tu futuro en el Pacto depende de lo que decidas en los próximos minutos.
Si Serenna era una traidora que intentaba reclutarla, las opciones estaban en contra de Elliane; no tendría ninguna oportunidad frente a ella. Aunque otro miembro de la Orden en el mismo reemplazo… No, eso no tenía sentido. Además, la tranquilidad que mostraba le hacía sentir curiosidad.
—¿Qué me estás vendiendo? —preguntó finalmente.
—Mejor hablamos dentro —dijo ella, apartando a Elliane con un ligero empujón, que le dejó un pequeño arañazo en el brazo, y entrando sin pedir permiso.
—Claro, tú como en tu casa —murmuró la francesa, acariciándose el codo.
Serenna la ignoró y se sentó en el colchón desnudo de la que había sido la cama de Dakota.
Elliane la imitó y se sentó frente a ella, en su cama, observándola con expectación.
—Debería empezar disculpándome —dijo Serenna—. Te he mentido.
—¿No vamos a hablar sobre mi futuro?
—Eso sí es cierto —aclaró ella—. En lo que no he sido sincera es en lo de ser una adepta…
La tensión se apoderó de los músculos de Elliane, que abrió los ojos de par en par.
—Pues estos dos últimos años dicen otra cosa…
—Solo he cumplido mi papel —suspiró Serenna. Elliane volvía a temer que fuese compañera de Dakota, o algo peor—. Ni siquiera entiendo cómo os creéis que tenga quince años…
—Eso explicaría muchas cosas —admitió Elliane, examinándola una vez más de arriba abajo—. ¿Y tienes…?
—Veintidós —reveló Serenna—. Pero eso no es lo importante. Solo quería aclararlo para empezar la conversación con todas las cartas sobre la mesa.
—Si te hace sentir mejor… —resopló Elliane—. ¿Vamos entonces con lo que me puede importar algo?
Serenna asintió, cruzando las piernas e inclinándose hacia atrás, haciendo que la camiseta de tirantes realzase su busto.
—¿Sigues queriendo ser cazadora? —preguntó.
«Luchando eres la leche, pero lo de conversar se te da de pena».
—No. He pasado dos años dejando que me pisoteasen porque me gusta el chándal —respondió.
—A nadie le gusta esa cosa —suspiró Serenna, poniendo los ojos en blanco—. Será mejor que te tomes esta charla en serio, chica. No va a haber una segunda oportunidad.
Elliane receló al no entender si era una amenaza o un aviso amistoso.
—Sí, quiero ser cazadora.
Serenna se incorporó para mirarla a los ojos.
—¿Y eso es todo a lo que aspiras? —preguntó—. ¿Quieres ser como todos los que se instruyen aquí?
—Con el tiempo querré ascender, pero…
La visita no dejó que Elliane terminase; alzó la mano con un gesto para que se callara.
—Yo no estoy hablando de rangos —aclaró Serenna mientras se ponía en pie. Después se acercó a la ventana, dando la espalda a Elliane—. Verás… pertenezco a un grupo especial dentro del Pacto. Solo llevamos unos años, pero nos hemos convertido en un activo muy valioso para quienes saben darnos uso. Nuestra existencia solo la conocen los más cercanos al gran maestro Vahestus y un puñado de nombres fuera de su Círculo Interno.
«O sea, que sí quiere reclutarme», dedujo Elliane.
—He visto algo en ti, Briand —continuó Serenna, dándose la vuelta para mirarla de nuevo—: llevo observándote estos dos años y no me has decepcionado. Conocía tu situación anterior, pero has superado mis expectativas.
—¿Te has pasado aquí dos años solo para ver mi formación? —preguntó Elliane, enarcando una ceja.
Serenna sonrió con insolencia:
—No te des tanta importancia. Hemos coincidido aquí por casualidad. El maestro Randolph en persona me asigno la misión de investigar algunas irregularidades que afectaban al Campo 13, y tú te has convertido en la herramienta para sacarlas a la luz.
—Quoi? —. Elliane encajó una de las piezas que no conseguía ubicar. Randolph agradeció a Serenna su intervención contra Foiles, pero no debería haber conocido a una adepta como ella, y menos por su apellido.
—El maestro aprovechó tu llegada para agitar el avispero. Es consciente de que los extranjeros no son bienvenidos en este país, incluso dentro del Pacto. Al principio, yo iba a ser la adepta extranjera, pero cuando apareciste, Randolph me encargó documentar todo lo que pasase.
—Me habéis usado de cebo… —musitó Elliane, agachando la cabeza.
—Sí —admitió Serenna—, pero también me pidió que vigilase para que no te pasase nada malo.
Elliane apretó los puños para contener la ola de furia que se apoderó de ella.
—¿Y dónde estabas cuando esa zorra de Richards casi me mata con la barra de las pesas? —preguntó, alzando gradualmente el tono— Y cuando su novio me violó… ¿¡Dónde estabas!?
Serenna volvió a sentarse e intentó sujetar las manos de Elliane, pero ella las apartó con desprecio.
—No sabía que iban a llegar tan lejos —Serenna dejó a un lado la indiferencia y sus ojos delataron arrepentimiento—. Te lo juro. Entiende que yo no puedo revelar mi tapadera así como así…
—Dos veces —masculló Elliane, aguantándole la mirada mientras luchaba por no revivir en su mente todo el tormento de nuevo—. Dos veces.
—Y lo del gimnasio fue algo fortuito —explicó ella, ignorando la frustración de la francesa y recuperando la compostura—. No podía estar todo el día observándote, eso sería raro.
Estaba claro que a Serenna no le interesaban las penurias de Elliane, y seguramente a Randolph tampoco. A pesar de todo, aún quería saber por qué le estaba contando todo esto.
—Has dicho que venías a hablar de mi futuro. Además de hacerme sentir como una mierda de usar y tirar, ¿tienes algo más que decirme? —inquirió Elliane, notando cómo su paciencia se agotaba.
Serenna se acomodó de nuevo.
—Quiero que te unas a la Baraja, nuestro grupo —dijo sin rodeos—. Gracias a ti, hemos quitado de en medio a un maestro que anteponía sus intereses personales a los del Pacto y a una instructora que no ha cumplido con su compromiso de formar, dejándose llevar por su animadversión hacia ti, y antes hacia otros. Por no hablar de las tres manzanas podridas del reemplazo: la parejita y la infiltrada de los dragones, que ni yo me la esperaba. Has hecho mi trabajo y, viendo tu resolución, creo que serías una incorporación excepcional... con la debida formación.
—¿Más formación? —preguntó Elliane, escéptica.
—Nada que ver con lo que haces aquí —explicó Serenna—. Aprenderás a usar tu cuerpo, tu intelecto, tu carisma… Descubrirás aptitudes que ni tú misma sabes que tienes. En la Baraja no solo somos cazadores, también purgamos el Pacto cuando es necesario, o nos infiltramos entre el enemigo como agentes durmientes hasta el momento de actuar. Algunos operan desde equipos de cazadores, otros son lobos solitarios. No estamos tan limitados como las camarillas y tenemos todas sus ventajas. Por no hablar del favor del Gran Maestro y su Círculo Interno.
Si algo había aprendido Elliane era que, cuando una oferta era demasiado buena para ser verdad, era porque había gato encerrado.
—¿Pretendes que me fíe de ti después de usarme como cebo? —preguntó.
—Claro que no —respondió Serenna con tranquilidad—. No debes confiar en mí ni en nadie. El objetivo de la Baraja es que puedas valerte por ti misma en cualquier situación, sin depender de ayuda.
—Pero todo lo que haga será desde las sombras... —observó Elliane, que siempre soñó con envolverse de gloria en la hermandad.
—¿He dicho yo eso? —preguntó Serenna—. Tus logros contra los dragones como cazadora serán registrados como los de cualquier otro. Lo único que permanecerá en secreto son tu pertenencia a la Baraja y los encargos de, por así decirlo, naturaleza interna.
Era tentador, y además le permitiría salir del Campo 13 sin tener que vigilar sus espaldas durante el resto de su vida. Pero ya se había lanzado a ciegas cuando aceptó a regañadientes ser trasladada a Estados Unidos, y no quería ir a peor.
—Necesito pensármelo —dijo al fin.
Serenna se encogió de hombros.
—Pues espero que no necesites mucho tiempo… —suspiró—. El arañazo de tu brazo se está poniendo cada vez más rojo y, cuando empiece a oscurecerse, ya no funcionará el antídoto…
Confusa y alterada, Elliane comprobó su antebrazo; el arañazo que le hizo Serenna al entrar estaba muy rojo, demasiado, aunque ya no sentía dolor.
—Es una toxina de efecto retardado —explicó la chica—. Si no aceptas, tu cuerpo se irá deteniendo poco a poco hasta morir. Por infección cutánea, suele tardar en torno a una hora en empezar a hacer efecto, pero creo que he puesto demasiado en mis uñas postizas.
—¿Por qué? —preguntó Elliane con un angustiado hilo de voz.
—Ya te lo he dicho, Briand: nadie conoce la existencia de la Baraja si no es necesario. Puedes unirte a nosotros o recostarte en la cama y decir adiós. No hay tercera opción.
Podía aprovechar la confianza de Serenna para abalanzarse sobre ella y arrebatarle el antídoto. Tan solo necesitaba…
—Antes de que te lo sigas planteando… —Serenna interrumpió sus pensamientos—. Déjame advertirte de que no me he empleado a fondo en los combates contra nadie de aquí, pero puedo partirte el cuello antes de que llegues a acercarte.
Elliane dudó. El arañazo seguía sin doler, pero sí empezaba a picarle, o quizá todo estuviese en su cabeza.
—¿Dónde tendría que ir a formarme? —preguntó, tendiendo la mano para que le diera el antídoto.
Serenna mostró una amplia sonrisa y sacó un vial del bolsillo para mecheros del pantalón.
—Adonde yo te diga que vayas —dijo—. Estarás bajo mi cargo. Hazme caso y te convertiré en una leyenda dentro del Pacto. Intenta huir y desearás que la toxina hubiera hecho el trabajo por mí.
Elliane apuró a toda prisa el frasco; el contenido sabía ácido.
—Haces muchas promesas, pero lo único que has hecho hasta ahora es dejar que me violen y envenenarme —dijo después de tragar.
Serenna se levantó de la cama y enfiló la salida.
—Mi trabajo es que no tengas que saber cuánto he hecho por ti —sentenció—, ni cuánto más haré en el futuro.
—Incroyable… —susurró Elliane.
—¡Ah! —Serenna se dio la vuelta con expresión de júbilo—. Tendrás que escoger un nombre en clave. Yo no me llamo Serenna, por si no lo habías deducido ya, pero puedes llamarme Espina, o Siete de Picas.
La chica señaló el arañazo en el brazo de Elliane.
—Qué original… —murmuró la francesa—. ¿Y yo qué voy a ser?
—He observado que te gusta susurrar cuando consigues algo o estás de buen humor —comentó Espina—: te iría bien llamarte Susurro o algo así. Piénsalo. En cuanto a tu lugar en la Baraja… ya habrá tiempo de tratar ese asunto.
La chica abrió la puerta y salió al pasillo sin despedirse.
¿Era esa una victoria? Elliane no estaba convencida, pero el corazón aún le sacudía el pecho por el temor a morir envenenada y no podía pensar con claridad.
Escuchó algo de barullo en el pasillo. Espina había dejado la puerta abierta y Gus asomó por ella a los pocos segundos.
—¿Se puede? —preguntó, golpeando en el marco.
—¿Alguien ha repartido invitaciones a mi habitación y no me ha dicho nada? —inquirió Elliane.
—Perdón —contestó el chico—. Ya me voy…
—No —replicó ella—. Pasa y cierra. ¿Qué quieres?
Gus entró y pulsó el cierre de la puerta, que se deslizó hasta darles privacidad. Luego se acercó hasta Elliane con un libro en la mano.
—Quería darte esto antes de irme.
Era un ejemplar de Corazones rotos, una novela dramática sobre la guerra civil en Estados Unidos.
—Como nos tienes tanta tirria a los americanos, he pensado que te gustaría leer algo sobre nosotros escrito por una compatriota tuya.
—Yo soy francesa, Falk, Geneviève Beaumont, la autora, es canadiense. Y… —se detuvo antes de revelar que ya había leído el libro—. Muchas gracias.
Gus mostró su alegría con una sonrisa.
—¡De nada! —empezó a retroceder hacia la puerta—. Nos vemos en un par de meses, ¿no?
Elliane se puso en pie y se acercó a él.
—No quiero que te vayas aún…
Gus la miró confuso.
—Pero el autobús sale en unos minutos, mis cosas ya están dentro y…
Ella no le dejó continuar, rodeó su cuello con los brazos, y lo besó apasionadamente. Gus no la detuvo, pero estaba claro que no se lo esperaba.
—Quiero que te quedes —insistió Elliane, agarrando la cintura del pantalón del chico y tirando hacia la cama.
—O-oye… —balbuceó él—. No creo que esto esté bien. Has pasado por…
Elliane volvió a besarlo, esta vez con más ímpetu. Sus lenguas se entrelazaron durante varios segundos antes de que lo liberase.
—El único que ha estado dentro de mí ha sido ese infraser —dijo—. No quiero pasar el verano con esa imagen acechándome a diario. Tú eres decente, Falk, más de lo que había imaginado que pudiera ser alguien en este vertedero. Puedo liberarme de esta carga contigo o follarme a algún palurdo del pueblo.
Elliane se recostó en la cama, adoptando una postura sugerente que Gus, pese a su reticencia, no pudo rechazar. El chico se desvistió torpemente antes de unirse a ella. Sus cuerpos se fundieron en el frenesí del sexo, una experiencia que la francesa no había tenido realmente. Lo disfrutaba, era esa ínfima parte que había sentido semanas atrás, pero las condiciones eran muy diferentes; ella tenía el control. Los besos se intercalaban con jadeos cada vez más intensos. Algún gemido ocasional que Elliane trataba de mantener al mínimo.
Gus Falk era una rareza en el Pacto, demasiado noble para sobrevivir por mucho tiempo en aquella jauría. Aunque Elliane deseaba estar equivocada.
—Esto va a ser muy extraño el año que viene —comentó Gus entre besos mientras se esforzaba por mantener el ritmo.
Elliane lo abrazó, colocando la cabeza del chico junto a la suya, con la oreja al lado de su boca.
—No te preocupes ahora por eso, chéri. Disfruta del presente —le susurró al oído, consciente de que quizá no volvería a verlo nunca.
FIN

